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La luz comienza a abrirse paso PDF Imprimir E-mail
Vicent Partal   

Desde el viernes, mucha gente en este país ha sufrido mucho. Por el hecho de no saber qué pasaba ni hacia dónde íbamos. En estas últimas horas la luz ha comenzado a abrirse paso y me parece bastante evidente que, si finalmente el gobierno de la República se reúne hoy en Bruselas y habla, todo se verá de una manera diferente. Por eso me gustaría explicar unas cuantas cosas sobre qué ha pasado este largo fin de semana y sobre qué nos espera.

Sobre el fin de semana

1. Creo que todos debemos ser conscientes de qué pasó el viernes, sábado y domingo. Tras la proclamación de la independencia hubo un riesgo indiscutible de una confrontación violenta en la calle. Y el gobierno y su presidente optaron por desarticularlo, en consecuencia con el talante profundamente pacifista del movimiento. El precio era muy caro, pero había salidas alternativas que son las que se empiezan a ver ahora. El gobierno actuó con una responsabilidad que tal vez fue incluso excesiva, pero no quiso poner en juego la estabilidad del país ni, sobre todo, la de sus servidores públicos. La amenaza de una intervención brutal por parte del gobierno español quedó clara el primero de octubre y fue mucho más que concreta el pasado viernes.

Hay gente que puede opinar que esto ya lo tenían que haber calculado antes y que habría sido mejor no declarar la República o, incluso, no haber escogido el camino de la independencia. No estoy de acuerdo. Después de la heroica actitud de la gente el primero de octubre no proclamar la independencia sí que habría sido traicionarlo todo. El elemento principal y más importante era no arrodillarse y por eso no se convocaron elecciones autonómicas. Cataluña hoy es un territorio en disputa controlado aparentemente por España, pero que tiene un gobierno independiente aparentemente en el exilio. Y en este sentido que funcione en Bruselas o en Barcelona da igual. Incluso diría que, para el momento actual, incluso mejor que funcione desde allí.

2. Creo que hay una realidad que nos deberíamos meter todos en la cabeza: se acabó la democracia tal como la habíamos entendido hasta ahora. Volvemos a vivir una época en la que por tus ideas puedes ir a parar a la cárcel durante años. Y son una prueba bien concreta Jordi Cuixart y Jordi Sánchez. Las cosas que todos hacíamos en democracia con una cierta naturalidad ahora las tenemos que volver a hacer como las habíamos hechas antes. Por lo tanto, el gobierno y su estructura, este fin de semana ha valorado y medido el alcance de la represión. En cualquier momento pueden ser detenidos y llevados ante un tribunal que se otorga ilegalmente funciones que no le corresponden, que se inventa delitos y que tiene un ánimo explícitamente vengativo y contrario a derecho, como se manifiesta claramente en los encabezados de sus papeles. En este contexto, pedir explicaciones abundantes, conferencias de prensa o declaraciones públicas, como si no pasara nada y viviéramos en un régimen democrático, es poco serio. Me habría gustado que hablasen claro y dijeran cosas, pero si se iban al exilio, ¿no creen que su seguridad era prioritaria?

Sobre hoy y los días que vienen

1. Si hoy el gobierno de la República Catalana se reúne, y más si habla y toma decisiones, la situación dará un giro radical. Aún más si lo hace en condición de gobierno en el exilio, con lo que creará un conflicto interno mayúsculo en la Unión Europea. Si esto se confirmara, que conste que deberemos agradecimiento siempre a Flandes y a Bélgica por un gesto muy difícil que no tenían ninguna obligación de hacer.

2. Deberíamos entender que estamos ante un triángulo con tres puntas: el gobierno de la Generalitat (o de la República, que es igual), la administración pública de Cataluña y los ciudadanos. Con el gesto del viernes, el gobierno dejó que la administración fuera controlada por España, pero con la decisión que hoy podría conformarse se apoyarían los dos grandes pilares que nos han llevado hasta aquí: la política y los ciudadanos. De las tres puntas del triángulo, la administración era la más prescindible si no se quería que el proceso hacia la independencia se parase. Sin gobierno no tendríamos sino caos -y por ello había que proclamar la República y por eso se hizo- y sin ciudadanos, sin pueblo, no tendríamos nada. La opción fue correcta.

3. El objetivo a alcanzar es evidente: combatir la represión y el 155, recuperar la democracia y el respeto a los derechos de todos y volver a dirigir la administración del país ahora ya como república independiente, que para eso se proclamó. Es decir, utilizar todos los métodos a su alcance para devolver al país el gobierno legítimo. En este sentido vale todo, desde la resistencia de las instituciones del país, municipales por ejemplo, la participación en las elecciones. La única regla es exigir que el gobierno gobierne. No puede mandar sobre la administración, pero puede dirigir políticamente el movimiento independentista y este es su papel.

4. Y para hacer esto hay que poner el foco de manera insistente en el origen de esta crisis. No es habitual que un territorio de la Unión Europea declare unilateralmente la independencia. Es sorprendente que todo un gobierno elegido democráticamente se encuentre obligado a trasladarse al exilio. Y no es normal que los ciudadanos de un país sean agredidos cuando quieren votar. De todo ello, la culpa sólo es del gobierno español. Un gobierno que desde hace diez años se niega a ver la realidad: que tiene un problema político serio en Cataluña y que sólo lo puede resolver como se resuelven los problemas políticos en las democracias occidentales, que es dialogando y votando.

Y con todo, estos días pasa que hemos llegado a situarnos en un momento decisivo: hacemos entender a Europa y a la comunidad internacional que no es posible solucionar la crisis catalana sin contar con el gobierno catalán como interlocutor principal. Y decimos a Mariano Rajoy que tiene ante un presidente, el presidente de Cataluña, un gobierno, el gobierno de Cataluña, y un pueblo, el pueblo de Cataluña, que ha proclamado su Estado independiente y que no desfallecerá en la tarea de hacerlo efectivo.

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