España prohíbe la realidad Imprimir
Ignasi Aragay   
Lunes, 23 de Octubre de 2017 17:51

Así como el sentido común no es el más común de los sentidos, el principio de realidad apenas es principal. Por lo menos en la mentalidad política española. La realidad nacional catalana siempre les ha producido estorbo y la solución habitual ha sido combatirla o negarla, con más o menos furia según la época, de las bombas en la ‘conllevancia’ orteguiana. El autonomismo ha sido una ‘conllevancia’, un mal menor. Pero el resultado siempre ha sido el mismo: la realidad es tozuda y se impone. En cada rebrote se sorprenden, se cabrean y se ofuscan. Ahora han entrado en esta tercera fase, en una ofuscación en que ya no hay espacio para razonar, para negociar con la realidad. La mayoría independentista no puede ser y no será. Punto.

El referéndum no se podía hacer. Hicieron todo para evitarlo, incluso usar la violencia contra ciudadanos pacíficos. Y finalmente negaron que se hubiera hecho cuando ya se había hecho: obviamente también niegan e ignoran el resultado. La independencia no se puede proclamar, y lo harán -ya lo están haciendo- todo para impedir que se proclame: han forzado la interpretación de la ley para meter en prisión a los principales dirigentes civiles del independentismo -¡un auténtico escándalo! - y aspiran a poner un gobierno títere a la Generalitat. Y aun y todo, se encontrarán con una proclamación de independencia, que naturalmente querrán aplastar y negarán que se haya producido. Prohibirán la realidad de nuevo. Es una mentalidad extraña, infantil: si este juguete no me gusta, lo rompo.

La mentalidad catalana tiene otra aproximación a la realidad, más pactista, transformadora y voluntarista, también un poco ‘naïf’. Si la realidad no me gusta, en lugar de negarla, en lugar de zurrarla, intento cambiarla, me pongo a trabajar para acercarla a mi ideal, por muy difícil y lejano que sea. El movimiento independentista se explica así: un gran esfuerzo colectivo para intentar cambiar una realidad insatisfactoria por vías pacíficas y democráticas, convenciendo a la gente. Es asumir el principio de realidad pero no resignarse al mismo.

Ahora bien, el baño de realismo está siendo duro para España y para Cataluña. España está viendo que, por mucho que niegue la realidad independentista, por mucho que se pelee con ella a base de golpes y decretos, no desaparece: más bien al contrario, crece. Cataluña está viendo que, con buenas palabras, con razones y votos, con manifestaciones inmaculadas, la España intransigente no se ablanda, más bien al contrario: se embravece, le sale la bestia ultranacionalista y autoritaria siempre latente.

Si el gobierno del Estado consigue neutralizar la declaración de independencia de Cataluña, convirtiéndola sólo en un gesto simbólico, y toma unilateralmente el control de la Generalitat, ¿qué pasará? Pues se topará con la realidad, con la resistencia: encontrará miles de trabajadores públicos asustados, claro, pero poco dispuestos a colaborar para desmontar nada. No asumirán fácilmente la nueva doctrina. Los maestros defenderán el modelo de escuela catalana con uñas y dientes. Los funcionarios de oficina trampeando las nuevas directivas. Los periodistas públicos defenderán la libertad de información. Los Mossos se resistirán a ponerse en manos de la Guardia Civil. Y, sobre todo, una gran parte de ciudadanos se mantendrán movilizados contra el nuevo orden impuesto.

Ante esto, el Estado podrá seguir engrosando la lista de presos políticos y repartiendo estopa en la calle, podrá acorralar entidades y partidos, pero esto no será vencer. Esto será imponerse sobre la realidad, no cambiarla ni hacerla desaparecer. La realidad independentista seguirá aquí, sufriendo, sí, pero cargándose de más razones y sentimientos, como una olla a presión, hasta que vuelva a rebosar de manera imparable, hasta que se haga absolutamente real y mayoritaria, más de lo que ya lo es ahora. Hasta que la realidad se imponga.

ARA