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Se ha escrito un crimen (verdadero) PDF Imprimir E-mail
Kiko Amat   
Martes, 23 de Enero de 2018 11:48

El 'true crime' (o crónica negra) es un género de no ficción que examina un crimen real y detalla acciones de gente real. El sobreuso de la palabra 'real' en la frase no es fortuito, me temo. Todo en el 'true crime' se basa en ese 'true'. A la gente le encanta la fantasía desde que el primer sapiens inventó una parida improvisada sobre dioses genocidas, es cierto, pero también pierden el culo por lo veraz: lo posible y verificable y, a poder ser, que haya pasado cerca de su casa (pero no 'demasiado' cerca, ya me entienden, sobre todo si se trata de crímenes horrendos). ¿Por qué mis hijos pueden ver un orco descuartizado, supurando humeante baba verdosa por las cuencas de los ojos, mientras mastican una magdalena, sin pestañear siquiera, pero atisban la sombra difusa de un asesino de filme y duermen en mi cama, hincándome los pies en los testículos, una semana entera? Porque intuyen que lo segundo es real. Que ese matarife de repetición 'podría' existir. Existió, vamos. Y ni siquiera tienes la excusa de lo fantástico. En el 'true crime' no hallarás consuelo para tus pesadillas.

Revistas baratas americanas de los años cuarenta como 'True Detective' –o su equivalente español setentero, el célebre semanario 'El Caso' –despachaban miles y miles de ejemplares porque, después de todo, vendían segmentos de pura verdad (más o menos exagerada). Y a la gente le chifla la verdad. El 'true crime' parece triunfar por las mismas razones que el porno gonzo (cámara con parkinson, actrices con estrías, posturas de lumbago sobre un futón Ikea): porque nos muestra una cierta realidad sin miriñaques ni raptos líricos. En crudo. Lo 'auténtico', en contraposición a lo 'inventado'.

Por supuesto, la 'autenticidad' por sí sola es insuficiente. Quitando a los lectores de Karl Ove Knausgaard, nadie desea leer el 'auténtico' periplo al 'auténtico' Bonpreu de un auténtico padre de familia. La popularidad de la crónica negra se explica por una serie de argumentos adicionales, por definición delictivos, mejor aún si son sangrientos, que aderezan o ensucian lo cotidiano. Añadámosles el puro morbo fisgón (el 'true crime' alimenta nuestra vena voyeurística, y leer una buena crónica negra es como aminorar la marcha al pasar junto a un siniestro de carretera); la obsesión que nuestra raza padece por la violencia y los factores que la desencadenan; y el puzle suspensero que suele acompañar a la resolución de un crimen (o como mínimo la antesala a este), cuanto más inusual, mejor; y tendremos la receta de su éxito. Sin desdeñar el hecho de que, históricamente, el 'true crime' funcionaba en paralelo como cajón de sastre mayoritario, de quiosco, donde poder contar todas las historias marginales, todas las perversiones y subculturas, que por su propia naturaleza estaban vetadas en el 'mainstream'. Colocar en portada a un Fu Manchú drogado, puñal en mano y con expresión de orate, te permitía hablar, ya en las páginas interiores, de casas baratas, madres solteras, prostitución y drogas y pandillas de pachucos.

El buen 'true crime' es, así, como una pastilla de alimento astronáutico; una dieta completa: contiene clase de historia, placer lector novelístico, investigación detectivesca y proceso judicial y, de rebote, no poco chismorreo (“¿Qué dices que hizo el hijo de la Eufrasia con la cabra? ¿Cómo, 'después' de matarla?”). Por no decir que, en muchas ocasiones, la crónica negra es la única forma decente de leer sobre un hecho: algunos crímenes son, por factura y perfil, no ficcionalizables. Conviene no pasar por alto este detalle, en mi opinión, determinante a la hora de convencer al lector o juzgar un artefacto. La mayoría de los crímenes que generan crónica negra exitosa (artística o comercialmente) suelen ser tan delirantes, o enrevesados, o repelentes, que desactivan la versión narrativa. ¿Por qué querría alguien perder el tiempo con una traducción fílmica o novelesca de los asesinatos Manson? No puedes exagerar la Family; para aumentar la realidad tendrías que meter a Charlie en un musical navideño de Andrew Lloyd Webber. Cantando 'The age of Aquarius' mientras apuñala a Papá Noel. Ed Sanders, autor de 'The Family', afirmaba que el caso “lo tenía todo: rock and roll, el atractivo del Salvaje Oeste, la esencia de los sesenta con su liberación sexual, su amor por el aire libre, su ferocidad y sus drogas psicodélicas. Tenía el hambre por el estrellato y el renombre; tenía religiones de todo tipo, conflicto armado y carnicería de producción local; todo mezclado en una tumultuosa historia de sexo, drogas y transgresión violenta”. Esa es la razón por la que numerosas versiones fílmicas de casos reales apestan como tumbas abiertas, y nunca mejor dicho. Empeoran una historia redonda. Si no me creen, échenles un vistazo a 'Ted Bundy' (2002) o 'The deliberate stranger' (con Mark Harmon –'wtf'– en el papel del 'psychokiller').

Por supuesto, la naturaleza del caso o lo complejo de la investigación tampoco lo son todo: como siempre ha dicho Richard Price, hasta que aplicas talento, la documentación “sólo es una mesa llena de post-its”. Muchos libros de crónica negra son, digámoslo claro, un pedo. La mayoría parecen escritos por Danielle Steel tras una visita a la casa del terror del Tibidabo, todo frases adverbiosas y monstruos de papel maché. Un notable porcentaje del 'true crime', sólo hace falta echar un vistazo a la estantería homónima de los aeropuertos ingleses, es carnaza de encargo que un gran grupo editorial publica apresuradamente para capitalizar algún crimen espantoso y tener algo que arrojar a las fauces de los cotillas y/o pervertidos. Memorias de gángsters iletrados, esputos de 'celebrities' en paro (alguien pensó que Ross Kemp, por su papel de malo en 'Eastenders', poseía suficiente currículum para incorporarse al género). 'Pulp' con pretensiones realistas, escrito de forma bochornosa por gacetilleros iletrados cuya única visita a una comisaría fue cuando se sacaron el DNI.

Otros son, sencillamente, una memez. Como prueba presento cualquiera de los innumerables churros de subtítulo altisonante (CASE CLOSED! MISTERY SOLVED!) que, año tras año, garantizan haber resuelto los crímenes de, por ejemplo, Jack the Ripper. Caso del risible 'Lewis Carroll: Light-hearted friend', donde Richard Wallace, tras balbucear una serie de trolas inconexas que desmontaría hasta una profa suplente de preescolar, anuncia que Jack el Destripador era en realidad (¿sí?) el escritor de 'Alicia en el país de las maravillas' (oh).

Es una maldita pena. Pues algunos libros de 'true crime' podrían ser buenos (tienen la materia prima, el caso alucinante, la figura criminal perfectamente perversa), si no fuera porque están contados con una voz narcisista o narcoléptica (Norman Mailer y su elefantiásico, casi ilegible, 'La canción del verdugo'), o se centran en la persona menos fascinante del elenco (como por ejemplo 'Mindhunter', equivalente periodístico de poner a hervir un chuletón de ternera gallega).

Cuando termina la criba, si quieren que les sea del todo sincero, no quedan tantos libros excelentes de crónica negra, al menos si los consideramos frente al alud de inmundicia que ofrece el género cada año. Eso sí, los brillantes son muy brillantes.

LA VANGUARDIA