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Los españoles se repliegan a Pamplona
Joseba Asiron   

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Tras la quema de Ainhize-Monjolose el duque de Alba ordenó un rápido repliegue hacia Pamplona, ante el riesgo de quedar copados entre los ejércitos francés y navarro. Sabían que, por el norte, las tropas francesas del delfín habían llegado a Izpura, muy cerca de Donibane-Garazi, y que el rey de Navarra en persona había tomado el castillo de Burgui, al sur, habiendo casi completado el cerco sobre ellos. El día 19, además, otra columna navarra, al mando del experimentado mariscal Pedro, se había tomado cumplida venganza de la quema de Monjolose, atacando en la propia localidad a varias capitanías españolas y causándoles una amarga derrota. Según Correa fueron más de doscientos los españoles que quedaron muertos en los campos cercanos a la localidad bajonavarra, sin que el duque de Alba se atreviera siquiera a mandar recoger sus cuerpos. El capitán Carvajal resultó muerto, los capitanes Vadillo, Fajardo y Godoy fueron hechos prisioneros, y otros como Mondragón y el coronel Rengifo tuvieron que huir apresuradamente, "tanto era el miedo que traían", según el propio cronista español.

El duque de Alba se esforzó a partir de ese momento y por todos los medios para que la retirada se realizara con orden, dejando guarniciones en las localidades importantes y vigilando los puertos por donde debía pasar el ejército. En la vanguardia puso al famoso coronel Villalba, mientras que la retaguardia la ocupaba el coronel Rengifo, una vez se hubo reincorporado al grueso de la armada. La primera noche pernoctaron en Auritz, y cuando al atardecer del segundo día de marcha, día 23 de octubre, se disponían a pasar la noche en las proximidades de Larrasoaña, les llegó la noticia de que las tropas del rey de Navarra corrían también desde Roncal a Pamplona, con la intención de situarse en el estrecho paso ubicado entre Villava y Huarte, para cerrarles así el paso a la capital y obligarles a presentar batalla. Al recibir la noticia, el duque ordenó volver a levantar el campamento, recoger los pertrechos a toda prisa y marchar a Pamplona a marchas forzadas. Casi sorprendidos por no haber sido interceptados, los españoles consiguieron alcanzar las puertas de la capital poco antes del amanecer de aquel día 24 de octubre, encerrándose tras sus murallas a la espera de acontecimientos. Las tropas de Juan III de Albret llegarían muy poco después, casi pisándoles los talones. El ejército que ocupaba Navarra desde hacía tres meses se acababa de librar, por muy poco, de una más que probable aniquilación.

 

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