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Pilar Rahola   
Miércoles, 07 de Febrero de 2018 16:57

Hay un debate previo que anularía la tesis de este artículo: ¿una gala de cine es un escaparate ideológico? La respuesta es tan diversa como dispersa es la opinión, desde quienes consideran que la cultura siempre debe ser reivindicativa hasta quienes plantean una actitud más aséptica y, a la vez, inclusiva. Sea como sea, lo cierto es que los Goya se han situado, desde los inicios, en un ángulo muy preciso del cuadro, y han sido sonados los cabreos del PP con la troupe de la ceja, al tiempo que se alzaban consignas contra la guerra de Irak, el IVA a la creación, a favor del pueblo saharaui y etcétera. Si algo ha quedado fuera de debate, es que los Goya tenían color político, tiraban hacia lo rojo (aunque fuera rojo-caviar), y no hacían ascos a la pancarta reivindicativa. De ahí que el debate previo podría ser muy interesante, pero, en este caso, ha quedado anulado por la tozudez de los hechos.

En este punto es donde sitúo la queja, el lamento, o quizás sólo la evidencia, porque si muchas causas han tenido cabida en sus micrófonos estelares parecía lógico que hubiera, no sé, un detallito, un lacito amarillo por ahí, una frasecita, nada, un quizás pequeño, un atisbo de algo parecido a una queja por todo lo que está ocurriendo en Catalunya. Por supuesto nadie le pide a los Goya que se vuelvan independentistas, pero sí parecía exigible que demostraran una preocupación democrática con el abuso de cárceles preventivas a líderes políticos, las interlocutorias que penalizan la ideología, los TC que reciben llamadas de doña Soraya, los reyes que salen de su papel, y los delitos de rebelión dirigidos contra políticos pacifistas. ¿Nada que decir con cuatro dirigentes democráticos en las cárceles? ¿Nada, con una parte del Gobierno catalán en el exilio? ¿Nada de las porras del 1-O? Y lo peor es que han sido unos Goya muy multinacionales, con vascos y catalanes llevándose la mayoría de premios, pero todos ellos bien peinados y perfectamente ordenados en la casilla de progres homologados, allí donde no hay delirios de república catalana. Al menos los vascos han dicho algo en euskera, pero los catalanes, cuidadito, que las Coixet sólo tienen tiempo de firmar manifiestos contra la perfidia independentista.

Ayer hice un tuit mostrando mi indignación por ese silencio tan ruidoso, y de todos los centenares de improperios recibidos (tantos, como aplausos), el más bonito fue el que me dedicó el productor Manuel Cristóbal (productor, entre otras, de El bosque animado), que tiene cuatro Goya en su haber, y que resume la solidaridad de la progresía cejajunta y socializante para con la causa catalana. A mi lamento por olvidar los presos políticos, Manuel Cristóbal respondió: “Tampoco hablamos de zombis ni de vampiros. Hablamos de cine, no de cosas que no existen”. Zombis y vampiros..., ese es el nivel, esa la sensibilidad y esa la vergüenza.

LA VANGUARDIA