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“Déjà vu” PDF Imprimir E-mail
Antoni Puigverd   
Jueves, 23 de Noviembre de 2017 19:18

Empieza la carrera electoral y dos de los principales competidores lo hacen en circunstancias calamitosas: Junqueras en prisión; Puigdemont en Bruselas, pendiente de extradición. Ciertamente, estos dos líderes, así como los miembros del Govern depuesto, podrían haberse retirado, como han hecho unos pocos exconsejeros (Vila, Borràs). Retirarse de la competición electoral, tal vez habría sido el gesto más coherente con el final entre teatral y dramático del periplo que ellos han dirigido.

Dejar paso a caras nuevas, no directamente implicadas con un proceso que ha acabado como el rosario de la aurora, habría facilitado la normalización política. Hubiera permitido un cambio de rumbo. Al fin y al cabo, Junqueras y Puigdemont ya han reconocido de facto su fracaso al aceptar presentarse a unas elecciones que han sido convocadas, no por el presidente de la Generalitat, sino en virtud del extremoso artículo 155. No tenían otra alternativa, pero el hecho es que, al aceptar las elecciones, los líderes independentistas han claudicado. Han acatado la intervención de las instituciones catalanas.

Aceptando la excepcional convocatoria electoral, Junqueras, Puigdemont y los líderes de la CUP han reconocido públicamente su impotencia. De la misma manera que los tribunales y del poder central, exigiendo de los acusados retractación retórica y acatamiento explícito, revelan sin pudor una complacencia vengativa y un empeño inquisitorial más propio de los poseedores y exhibidores de la fuerza que de los defensores de la legalidad democrática. Cuando le toque el turno, veremos cómo el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo valorará las exigencias humillantes de Montoro (“si quiere cobrar la pensión, Puigdemont tiene 10 días para acatar el 155”) o los autos de fe constitucional de la juez Lamela o de la Fiscalía...

Todas las excusas que se aducirán (al estilo de la apelación a los muertos de Marta Rovira) para justificar el final penoso del proceso servirán sólo para convertir la derrota política (y, lamentablemente, también personal) en un motivo romántico de resistencia. Será el retorno posmoderno de la mítica de 1714: otra derrota convertida en símbolo, el fracaso del proceso como un nuevo capítulo de la mítica autocompasiva.

Se entiende perfectamente que es lo que, apelando a esta táctica, persiguen los candidatos independentistas: salvar los muebles de un proceso irreflexivo que pretendió cambiar los mapas de España y de Europa con fuerzas exiguas y con argumentos de orden meramente emotivo que despreciaban la legalidad y la correlación de fuerzas. Se entiende: una victoria del bloque independentista haría caer un nuevo velo protector sobre los líderes de un proceso que quería ser épico y lírico pero que ha acabado como una comedia triste.

Una victoria independentista, que las encuestas no descartan, servirá para articular una fuerte corriente proamnistía. Pero no abrirá ventana alguna al horizonte. Continuaremos donde estamos: regurgitando, tal vez de manera más agónica, lo que ya hemos vivido.

LA VANGUARDIA