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Bette, Joan y el cine argentino PDF Imprimir E-mail
José Pablo Feinmann   
Martes, 02 de Mayo de 2017 15:48

“Bette and Joan” es una magnífica serie norteamericana. No son pocos los que durante estos días disfrutan de ella. Trata sobre la relación tempestuosa de dos divas del cine. Del cine de Hollywood. Bette Davis y Joan Crawford.

Las dos, en su decadencia, se unieron en una película perdurable. “¿Qué pasó con Baby Jane?” Su director, Robert Aldrich, tuvo que padecerlas hasta el agobio. El proyecto fue de la Warner Bros. Lo impulsó Jack Warner, el último de los Warner, el más titánico, y fue una película de bajo presupuesto, en blanco y negro. Bette era una gran actriz dramática. Tuvo once nominaciones al Oscar y ganó dos. Su fama de diva estaba ligada al talento. Joan fue siempre bella. Joan le envidiaba a Bette su talento dramático. Bette le envidiaba a Joan su belleza. En la serie se refleja buena parte de la historia de Hollywood. Así lo permite la trayectoria de las dos actrices. Vienen de lejos. Desde los orígenes. Han triunfado y han sufrido derrotas. Son amadas. Ahora, el tiempo no las ha perdonado.

Como dice Goldie Hawn en una película: “hay tres etapas en la vida de una actriz: joven, abogada, y conduciendo a Miss Daisy”. Ni Bette ni Joan están para ser conducidas por nadie. No son todavía Miss Daisy. Pero ese horizonte lo ven cercano. Tienen que triunfar en “¿Qué pasó con Baby Jane?” Tienen que robarse cámaras, planos, aplastarse una a la otra.

A veces comprenden que cuanto mejor esté la otra, mejor saldrá la película, y eso beneficiará a las dos. Esta tarea es la de Aldrich, que se pone en el medio y se desgarra tratando de unirlas en una misma dirección.

¿Por qué empezar por esta serie? Porque es cine puro, aunque se haya hecho para televisión. Porque expresa al cine en su más alta condición. Como testimonio de una época, como trayectoria y retrato profundo de seres humanos. Como entretenimiento deslumbrante. ¿Qué haríamos sin el cine? ¿Qué sabríamos de la mejor historia de Hollywood sin esta serie? Sin duda mucho menos. ¿Por qué no deleitarnos con el gran trabajo actoral de sus estrellas? Porque si bien la historia narra a Bette Davis y Joan Crawford, hay dos grandes actrices que las interpretan. Susan Sarandon y Jessica Lange. Se alternan en los títulos en cada episodio. Una va primera, la otra segunda, y la segunda va primera y la primera segunda. Si sale primero el nombre de una, enseguida surge el de la otra y le da un empellón, desplazándolo. ¿Quién hará “Jessica and Susan” o “Susan and Jessica”? ¿Quién nos dirá cómo fue la filmación de esta serie? Jessica es una gran actriz, pero tiene algunos kilos de más y Joan era flaca. Sarandon es asombrosa. Su Bette Davis pasará a la historia. Habla con la voz de su personaje. Se mueve como ella. Levanta su cabeza soberbia y mira desde arriba. Fuma, bebe, es tiránica con su hija. Y es despótica con Joan. La hija de Joan Crawford, que escribió “Mommy Dearest”, no dejó una sola ruindad que decir sobre ella. Aquí Joan es, pese a todo, querible. Es un ser frágil, atemorizado por el paso de los años, que busca retornar, que quiere ganar un Oscar con Baby Jane. Que cuando no la nominan, llora amargamente. Que admira a Bette y la odia a la vez por su talento.  Bette, como dijimos, tiene dos Oscar. Joan tiene uno. Las dos hicieron películas inolvidables. Este es su “come back” o su ocaso. Se juegan a todo o nada.

Bette es Bette Davis. La gran actriz de “La carta” y de “La malvada”. La que, sin ser bella, enamoró a todos, porque era genial, sin exagerar. Y genial en el profundo sentido de la palabra. No en el uso tilingo que se le da hoy en día. Bette fuma como un murciélago. Tiene desplantes de diva. Tiene una voz cascada y densa, con espesor. Su historia y la de Joan son la historia del cine. ¿Cuánto nos dice esta serie sobre el país que la produjo? Nadie le va a perdonar a Estados Unidos responder bárbaramente a la barbarie terrorista. Pero nadie dejará de admirar sus grandes creaciones. Contradictoriamente, es admirable. Nunca, ni aun en sus períodos de locura, dejó de lado la autocrítica. Hoy, Meryl Streep puede criticar a Donald Trump y el formidable Bill Maher puede decir que es un idiota. Así, a secas. Y siguen ahí. Son parte de la enorme riqueza de un país que perdura. De un imperio autocrítico.

Siempre el cine fascinó al poder. Todo poder busca una cinematografía que lo justifique y lo exprese. Joseph Goebbels llamó a Fritz Lang y le propuso dirigir el Instituto de Cine del nacionalsocialismo. Esa noche Fritz Lang huyó de Alemania. Einsenstein dirigió poderosas películas bajo Stalin. También Shostakovich escribió sus sinfonías. Prokofieff volvió de su exilio y hasta escribió un nuevo himno a su patria.

Aquí, entre nosotros, tenemos que traer a nuestra memoria La Patagonia Rebelde y su denuncia de las matanzas en la Patagonia. El populismo de Juan Moreira. Los policiales negros de Aristarain que denunciaron la ferocidad de la dictadura bajo la dictadura. Y hay mucho más. Nuestro cine es rico y dilatado. La Eva Perón de Desanzo trazó el retrato casi definitivo de esa mujer. El nuevo cine argentino dio joyas como La ciénaga y  Relatos salvajes. A través de ellas conocimos mejor nuestra verdadera cara. El que ataca al cine, el que lo debilita, debilita al país. Le quita identidad. El cine no tiene que ver con la economía. De aquí que los economistas no lo entiendan. Tiene que ver con la cultura.

¿Puede nuestro cine hoy tratar al presidente como Hollywood trata a Trump? ¿Será por eso que lo atacan?

Como diría Bette Davis: Señores, no  sean brutos, por favor.

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