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Las hermanas Brontë en nueve objetos PDF Imprimir E-mail
Isabel Gómez Melenchón   
Lunes, 12 de Febrero de 2018 14:04

“Las hermanas Brontë cosían, pelaban, cocinaban pudin, escribían un poco y regresaban a sus labores del hogar”. Ese “poco” que escribían alumbró cimas de la literatura universal, un hecho que siempre ha intrigado a críticos y biógrafos, asombrados porque de un mundo tan cerrado pudieran surgir prodigios como Cumbres borrascosas (obra de Emily) o Jane Eyre (de Charlotte). Sí, las hermanas Brontë vivieron vidas ordinarias, rodeadas de cuchillos para pelar patatas, agujas para coser vestidos y plumas para escribir cuando podían hacerlo. A todos estos objetos se remite Deborah Lutz en El gabinete de las hermanas Brontë. Nueve objetos que marcaron sus vidas (Siruela) , una documentada, sensible y muy bien escrita biografía que rastrea la influencia de sus utensilios cotidianos, que es tanto como decir sus vidas, en la obra literaria de los Brontë.

Cuatro hermanos que fueron seis, las dos mayores, María y Elizabeth, murieron en la infancia de tisis contraídas en el internado. Fue por ello que las otras hijas, Charlotte (1816-1855), Emily (1818-1848) y Anne (1820-1849), y el hermano Branwell (1817-1848), un tanto bala perdida pero que también experimentó conatos de escritor y artista, se educaron en casa, donde no había mucho que hacer, salvo ayudar a la criada Tabby con las labores del hogar, dibujar y dar largos paseos por el campo con los perros de la familia. Y escribir. Como explica Lutz, en 1829 “todos los hermanos Brontë supervivientes eran presa de lo que Branwell definía, con su recién aprendido latín, como furor scribendi”. Los cuatro concibieron un mundo propio y fantástico mucho antes que Tolkien imaginara el suyo; lo llamaron Glass Town Federation y estaba formado por los reinos de Angria, a cargo de Charlotte y Branwell, y Gondal, con Emily y Anne. Pero no sólo crearon las historias, también los libros. Los hermanos, en su furor , utilizaban todo cuanto caía en sus manos: hacían anotaciones en los libros de la casa, de cocina, de geografía o de cualquier materia, obras que llegaban desde la biblioteca ambulante a la que estaba suscrita la familia o que compraban en tiendas de segunda mano.

También reciclaban: el coste del papel era muy elevado, debido a su composición, sobre todo de trapos viejos, antes de que empezara a comercializarse la pulpa de papel a finales del siglo XIX. La experta en esta tarea era Charlotte: recortaba ocho pliegos rectangulares de 5 cm por 3,5 y los doblaba por la mitad, luego recortaba un rectángulo más grande de papel marrón recuperado de algún envoltorio, también lo doblaba y lo cosía de forma que fuera la cubierta, así conseguía un librito diminuto de 16 páginas. Hasta bien entrada la juventud siguieron componiendo estos relatos, llegando a juntar más de un centenar de libros en miniatura. También se mantuvo la costumbre de escribir en compañía: durante los periodos en que los hermanos coincidían en la casa paterna de Haworth –casi todos buscaron trabajo como preceptores o institutrices para mantenerse, aunque no retuvieron mucho tiempo sus puestos– escribían a solas de día y a partir de las 9 de la noche se sentaban juntas y discutían sus tramas; Emily y Anne colaboraban en sus poemas. A Emily le costaba escribir con pluma, primero de ganso y más tarde con portaplumas de madera con plumas metálicas: su escritorio y manuscritos están llenos de borrones producto de esta lucha.

Para las hermanas los escritorios se convirtieron en un objeto imprescindible, y no sólo para ellas: durante la era victoriana se pusieron de moda los secretaires portátiles, de buenas maderas y acabados. Las Brontë guardaban en ellos sus escritos pero sobre todo su correspondencia, la razón del auge de estos artilugios repletos de mecanismos y cajones escondidos. Hasta la introducción de los sellos era el destinatario quien pagaba al cartero en la puerta de casa, lo que daba lugar a situaciones embarazosas, ya que el precio dependía de la distancia y el peso y número de pliegues, convirtiendo así el correo en un artículo de semilujo. Con el desarrollo del ferrocarril y la introducción del franqueo nacional de 1 penique el envío de cartas se popularizó y surgió una fascinación por los sellos, convertidos casi que en moneda, al punto que Charlotte llegó a utilizarlos para pagar pequeñas deudas. Charlotte, que desde niña mantenía una correspondencia con su amiga Ellen Nussey –cuyo hermano llegó a pedirle matrimonio y a la que envió unas 500 cartas– fue de las primeras en utilizar sobres en lugar de hojas grandes donde cabían la dirección y el sello y que todo el mundo podía leer.

 

“O tapicero o mujer”

La rutina en la casa de Haworth incluía largas sesiones de costura. Las niñas de la época utilizaban los dechados casi como libros de texto, bordando en ellos lecciones de geografía, mapas solares o árboles genealógicos. Las Brontë, que tenían cada una su propio costurero, no llegaron a hilvanar estas florituras pero sí oraciones; de adultas siguieron cosiendo y también lo hicieron los personajes de sus novelas; tras el éxito de Jane Eyre empezaron las especulaciones sobre el género de Currer Bell, seudónimo de Charlotte: la escritora Harriet Martineau señaló la autoría femenina por un pasaje “sobre costura que sólo podía haber sido concebido por un tapicero o una mujer”. Cuando Anne y Charlotte se emplearon como institutrices, el peso de la casa recayó sobre Emily, quien siguió escribiendo pese a esta carga. Lutz cuenta que, según las criadas, la joven escribía mientras planchaba: dejaba a un lado la plancha de hierro y garabateaba en un trozo de papel. Incluso cuando cocinaba llevaba un lápiz consigo.

Emily falleció a los 30 años en 1848; la familia compró guantes blancos para los asistentes al funeral. Charlotte mandó confeccionar varias joyas con el pelo de las hermanas, siguiendo una costumbre de la época. Todos estos objetos se encuentran también en la casa-museo, junto con las planchas, los utensilios de cocina y las cajas de costuras. En las celebraciones del bicentenario se ha incluido una dramatización de sus vidas con el apropiado título de 'To walk invisible'. Existencias invisibles, pero que gracias a la literatura se trascendieron e hicieron historia.

Deborah Lutz

'El gabinete de las hermanas Brontë'

SIRUELA. TRADUCCIÓN DE MARÍA PORRAS SÁNCHEZ. 324 PÁGINAS. 26 EUROS

LA VANGUARDIA

 

 

Ruido y furia en los páramos

La novela sobre las hermanas Brontë

CARLES BARBA

09/02/2018

¿Dónde se foguean de verdad los escritores, por qué medios descubren los resortes de su creatividad? En la escuela del sufrimiento, haciendo el aprendizaje de la desdicha, responderían probablemente un Conrad, una Virginia Woolf, un Camus. Y no digamos las Brontë, que desde muy niñas –para decirlo con el título de esta novela– conocieron el sabor de las penas, y supieron convertir la levadura de sus infortunios en triunfantes realizaciones artísticas. Jude Morgan presenta ya en el arranque mismo el traumático suceso que sacudió sus infancias: la muerte por tisis de la madre, quedando los seis hijos (cinco niñas y un chaval) a merced de un clérigo pobre, y en un confín del Yorkshire además –la rectoría de Haworth y los ventosos páramos– que las aislaban del mundo.

Pero Charlotte, Emily y Anne –las tres escritoras del clan– consiguieron transformar ventajosamente las adversidades –para más inri no tardaron en morírseles las dos hermanas mayores– y en cambio el único hermano varón, Branwell, aunque talentoso, fracasó en todo y acabó alcoholizado. El sabor de las penas logra introducirnos verosímilmente en aquel hogar rural anglicano, y describe con hondura cómo aquellas muchachas sobrellevaron tantos sinsabores: por un lado apiñándose entre sí, y desarrollando una fuerte lealtad, y por otro entregándose con dibujos, versos y prosas a una serie de fantasías que las transportaban a países imaginarios. Tendrían que pasar aún por muchas pruebas dolorosas –sobre todo en sus empleos como institutrices– y por muertes punzantes –su hermano Branwell– para que aquellos ejercicios de escritura de evasión se transmutaran en algo más serio, y las catapultaran a la escena literaria. Morgan pinta estas metamorfosis con sensibilidad, y como quien no quiere la cosa nos va convenciendo de que Jane Eyre, Agnes Grey y Cumbres borrascosas fueron a la postre desquites, y sus autoras las alumbraron para resarcirse. Hay aquí una secuencia clara del carácter purgativo de las ficciones brontëanas: en la escuela para hijas de clérigos a donde han ido a parar, su director, el reverendo Carus Wilson, las trata con tal saña que Charlotte, impotente para contrarrestarle, piensa: “Algún día te responderé”. Jane Eyre es su respuesta pendiente, y en el desenlace –la feliz unión de Jane con Rochester– se quita otra espina, su frustrado amor en Bruselas por el director de un pensionado. Y Emily creando el Heathcliff de Cumbres borrascosas conjura sin duda a su queridísimo hermano Branwell, tan inepto para la vida como apto para causar infelicidad.

Sí, las Brontë escondían una imaginación salvaje tras su porte de huérfanas, solteronas, provincianas y hasta gazmoñas. Y cuando Thackeray en Londres consintió en leer 'Jane Eyre' de untal Curre Bell ('nomme de plume' de Charlotte) se llevó una sorpresa tan fenomenal como muestra Maragall al confrontarse con los 'Drames rurals' de un tal Víctor Català (tras el que se escudaba otro rugiente corazón de mujer).

Jude Morgan

'El sabor de las penas'

ALIANZA. TRADUCCIÓN DE MARÍA CORNIERO. 576 PÁGINAS. 12,95 EUROS