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Hermann Ungar, el corazón de los márgenes PDF Imprimir E-mail
Iñaki Urdanibia   
Lunes, 12 de Febrero de 2018 14:03

«No podemos menos que reconocer, en el efecto que su prosa produce, en la huella indeleble que ha dejado en nosotros, que contiene un poderío y una belleza que no sospechábamos »

(Thomas Mann)

No se daban en el escritor nacido en 1893 en Boskovice y fallecido en 1929 en Praga, coincidencias con otros escritores checos, de lengua germana; ni en lo que hace al modo de vida ni en lo referente a las tonalidades. En lo que hace a lo primero, su vida fue acomodada debido a un padre industrial, realizando estudios en Berlín, Munich y Praga. Se enroló como voluntario en la primera guerra mundial, resultando gravemente herido, y posteriormente trabajó como abogado, comediante, empleado de banca y desde 1921 representante de una sociedad en Berlín. Nada que ver en este orden de cosas con Jaroslav Haseck, Brohumil Hrabal o Ivan Klima, que se dedicaron a mil oficios, de lo más bajo, forzados por las circunstancias, lo que les condujo a tomar el pulso a los ambientes tabernarios… lo cual se traducía en sus obras, empapadas de sarcástico humor. El primero de los nombrados con un bravo soldado que desmontaba la sinrazón militar con su postura cercana al absurdo, el segundo con el retrato fiel de las cervecerías y las inacabables charlas que en ellas se daban, o el último que relatando sus vivencias, mostraba cómo funcionaba el reino de la estupidez… Dejo de lado en lo que hace a las tonalidades el caso de Franz Kafka, que según contaban sus amigos se partía de risa mientras les leía sus kafkianas historias. Pues bien, con el autor de La metamorfosis se le ha comparado habitualmente al escritor del que me ocupo en estas páginas; no entraré en el tema, pero si en algo se puede parecer –además de la dedicación a trabajos de oficina, plurales en el caso de Ungar, mientras que Kafka siempre en una compañía de seguros- es en los tonos oscuros de sus escritos, por los que pululan seres deslavazados, seres infames, perdedores, y en no pocas ocasiones dañados por diferentes patologías. Estos resabios psicológicos, por los bordes de lo patológico, magistralmente retratados hizo que su lectura levantase más de una ampolla entre los lectores y críticos, y también amplios elogios (Mann, Zweug, Bejamin…). Muchos lectores se sentían reflejados, en mayor o menor medida, en los personajes inquietantes lo que resultaba desasosegante.

Si anteriormente ya podían leerse algunas obras suyas, editadas hace años por Seix Barral, ahora Siruela ha tenido la iniciativa, digna de elogio, de editar su Narrativa completa [Que las musas del diseño me excusen, pero sí me atrevería a señalar que la portada elegida para la obra aun representando una ilustración de Egon Schiele, resulta como muy tranquila para el cariz de la escritura del escritor; más acorde con tal espíritu resultaban a mi modo de ver los cuadros de Schiele elegidos en anteriores ediciones de sus obras… seres mutilados, troceados, en apariencia de disolución, crispados…]. En el volumen se reúnen además de Los mutilados, La clase y Chicos y asesinos, con una novela corta, El asesinato del Capitán. Tragedia de un matrimonio y por catorce relatos (1919-1930).

Como ya he señalado líneas más arriba nos las habemos con seres débiles que son complementarios de otros cuya tendencia es a la manipulación y a los oscuros manejos. El desasosiego se apodera de las páginas repletas de historias en las que se deja ver la tensión entre la pulsión de vida con la de muerte, plasmada en unos personajes doloridos y en continuo balanceo a la hora de tomar decisiones, ya que por una parte están los otros, que se las traen, y en el interior anidan las pasiones, los impulsos que no pocas veces se adueñan del comportamiento de los sujetos / sujetados; en ciertos momentos se respiran aires schopenhauerianos… un continuo balanceo entre el dolor y el aburrimiento. La lectura se despliega en casos en los que la caricatura alcanza los límites cercanos a las fronteras del delirio, por medio de unas historias que retratan los años oscuros e inestables que sacudían al Viejo Continente y más en concreto Europa central. La dureza de lo narrado no empujará al lector a la risa, ya que la seriedad de los seres retratados y las violentas situaciones vividas, harán que uno se sienta arrastrado a verse inmerso en una cargada atmósfera en la que los personajes son movidos como marionetas, en contra de su voluntad, que por lo general se escapa de los deseos conscientes de ellos mismos, seres a la deriva y dolidos por la falta de cumplimiento de sus más hondas pretensiones.

Una prosa sin abalorios, que recuerda a aquella expresión del filósofo que lo hacía con el martillo, y que extiende sus ecos a la esencia de los humanos más allá de la sociedad concreta en la que se desarrollan los acontecimientos, al verse desbordados fuera del omnipotente cogito cartesiano a los aires más propios del padre del psicoanálisis, con su tríada (ego, super-ego, e id), allá en donde el pienso luego existo se desplaza, quedando desbaratado, al me pienso donde no soy, lo que conlleva angustia, incertidumbre e inseguridad que se traduce en los personajes que se mueven o son movidos por el filo de la navaja de la existencia en instable equilibrio entre la voluntad y los corsés que entorpecen las previsiones personales de los atormentados personajes de este escritor paradigma de un expresionismo desbocado.

N.B.: quien esté interesado en una visión más amplia del escritor, puede recurrir al artículo que escribí sobre él; artículo en el que me centraba con mayor atención en el que puede ser considerado su novela más lograda: Los mutilados.

http://kaosenlared.net/leyendo-a-hermann-ungar-expresionismo-y-patologia/