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Noé Jitrik   
Martes, 17 de Enero de 2017 13:58

Casi todas las personas que uno conoce tienen o han tenido alguna experiencia de hospital; o han estado internadas o los han visitado o trabajan en algunos de ellos. Las dos primeras clases son infinitas e incesantes y acaso fatales; la tercera responde a una función social, que es curar. Sea como fuere, y en especial para las dos primeras, entrar en un hospital tiene un alcance que difícilmente se puede separar de lo traumático: es ver, oír, padecer, confiar, desconfiar, quejarse y, sobre todo, esperar.

Sobre este aspecto, la experiencia y la literatura han dicho mucho y seguramente lo seguirán haciendo: no es una gran cosa comparar la situación del enfermo en una noche blanca con la del preso entre las rejas; ambos deben querer, de manera semejante, pero genérica, no sólo salir del encierro sino, sobre todo, que el tiempo pase y que los rumores distantes, las voces quedas ayuden a devorar minutos interminables, y que quienes no están en la misma situación y se deslizan fugazmente por los pasillos se detengan un momento y miren y pregunten y muestren algo, cualquier cosa, que haga que el tiempo no sea esa masa gelatinosa en la que están atrapados, enfermos de hospital y presos de la cárcel.

Pero todo pasa en este mundo y también las esperas así como los encierros; a veces física y materialmente (Edmundo Dantés –El Conde de Montecristo”– salió de la isla en la que estaba encerrado a perpetuidad, así como “El sobrino de Wittgenstein”, de Thomas Bernhard, salió del hospital); otras imaginariamente, es lo que se conoce como “evasión”. El problema no es, sin embargo ése: pensarlo de este modo sería una especie de consuelo, de palmada protectora sobre el hombro del que espera. Pero tampoco la espera tiene una solución a menos que se diga que lo que en realidad se espera es la muerte, entendida incluso como liberación o, si se quiere, como la disolución a que están sometidas todas las cosas.

La espera es lo penoso aun si pensamientos como ésos no vienen para ayudar a soportarla; escuchar los rumores sin poder dormir y darle al cuerpo el alivio que requiere: el que está en tal situación carece de estrategias para resolverlo o debe inventarlas para soportarlo. ¿Es posible hacerlo? ¿Es posible ofrecer fórmulas eficaces para todos los que se encuentran aferrados a una reja o clavados en una cama de hospital después de haber pasado por los bisturíes? No lo creo ni me atrevería a hacerlo; sólo puedo decir qué hice yo para encararlo en una circunstancia precisa, después de haber sido depositado en una cama, ileso luego de una intervención.

Por de pronto, negando quizás el hecho de que todo cuerpo “intervenido” debe entregarse a sí mismo, llevé más material de lectura del que podría dar cuenta en la probable espera; incluso material de escritura, en una especie de furor místico según el cual recuperarme era tan sólo un asunto burocrático y, en consecuencia, que debía y podría aprovechar mi tiempo. Apenas abrí los ojos luego de la intervención se me hizo presente y candente una pregunta: ¿Qué puedo hacer aquí, salvo esperar? No podía escribir pero sí leer y elegí, entre lo que había llevado, el primer volumen de la Autobiografía, de Arthur Koestler: el fervor con que entré en las aventuras de este hombre, de quien sólo conocía el perturbador Oscuridad a mediodía, sólo tuvo un intermedio que bien puedo considerar atípico sino mágico. Un joven médico del hospital, con quien había entablado una relación cordial cuando empezaron los malestares que me llevaron por fin al quirófano, vino a visitarme bien entrada la noche: sentí providencial esa llegada, los minutos de que dispondría acortarían la espera y alejarían por un momento el temible fantasma del insomnio que sentía crecer en mí. No fue así; poseído por una euforia que las personas correctas considerarían impropia de un posoperatorio, comencé a hablar con él aprovechando que había leído mi libro Citas de un día. Me vi, entonces, contándole la génesis de esa novela, con una minucia que yo sentía que era maniática pero que él apreciaba como un hecho si no totalmente extraordinario al menos no muy previsible en la vida nocturna de un hospital. Nuestras voces ignoraban los mínimos ruidos médicos, el choque de cristales, el correr de aguas, el rumor de los aparatos conectados a los pechos de los pacientes y hasta dolencias y curaciones. Su nombre, Emiliano Levoratti, no sólo quedó sino que perdura, todavía seguimos conversando como si aquella noche siguiera prolongándose en una sostenida amistad.

Todo termina y también una conversación pero, precisamente por la euforia que me poseía y por la sorpresa en la que él estaba envuelto, cuando se fue la noche se precipitó otra vez sobre mí y, para neutralizarla, volví a Koestler y su exaltante juventud así como su arriesgada vida que, me pareció, sintetizaba en sus desplazamientos gran parte de la historia de la Europa de las dos primeras décadas del siglo XX.

Puede parecer extraño un relato semejante de una noche de hospital pero en el momento en el que lo vivía me pareció lo más natural y, seguramente por una deformación profesional, pensaba, mientras leía, en ciertas impresiones que salían del texto. Ante todo una amargura evocativa que descartaba cualquier momento feliz que toda evocación de la infancia y juventud suele comportar; las evocaciones pueden ser más o menos plenas pero siempre se puede esperar que algunas de ellas posean alguna luz; no las descubrí en el libro de Koestler pero no por eso el libro me pareció menos apasionante. Y lo fue porque al mismo tiempo que narra con admirable maestría lo que vio y vivió de cerca en los años quizás más complicados de la historia de Europa –desde 1920 hasta casi 1940– tienen un extraordinario atractivo precisamente porque lo que ocurrió fue aterrador y hasta cierto punto invisible, nada menos que los fervores iniciales del comunismo y luego la feroz desilusión, por no hablar de la torpeza criminal de un Stalin que, como se vio después, todo se arruinó.

El hospital desapareció y, en cambio, apareció la luminosa prosa de un hombre que recorrió se diría que lo principal, lo más dramático del siglo XX. Que también se disipó. Preguntarse por lo que ese siglo engendró tal vez no tenga sentido, o futuro, seguramente muchas cosas que entraron en el gran, trágico y frustrante, fresco perduran y otras tienden a regresar con trajes raídos que parecen nuevos. Acaso estemos sin saberlo viviendo todos en una enorme noche de hospital, con más resonancias que puertas de salida, con relatos más indecisos que certidumbres diurnas y, desde luego, con más antihéroes que los que son objeto de alucinadas y nocturnas evocaciones, sin interesados médicos que vengan a recortar la soledad.

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