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Enric Vila   
Lunes, 06 de Marzo de 2017 18:28

La generación política de Mas está muerta pero todavía no lo sabe o no lo quiere asumir. A Rajoy y a Junqueras ya les va bien dejar que crean que todavía están vivos. Mientras los espectros anden convencidos de que la sangre les circula por las venas pueden mantener el conflicto político en el campo del simulacro.

Rajoy sabe que le ha ganado la partida a Mas, pero todavía no sabe si también se la ha ganado al independentismo. Mientras utiliza el espectro del expresident para mantener al PSOE a sus pies, trata de ofrecer a Junqueras una excusa para renunciar al referéndum o –como mínimo– a la interpretación de su resultado.

El caso Millet y la confesión de Montull, pactada a la luz del día, es un intento de repetir la operación Pujol. Si la confesión del patriarca dio a Mas una excusa para ceder al discurso kumbayá y desmantelar su propio partido con la esperanza de obtener un premio de consolación que no llegará nunca, el caso Millet es el regalo envenenado que el Estado le prepara a Junqueras.

Rajoy quiere que Junqueras retire los cadáveres de Mas y compañía del campo de batalla a cambio de convertirse en el nuevo presidente catalán y el interlocutor del independentismo con el Estado. El líder de ERC sabe que no puede tocar ni un pelo de Mas sin infectarse. De hecho, sabe que los cadáveres que se están pudriendo en el campo de batalla pertenecen al PP y, rehusando hacerle el trabajo al Estado, hasta ahora ha respondido con una frase bíblica: dejad que los muertos entierren a los muertos.

Junqueras es quizás el único cargo del gobierno que entiende la fuerza política que tiene el Derecho a la Autodeterminación, pero eso también hace que entienda lo peligroso que es manosearlo. Catalunya parece hoy una tribu primitiva con una bomba atómica en las manos que va apretando botones y botoncitos a ojo sin saber con precisión cómo funciona el mecanismo. Los dirigentes independentistas copian los pasos que siguieron los organizadores de las consultas de 2009, pero no acaban de comprender ni su espíritu ni su filosofía.

Mas está atascado en el argumento de que España no es Gran Bretaña y, si la gente supiera que los políticos de su equipo crecieron hablando de Israel y Ben Gurion, tendría ganas de llorar. El conseller Romeva, a pesar de sus convicciones democráticas tan puras, sigue sin comprender que, después de un sí en el referéndum, no hay nada que negociar con el Estado que no sea la partición de bienes. Las audacias de Junts pel Sí sólo sirven para que el Chateaubriand de La Vanguardia despliegue su pedantería insidiosa y flatulenta.

Si el Parlament creara la comisión de garantías y se amparara en las leyes españolas y los tratados internacionales que Madrid ha firmado en los últimos 40 años para convocar el referéndum, saltarían las alarmas. Con los discursos que el unionismo ha desplegado contra el referéndum, el único obstáculo que se interpone entre Catalunya y su soberanía es la psicología autonomista de los políticos catalanes. Por eso Rajoy necesita tentar a Junqueras y por eso Junqueras va alimentando la vanidad de Soraya, mientras deja que la peste de los cadáveres enrarezca el ambiente.

Junqueras sabe que si el referéndum llega a celebrarse en condiciones, será la cabeza de Rajoy la que peligrará. También sabe que la partida está abierta y que no todo lo que pasa en Catalunya pasa en los círculos oficiales. Ayer, en la calle Aribau, por ejemplo, me encontré con Anna Arqué que paseaba con su hijita acompañada del viceprimer ministro de Bélgica, Jean Jambon.

ELNACIONAL.CAT