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El robo del milenio fue en 1792 PDF Imprimir E-mail
Rafael Poch   
Miércoles, 31 de Agosto de 2016 11:13

LUGARES CON UNA HISTORIA

La noche del 11 al 12 de septiembre de 1792, en pleno torbellino revolucionario, París asistió a uno de los robos más insólitos de la historia. El Hôtel de la Marine, guardamuebles de Luis XVI, que contenía un tesoro de 8.000 piedras preciosas, fue robado durante cuatro noches, en medio de una gran juerga

Si se mira la plaza de la Concordia desde el Sena, dos edificios idénticos dominan la majestuosa y simétrica perspectiva de ese enorme espacio urbano; a la izquierda, el famoso Hôtel de Crillon, albergue de ricos, nuevos y viejos, ahora cerrado por renovación y cubierto de andamios; a derecha, su gemelo, el Hôtel de la Marine, antiguo guardamuebles de la monarquía francesa (el Palacio Real de las Tullerías quedaba allá al lado), que hasta el 2015 fue sede del Estado Mayor de la Armada.

Este edificio de 12.000 metros cuadrados y 500 habitaciones, que fue encargado por Luis XV en 1757, no es fácil de visitar. Pendiente de una gran remodelación que en el 2018 lo convertirá en una incierta mezcla de centro comercial alrededor del “patrimonio gastronómico francés”, va a estar cerrado al menos dos años, pero en abril pudo admirarse la suntuosidad y magnificencia de su primera planta, haciendo el esfuerzo de ignorar la exposición de feos muebles de lujo que hacía posible la fugaz apertura. Así fue como pudo contemplarse el escenario del mayor robo de la historia, tan importante por la cuantía de su botín como por el misterio y las circunstancias que lo rodearon. Sucedió la noche del 11 al 12 de septiembre de 1792.

Viendo hoy la plaza tan transitada, cuesta imaginarse este corazón urbano como periferia parisina, lindando con una oscura zona pantanosa y boscosa de pésima reputación. De ahí vino la banda de malhechores que aquella noche saqueó las joyas de la corona de Francia, parte de un tesoro compuesto por más de 8.000 piedras preciosas, diamantes, rubíes, zafiros y topacios que figuraban entre los más grandes y valiosos de la época, llevándose riquezas por un valor que los historiadores cifran, a precios de hoy, por encima de los mil millones de euros: el robo del milenio.

Corrían tiempos turbulentos. El 10 de agosto de 1792, el pueblo había tomado por asalto las Tullerías y la familia real había sido apresada. El fin de la monarquía movilizaba a los ejércitos extranjeros contra Francia y la “nación en peligro” reaccionaba pasando a cuchillo a un millar de presos monárquicos en las cárceles de París. Entre los muertos , el barón Thierry de Ville-d’Avray, antiguo criado del rey y custodio del guardamuebles real, que, además de las joyas, contenía siete toneladas de oro y todo tipo de riquezas.

Aquella noche los cacos surgieron en medio de la oscuridad del bosque del Elíseo, amarraron una cuerda a una farola del edificio del guardamuebles y escalaron hasta la primera planta. Las garitas de la guardia exterior daban a la calle Saint Florentin, con lo que la fachada del enorme edificio estaba sin vigilancia. Paul Miette, un conocido convicto liberado de prisión en el torbellino revolucionario y una banda de rateros de la ciudad de Rouen, los rouennais, atravesaron las dos filas de balcones de la fachada, cortando el cristal del primero con un diamante y descolgando la sólida barra de hierro que bloqueaba la persiana interior tras abrir un boquete cuya marca aún se percibe.

Los rouennais marcharon al día siguiente a Inglaterra, mientras que Miette se sumergió en los bajos fondos de París, donde se esparció muy rápido la noticia del golpe. De tal forma que otros grupos regresaron sin ser advertidos al guardamuebles real en las tres noches siguientes. En la última, el 16 de septiembre, hasta 40 personas estaban en las habitaciones del tesoro, bebiendo y comiendo en una juerga que logró despertar a la guardia nacional. Uno de los juerguistas, que se rompió la pierna al saltar de la fachada, fue detenido bajo la misma farola que había servido de amarre al atraco de la primera noche. Sus bolsillos estaban llenos de diamantes.

El asunto dio lugar a un escándalo tan monumental que alimentó durante años las luchas y querellas entre los diferentes bandos revolucionarios. Dos años después, dos terceras partes de todo lo robado había sido recuperado. En total 17 personas fueron juzgadas, doce de ellas fueron condenadas a muerte, pero sólo cinco llegaron a ser ejecutadas. Entre ellas no figuraba Paul Miette, que acabaría asombrosamente en libertad tras una actuación estelar en su proceso.

El caso todavía colea. Una de las piezas nunca recuperada, el Bleu de France fue localizada en Inglaterra años después. Lo que entonces era sólo una hipótesis en el 2007 se demostró irrefutablemente: el llamado diamante Hope, expuesto desde 1958 en el Museo de Historia Natural de Washington, había sido tallado sobre el Bleu de Luis XIV. La mayoría de las otras piedras se conservan hoy en el Louvre y el Museo de Historia Natural de París.

Respecto a los historiadores, todavía hoy se preguntan si el atraco del milenio fue un simple robo, en medio de una situación caótica, o una operación planificada por actores principales de un complot, en el que lo primero pudo ser la pantalla que cubriera lo segundo. Como dijo el excanciller federal Helmut Schmidt, hasta la llegada de la banca de inversión del siglo XXI, nadie pudo superar tamaño golpe.

LA VANGUARDIA