Inicio Bitxia Dios, el octavo pasajero

Dios, el octavo pasajero PDF Imprimir E-mail
José Pablo Feinmann   
Miércoles, 07 de Diciembre de 2016 14:44

Las relaciones entre la filosofía y Dios han sido tempestuosas. El filósofo sabe que para pensar debe liberarse del corpus teológico. La fe solo es posible si se abandona la razón. Jaspers habló del salto. Que se produciría en el encuentro entre el hombre y lo sagrado. Heidegger dijo, para filosofar hay que dejar de lado a Dios. O sea: la filosofía o Dios. Un hombre de fe es un teólogo, no un filósofo. El teólogo cree, el filósofo piensa. Sería erróneo deducir de esto que los teólogos no piensan. Pero piensan a partir de Dios como fundamento de todo lo existente. El pensamiento teologal no incluye la duda.

Dios, sin embargo, está presente en todas las filosofías. Cada una refiere a un momento en que lo absoluto se apropia del ente antropológico. Hagamos un leve repaso. Que no va a incluir a los griegos ni a los dioses romanos, ni a ningún otro dios. La fe tiene a Dios como fundamento de todo. ¿Qué absolutos debe edificar la filosofía para poder pensar?

 

A las cosas mismas:

1637 La duda cartesiana mata a Dios. Dudar es ya matar a Dios. Negar la verdad revelada en nombre de la verdad de la subjetividad. El hombre pasa a ser el subjectum. Incluso en la prueba ontológica que Descartes, concediendo desarrolla, Dios es deducido de la conciencia: “Dado que existe en mí la idea de la perfección, la perfección debe existir”. En suma: se justifica la existencia de Dios acudiendo a la razón humana.

En Descartes –ese héroe del pensamiento– se produce el cambio decisivo. El Discurso del Método parte del hombre. El hombre que duda. De la duda surge la pregunta que pide explicaciones a lo absoluto. Plantea que lo absoluto puede ser aprehendido por la razón. Ergo cogito, Ergo sum. El poseedor de la razón es el hombre. Todo se subordina a ella. Los otros desarrollos sobre lo absoluto no tienen importancia. Son concesiones a la inquisición. Un filósofo –si quiere seguir filosofando– tiene que vivir. Descartes huye a Holanda. Ahí escribe su famosa obra. Junto a una cálida chimenea.

1789 La Revolución Francesa pone también al hombre en el centro de toda acción contra la monarquía. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, así lo dice. La cabeza de Luis XVI ha sido separada de su cuerpo por la guillotina de la revolución. Podríamos decir: Descartes guillotinó a Luis XVI. Nadie gobierna por derecho divino. Se gobierna en el mundo por la fuerza y por la razón de la fuerza.

Si la razón es fundamento de lo absoluto, el ente antropológico que es el único que la posee, es el nuevo absoluto.

El nuevo fundamento. Existe el hombre, Dios ha muerto. Todo esto se totaliza con el dictum kantiano: “el intelecto dicta leyes a la naturaleza”.

1807 “Fenomenología del Espíritu”: Hegel niega toda trascendencia a la historia humana, proceso inmanente, racional y necesario. Dios ha muerto. La dialéctica histórica culmina en un absoluto que es el Estado, como síntesis de lo universal y lo particular.

1843 Marx, en su “Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel”, postula la teoría de la religión como “opio”. Hay que reemplazar la crítica del cielo por la crítica de la tierra.

El hombre hace la historia. Y su conciencia crítica es fundamental: “Hay que añadirle a la ignominia la conciencia de la ignominia para hacerla más ignominiosa”.

Hegel trata de unir el sujeto con la sustancia. Son lo mismo. Todo lo racional es real, todo lo real es racional. Marx según todos saben y ha sido abrumadoramente dicho, pone a Hegel cabeza abajo. Busca fundamentar la materia. La materia es la praxis humana. El fundamento del ente racional es la materia. No la razón. La materia debe ser transformada. Aquí aparece el concepto de praxis. Marx no puso a Hegel cabeza abajo, simplemente giró el eje hacia la praxis materialista.

El sujeto del materialismo tiene una carga irracional sacra. El Dios absoluto, de todos, es aquí la praxis humana. La Historia –tanto en Hegel como en Marx– se ha divinizado. Dios sigue presente en todas partes.  Sea en el modo que se requiera. El Ser en Marx es utopía. Vivió en la época de los utopistas. Pero él fue el mejor de todos. Lo absoluto es la revolución proletaria. Y la organización mundial de la clase obrera. Esto se entiende con dos consignas: Proletarios del mundo uníos. La crítica de la razón debe completarse con la crítica de las armas.

1870 Nietzsche: la unidad alemana reclama la voluntad de poder.

Alemania, “nación tardía”, necesita su espacio vital. Luego: la voluntad de poder es conservación y crecimiento. Si quiere “conservarse” tiene que crecer. Para conservarse y crecer la voluntad debe ante todo ser voluntad de voluntad, es decir, quererse a sí misma. Este es el sentido más profundo del eterno retorno: es el eterno retorno de la voluntad de poder sobre sí misma. Lo que quiere la voluntad es la voluntad. Lo que quiere mi deseo es mi deseo. El deseo es, ante todo, deseo de mi deseo. La voluntad de poder se instala en la Lebenswelt, el mundo de la vida.

Así, Nietzsche abomina del platonismo y del cristianismo, que instalan el reino de lo suprasensible. Dios ha muerto. Lo reemplaza el Superhombre, Übermensch. El hombre es un puente entre la bestia y el superhombre.

Ahora, ¿ha muerto Dios? No: Dios es el octavo pasajero. Es el “absoluto” del que ninguna filosofía alcanza a prescindir. Seamos osados:

Descartes: Dios es el cogito.

Kant: Dios es el sujeto trascendental.

Hegel: Dios es la sustancia devenida sujeto. El desarrollo de la autoconciencia hasta el Saber absoluto. Y, en última instancia, el Estado.

Marx: Dios es la materia, es la historia y su redentor (su Cristo), el proletariado.

Nietzsche: Dios es la vida, la voluntad de poder y el Superhombre.

 

 

El Alien sigue en la nave

José Pablo Feinmann

Como todo soñador confundí mi desencanto con la verdad.  Sartre

En la nota anterior nos habíamos referido al octavo pasajero. Al fundamento último sobre el cual Descartes, Kant, Hegel, Marx y Nietzsche construyen sus explicaciones.

Continuemos.

1927: Heidegger escribe su libro más famoso, “Ser y Tiempo”. Se propone hacer una ontología y termina en una antropología del Dasein. Es fascinante que un filósofo que se lanza en busca del ser termine aprisionado por el hombre.

El Dasein existe en estado de arrojo, estado de e–yección. Arrojo temporalizante hacia sus posibles (el posible de todo sus posibles es la muerte, de aquí que el Dasein sea “para la muerte” y asumirlo implique su “autenticidad”).

Heidegger abandona la escritura de “Ser y Tiempo” porque advierte que cayó en una trampa que él mismo se tendió.  Decide hacer su “viraje” (Kehre).  Ahora el Dasein es el ente que ha “olvidado al ser” por consagrarse al dominio de los entes a través de la técnica. El ser “se retira”. El Dasein que se pregunta por el ser deslumbra a Heidegger en “Ser y Tiempo”. El Dasein de la técnica no pregunta ya sobre el ser, lo manipula y lo domina. Es el amo de lo ente. Durante toda su vida Heidegger se moverá entre estos conceptos. ¿Por dónde se infiltra Dios? Dios en Heidegger es el ser. “Esto es neokantismo” se horroriza el maestro de Alemania. El hombre no es culpable en “Ser y Tiempo”, ni ha olvidado al ser. El desarrollo posterior es el del Dasein en tanto “amo de la técnica”. Heidegger condena al hombre de la técnica. El hombre debe estar abierto al llamado del ser. Ese llamado que no escuchó desde Descartes en adelante. El hombre pierde su interés en el ser cuando fija el fundamento en el pensar. Por fin, en la “Carta sobre el Humanismo” (1946), el ser encuentra su morada, en el lenguaje, y el hombre es meramente su pastor.

1943: Sartre, “El Ser y la Nada”. Si hubiera un Dios el hombre tendría una esencia. No hay Dios, ergo no la tiene. Es un existente. La existencia precede a la esencia y el hombre, a partir de sí, debe darse el ser eligiendo y eligiéndose. Nunca logrará saciar la pasión de ser “algo”, ya que es una “nada” que nihiliza el ser en su proyecto temporalizante.

La conciencia es un agujero en la plenitud del ser. La conciencia es libre.  En suma, la libertad es el fundamento del ser.

Década del 60: Nace la estructura.  Althusser declara el “odio al hombre”. Niega al Marx “humanista” de sus escritos juveniles y consagra al Marx “científico” de “El Capital”. Una mezcla entre la “Carta sobre el humanismo” y el modo de producción marxiano. Foucault, “el hombre ha muerto”. El anti-humanismo.  Derrida, deconstrucción. Giro lingüístico. Crítica de la metafísica de la presencia. “No hay más allá del lenguaje”. Siempre Heidegger: la morada del ser es el lenguaje. El secreto lo tienen los poetas.

Bien, hasta aquí. El Alien sigue en la nave.

Heidegger: Dios es el lenguaje. Porque ahí mora el ser. Pero, en rigor, el ser es Dios.

Sartre: Dios es el “para sí”. El hombre del humanismo sartreano. La “praxis” en la Critique. La “nada” nihilizante de “El Ser y la Nada”. Dios es la libertad del sujeto práctico que fundamenta el ser. Hasta el ser de la alienación. La libertad es el fundamento de la alienación.

Althusser: Dios es la estructura. (Para colmo, jamás demostró cómo “cambia” la estructura. O sea, tiene la fijeza de lo eterno.)

Foucault: Ha muerto Dios. Ha muerto el hombre. Ha muerto el autor (Barthés). ¿Qué queda? La arqueología, la genealogía, el lenguaje. Hacia fines del 70 los discípulos de Foucault le piden una respuesta a la cuestión de la lucha contra el poder. Foucault responde con las contra–conductas, pero estas siempre estarán dependiendo del poder. En la frase todo poder genera resistencia, la primacía es la del poder. El hombre que se rebela es incomprensible. En Foucault Dios es… El Poder.

Derrida: Dios es el lenguaje. Dios es el texto. Es un Dios sin trascendencia, que remite a sí mismo.

¿Y Lacan? Dios es el inconsciente. ¿Por qué? Porque está estructurado como un lenguaje. Porque como dijo el maestro Heidegger: el ser es lenguaje. Somos lenguaje. Y Lacan –dicen algunas malísimas lenguas– se reduce a veinte conceptos de Heidegger.

¿Puede la filosofía existir sin un fundamento, sin un absoluto, sin un punto de partida indubitable? Si a “eso” lo llamamos “Dios”...  Dios no ha muerto ni morirá jamás.

Estamos condenados a darle otros nombres y a ponerlo en otros lugares. Pero difícil que los hombres puedan vivir sin motivos esenciales, fundamentales, que entreguen un sentido a sus complejas existencias. Es aquello de lo que ninguna filosofía alcanza a prescindir.

“Dios”, eterno alienígena.

Decidirán aquellos que lean estas notas, si son fruto del desencanto o de la verdad.

PAGINA 12