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Acuerdos imposibles, rupturas inevitables PDF Imprimir E-mail
Ferran Requejo   
Lunes, 25 de Septiembre de 2017 13:47

Sea cual sea la evolución política a ­partir del próximo mes de octubre, el problema nacional-territorial de fondo permanecerá. ¿Ofrece la política comparada de las democracias soluciones a este problema? La respuesta es sí. Hay como mínimo tres grupos de respuestas: fede­ral-plurinacionales, consociacionales (democracias de consenso) y la regulación acordada de procedimientos de secesión (referéndums). Estas soluciones se pueden combinar en un mismo modelo constitucional. ¿Resulta plausible la implementación práctica de estas ­soluciones en el caso español? La respuesta es no.

A pesar de la pluralidad de enfoques in­ternos, resulta fácil constatar un contraste profundo y permanente entre Catalunya y el Estado español en la manera de pensar el tema de fondo. Empezando por su definición y por la reconstrucción de la historia común. Este contraste refleja dos universos mentales, dos imaginarios colectivos de difícil encaje, dos culturas políticas con muchos elementos disjuntos que dificultan llegar a acuerdos con vocación de estabilidad y de acomodación mutua. Hay disenso incluso en el significado de las palabras.

El Estado de derecho español sigue degradándose cada día que pasa. Y se ha producido una desconexión mental bastante irreversible por parte de muchos ciudadanos de Catalunya y una flagrante desconfianza entre ambas partes. Apelar al “diálogo” o al “consenso” aparece hoy como un deseo ingenuo poco informado o como una coartada perversa defendida por aquellos que, de hecho, no quieren que las cosas cambien o que cambien mucho. Una coartada para perezosos de pensamiento y para lampedusianos prácticos.

Soy muy escéptico de que por la vía del acuerdo el tema de fondo se solucione de una manera profunda y con vocación de futuro. No se ven indicadores en el horizonte del Estado, más allá de la habitual retórica sobre unas “reformas constitucionales” que, en la práctica, no tienen ningún recorrido com­partido. Hay una distancia, actualmente insuperable, entre el máximo de que los partidos e instituciones españolas estarían dispuestas a negociar y el mínimo que sería aceptable por parte de los partidos e instituciones de Ca­talunya. Aquel máximo es mucho más pequeño que este mínimo. Los “federalismos de la desconfianza” son por definición inestables.

Como ejercicio de política ficción es imaginable una democracia plurinacional adelantada en la que la ciudadanía de Catalu­nya, en tanto que colectivo nacional diferenciado, pudiera sentirse reconocida y acomodada en un nuevo marco político y constitucional. A mi entender, la condición de éxito de un modelo así tendría que combinar instituciones y procesos de cariz federal-plurinacional, de cariz consociacional y cláusulas condicionadas de secesión.

Un aspecto clave es cómo asegurar que los acuerdos en el nuevo Estado se cumplirían, a diferencia de la experiencia práctica de las últimas cuatro décadas. Los posibles pero muy improbables acuerdos de este tipo tendrían que estar basados más en una lógica protectiva que en una lógica participativa en las instituciones estatales. Me explico.

Catalunya siempre será una minoría nacional si sigue formando parte del Estado español. Eso implica que su reconocimiento y acomodación constitucional tendría que basarse mucho más en instituciones y procedimientos destinados a proteger los derechos y un autogobierno nacional amplio y de calidad que en la perspectiva de influir en la política española. En relación con el Estado, la protección y garantías prácticas de la “libertad negativa” colectiva del país es más decisiva que la participación en un pretendido gobierno compartido.

Eso se traduce en disponer de manera garantizada de una amplia capacidad de decisión, sin interferencias exteriores, en los ámbitos socioeconómico (fiscalidad, financiación, infraestructuras, bienestar), cultural, lingüístico, deportivo, ecológico, simbólico, etcétera, además de contar con una amplia capacidad de decisión en política europea e internacional. Si no hay garantías de protección del reconocimiento y de un amplio autogobierno, nunca se podrá construir una democracia plurinacional estable. “Que nos dejen en paz” en el doble sentido de la expresión, sería la posición catalana básica.

Así, por ejemplo, las instituciones catalanas dispondrían de un derecho de veto con respecto a decisiones del Estado que no tendrían aplicación en Catalunya, reglas opting-in y opting-out relaciones intergubernamentales escasas por innecesarias con el poder central y de carácter bilateral, asimetrías institucionales y competenciales, etcétera. Se trata de medidas que se encuentran en otras democracias plurinacionales. No hay que inventar casi nada.

¿Es todo eso factible? La realidad actual convierte este interrogante en una pregunta meramente retórica. La carga de la prueba de un modelo así correspondería a los partidos estatales que son los que tienen que hacer las propuestas. Sin embargo, sin mediación internacional, la racionalidad práctica invita sólo al escepticismo y a uno de sus corolarios: en Catalunya es la misma lógica de las cosas la que incentiva posiciones unilaterales. Como en los matrimonios, cuando los acuerdos son imposibles, las rupturas resultan inevitables. Tarde o temprano, Catalunya será un Estado independiente.

LA VANGUARDIA