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Reconocimiento internacional PDF Imprimir E-mail
Héctor López Bofill   
Lunes, 09 de Octubre de 2017 18:49

A la condición de Estado se accede con el reconocimiento por parte de los otros estados. Esta es la dinámica que se plantea en el derecho internacional y, como hemos descrito varias veces en estas páginas, se trata de un proceso que tiene poco que ver con los relatos de legitimidad sobre la creación de una nueva entidad soberana que puedan plantear en la dimensión interna.

Junto con la capacidad de control del territorio y la obediencia generalizada por parte de la población a las normas surgidas de las autoridades que se reclaman independientes, el otro elemento clave que expresa el surgimiento de un nuevo sujeto en la arena internacional es la capacidad de desplegar una política exterior propia y establecer relaciones diplomáticas directas con los gobiernos de otros estados. Y es este último factor el que adquiere una importancia suprema en los momentos que vivimos inmediatamente anteriores y posteriores a la declaración de independencia. Porque la constitución de la república catalana depende directamente del reconocimiento que de la nueva situación puedan hacer gobiernos de otros estados.

En los primeros compases de vida de la nueva república no es necesario que sean muchos estados los que den el paso (circunstancia que por otra parte tampoco ha sido frecuente en la experiencia histórica) pero sí que hay que contar con el apoyo de alguien al menos durante las primeras semanas. En este sentido, la política exterior catalana en la obtención de reconocimientos debe practicarse como es propio de la acción en este terreno: centrarse en la obtención de los máximos apoyos al margen de valoraciones sobre el carácter de los regímenes que nos admitan.

La falta de reacción de las instituciones de la Unión Europea y de buena parte de los gobiernos de sus estados miembros (no así de la opinión pública) hacia las agresiones brutales de la policía española durante la celebración del referéndum del 1 de octubre nos permite captar que difícilmente tendremos un reconocimiento por parte de la mayoría de democracias liberales que integran la Unión. Es normal. No tienen incentivos para hacerlo y me refiero aquí a incentivos al margen de la mayor o menor legitimidad que pueda tener la causa catalana desde la perspectiva democrática y de respeto a los derechos fundamentales. A buena parte de los todavía 28 estados miembros de la UE les incomoda la descomposición de la cuarta economía de la zona euro, especialmente aterradora para los grandes grupos financieros europeos que son acreedores del más de billón de euros que debe el Reino de España,

Es posible que, a pesar de todo, la república catalana fuera reconocida por aquellos miembros en los que una nación sin estado tiene un peso y una representación política decisiva (es el caso de Bélgica en relación con la nación flamenca) para aquellos que han experimentado una independencia convulsa en tiempos recientes (los estados bálticos, Eslovenia) o no tan reciente (Irlanda) o para aquellos que han expresado tradicionalmente una enorme sensibilidad hacia los derechos fundamentales en caso de que las violaciones de estos persistieran en Cataluña (Dinamarca, Suecia) y en este último grupo también se incluirían estados escandinavos que no forman parte de la Unión (Islandia y Noruega).

Pero si de verdad nuestras autoridades aspiran a consolidar la independencia, teniendo en cuenta el contexto de esta frialdad en el ámbito europeo, hay que estar plenamente abiertos al reconocimiento de aquellos estados que tienen incentivos para debilitar la Unión (que es el que en un primer momento inevitablemente provocaría la independencia catalana en relación con el colapso de España y a la consecuente inestabilidad continental). Y si estos estados, a pesar de que no sean democracias liberales tienen un peso muy relevante en el concierto internacional, como por ejemplo ser miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, aún mejor para nuestras aspiraciones inmediatas.

Ser soberanos implica estar dispuestos a aceptar que, como predica el adagio, en la selva de las relaciones internacionales no hay amigos, sólo intereses.

EL PUNT-AVUI