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Culmina la destrucción de los castillos
Joseba Asiron   

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Castillos

 

El fracaso de la intentona legitimista de marzo de 1516 trajo consigo la destrucción de las murallas y castillos de Navarra, represalia ordenada por el mismísimo cardenal Cisneros. A partir del mes de abril comenzaron a caer los muros de localidades como Sangüesa, Rocaforte, Tudela, Corella, Tafalla, Olite, Falces, Azagra, Peralta, Mendigorría, Lerín o Cintruénigo. Ni siquiera se respetaron las murallas del monasterio de Orreaga-Roncesvalles, que desaparecieron para siempre bajo las piquetas castellanas. Los nobles legitimistas vieron también sus castillos y torres de linaje derribados, como ocurrió con el palacio de Igúzquiza, propiedad de los Belaz de Medrano, o con la torre de los Azpilcueta en Baztan, o con los también señoriales castillos de Gollano, Cábrega, Ablitas y el de Xabier, propiedad de los Jaso. Aunque las demoliciones continuarían durante el verano, el 10 de junio de 1516 se consideraba ya terminado el derribo del estratégico castillo de Tafalla, así como el del magnífico castillo de Tudela, orgullo de la castellología navarra. Desaparecía así la fortaleza que había sido punta de lanza contra las invasiones desde tiempo inmemorial, con su doble recinto concéntrico, dotado de albacar, y sus quince torres de flanqueo en torno a la torre mayor, desde la cual se habían vigilado los pasos del Ebro al menos desde el siglo IX.

Hemos dicho muchas veces ya que la intencionalidad de estos derribos iba más allá de lo puramente militar. Los castillos habían conformado durante siglos el paisaje más caracterizado de los pueblos, como símbolo de la autoridad y la legitimidad medieval. Al hacerlos desaparecer, se pretendía invisibilizar al propio estado navarro. Otro tanto ocurría con las murallas de los pueblos y ciudades, puesto que, más allá de su función militar, amortizada en la mayoría de los casos hacía siglos, marcaban el límite físico de la localidad, el marco estable de una comunidad solidaria, la barrera eficaz contra epidemias, saqueadores y alimañas. Daban, sobre todo, una sensación de seguridad de inestimable valor en la época, cumpliendo con lo que D. Hourcade denominó "théorie de la normalité de la muraille". El derribo de las murallas, consecuentemente, hay que entenderlo en clave política y moral: se trataba de quebrar la voluntad de los navarros. Y si alguien tiene hoy dudas de esto, nos quedan las palabras del propio encargado de las destrucciones, Cristóbal Villalba, que en su informe al cardenal Cisneros aseguraba que, tras los derribos, en Navarra no había hombre que osara levantar la cabeza.

 

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