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Lunes, 11 de Diciembre de 2017 16:56

El reto geopolítico de Puigdemont

Jaume Casañas

EL MÓN

Desde el punto de vista de la geografía, el "caso catalán" se convierte en lo que en francés se llaman “enjeux géopolítiques”, "asuntos geopolíticos". Y es, en esta dimensión geopolítica, donde el "caso catalán" tiene su valor añadido, su pertenencia geográfica y muchas naciones observan los acontecimientos catalanes con atención.

La geopolítica europea desde el siglo XVII (Tratado de Westfalia) hasta el siglo XXI ha estado marcada por las transformaciones de las estructuras político-territoriales, los imperios medievales en Estados-Nación modernos. Siguiendo esta cronología histórica de la evolución geopolítica de los territorios europeos, podemos hacer tres grandes bloques de Estados miembros de la Unión Europea.  El primero, formado por los Estados-Nación más occidentales y de más antigua constitución (España, Francia y Reino Unido), el segundo, los Estados-Nación formados en la segunda mitad del siglo XIX (Alemania e Italia) y el tercer gran bloque, formado por los Estados-Nación de la parte oriental, los que marcaron la ampliación de la Unión Europea a partir de 2004.

Pero ante las realidades nacionales que hay en Europa nos hacemos las siguientes preguntas; ¿en todos los Estados-Nación existe una única nación? ¿Qué sucede cuando en un Estado-Nación hay más de una nación? ¿Todas las naciones tienen un Estado-Nación propio? La historia reciente de Europa nos ayuda a responder estas preguntas. Está claro que existen Estados-Nación donde sólo hay una nación, pero esta no es, ni mucho menos, la norma de la Unión Europea. Al contrario, a menudo, en la Unión Europea nos encontramos Estados-Nación conformados por más de una nación. A veces esta realidad no es reconocida y es cuando comporta distorsiones como el "caso catalán". En este sentido nos podemos encontrar dos claras casuísticas respecto a la posibilidad de que las naciones tengan Estado o no.

El primer caso es el Estado-Nación que está formado por una nación mayoritaria y a la que responde la constitución del Estado en cuestión. El resto de naciones que pudieran formar parte de este Estado-Nación son minorías nacionales de otros Estados-Nación. Estas minorías nacionales, como naciones ya tienen un Estado, aunque no sea el suyo de residencia. Por ejemplo, Hungría es el Estado-Nación de los húngaros, pero encontramos húngaros en otros Estados-Nación como puede ser Eslovaquia, Rumanía, Eslovenia o Serbia. También encontramos alemanes en Polonia, Chequia y Eslovenia. También encontramos austriacos en Italia, en la región del Südtirol, entre otros muchos casos. Estas situaciones nacionales las encontramos sobre todo en la parte centro-oriental del continente, donde la mayoría de los Estados-Nación se constituyeron a partir de 1918.

En el segundo caso la situación es diferente. Nos encontramos con unos Estados-Nación que se constituyeron a partir del Tratado de Westfalia, en las inmediaciones del 1650. En estos Estados-Nación encontramos que hay una nación, mayoritaria y dominante, que ha constituido este Estado-Nación. En el mismo Estado-Nación encontramos otras naciones, pero son naciones que no tienen ningún Estado matriz de referencia , es decir no tienen un Estado que represente a la propia nación, como sucedía en los ejemplos anteriores. En este caso podríamos encontrar a catalanes, vascos, escoceses, flamencos, bretones, corsos y frisones, entre muchos otros.

A partir de esta sintética descripción nos podríamos preguntar cómo es que en la Unión Europea hay naciones que tienen Estado-Nación y otras que no. ¿Qué determina que una nación pueda disponer de su derecho a constituirse como Estado-Nación y otras no? ¿Dentro de la Unión Europea hay naciones de primera y naciones de segunda? No queremos afirmar que todas las naciones que no tienen Estado-Nación deban constituirse como Estado-Nación, ni mucho menos. Hay Estados-Nación donde el respeto y la protección de la plurinacionalidad hace que muchas pequeñas naciones se sientan realizadas dentro del propio Estado-Nación del que forman parte, aunque no sea la nación matriz del Estado, podría ser el caso de los frisones en los Países Bajos. Pero lo que si que queremos afirmar es que las naciones que no tienen Estado y que quieran tenerlo, puedan constituirse en Estado-Nación, el "caso catalán" es un buen ejemplo de esta voluntad.

Ahora bien, eso depende de la cultura democrática de cada Estado matriz donde estén localizadas estas naciones. El "caso catalán" y el "caso escocés" demuestran dos maneras de entender la diversidad y del respeto de los derechos de las naciones. El Reino Unido respetó el derecho de Escocia de escoger la posibilidad de constituirse en Estado-Nación, mientras que el Reino de España no está respetando el derecho de Cataluña de poder decidir su futuro como Estado-Nación.

Al mismo tiempo Europa, la Unión Europea, no puede rehuir sus responsabilidades de garante de los principios y libertades de los ciudadanos y de las naciones, con o sin estado, que la conforman. No puede eludir sus responsabilidades como ente supranacional con el argumento de que el caso Catalán, como el de cualquier nación sin Estado, es un tema interno del Estado-Nación que forma parte y no un tema europeo, del derecho de las naciones a constituirse como Estado. La Unión Europea no puede renunciar a sus valores constituyentes ni a su futuro.

Desde un punto de vista geopolítico, el "caso catalán" representa responder a todas las preguntas que nos hemos hecho. El reto geopolítico del presidente Puigdemont representa una (re)interpretación política del 'statu quo' de los Estados-Nación más antiguos de Europa, de ahí la reacción en contra de muchos de ellos. Por eso la geopolítica de la nación catalana puede crear doctrina. Otras naciones europeas sin Estado observan, algunas en silencio, y otras con más atención y determinación mediática, cuál será el futuro del "Caso Catalán".

Poner en duda la estructura de los Estado-Nación más antiguos de Europa no implica poner en duda los valores europeos, al contrario. La milenaria historia de la nación catalana lo demuestra, la vocación mediterránea y europea de Cataluña está fuera de toda duda.

 

 

¿Qué diría Vicens Vives del ‘procés’?

JAUME AURELL (*)

LA VANGUARDIA

El historiador gerundense se preguntaba si no habría un punto medio entre la ufanía pragmática y la catástrofe redentora

Jaume Vicens Vives es uno de los intelectuales del siglo XX cuya obra e itinerario personal han suscitado mayor admiración y aprecio. Así lo confirman la vigencia de su obra histórica, el vigor de sus realizaciones institucionales y los testimonios que nos han dejado sus contemporáneos. Como cuenta Josep Maria Muñoz i Lloret en su biografía, algunos que le conocieron en los años finales de su vida se preguntaban, después de su muerte: “Y ahora, ¿qué haría Vicens en esta situación concreta?”. Sus interlocutores en Madrid, que conocían de sobra lo que había sufrido en los años en los que había sido depurado de la enseñanza universitaria y alejado de Catalunya, siempre apreciaron su generosa disposición a tender puentes. Desde el extranjero, voces tan autorizadas como Hugh Trevor-Roper, Raymond Carr y John H. Elliott nunca ocultaron su admiración por Vicens.

Siendo un personaje tan respetado por unos y otros, me ha sorprendido que su nombre apenas haya aparecido estas semanas en el debate público. La explicación de su (espero que transitoria) defunción como autorizado interlocutor intergeneracional es muy sencilla: Vicens se pasó la primera parte de su vida intelectual luchando frente a su injusta depuración intelectual que le alejó de su cátedra de Barcelona; y la segunda, la más fecunda, procurando tender puentes entre Madrid y Barcelona en lugar de dejarse llevar por el cinismo, recelo o victimismo que podría perfectamente haber justificado la dolorosa e injusta situación de sus años anteriores. Su función de puente cultural, su incansable actividad mediadora, su capacidad para meterse en la piel del interlocutor y su personalidad inclusiva no cuadran demasiado con el ambiente polarizado en el que, desgraciadamente, parece haber quedado reducido el debate político y cultural en la actualidad.

En este artículo me propongo revisitar su Noticia de Cataluña, que contiene valiosos códigos para descifrar el atolladero en el que se halla metida actualmente nuestra sociedad y, más importante todavía, algunas de las claves para salir de él. Este ensayo es un magnífico tratado de psicología colectiva, sobre Catalunya y los catalanes, basado en la palmaria experiencia histórica más que en especulativas disquisiciones teóricas.

Vicens arguye en el arranque del libro que “había que hacer un esfuerzo para conocernos a nosotros mismos antes de pasar a proyectos definidos, a realizaciones concretas” (p. 19). Enmarca la existencia de Catalunya en clave europea e hispana: pertenecemos a la primera por filiación directa desde los tiempos carolingios y a la segunda por la experiencia histórica compartida. El catalán es un “hombre de frontera”, ya que el lanzamiento histórico de Catalunya se realizó desde la plataforma de la Marca Hispánica, la parte transpirenaica del reducto europeo carolingio. Y la Marca es un corredor. Esto conlleva una doble enseñanza, que explica buena parte de su historia: la habilidad de los catalanes para regenerar continuamente su propia identidad a base de la asimilación de muy diversas culturas y “el permanente éxtasis cultural transpirenaico” (p. 32).

La entidad de “pueblo de corredor” nos ha hecho además propensos “a las negativas intransigentes y las claudicaciones afectivas, a los odios primarios y los abrazos cordiales” (p. 33). Esto conecta con otra de las grandes enseñanzas de la historia de los catalanes: su extraordinaria (y muchas veces, dolorosa) capacidad de pasar, sin solución de continuidad, de un pactismo algo acomodaticio (el seny) a una tendencia al radicalismo, muchas veces intransigente y autodestructiva (la rauxa). El seny nos lleva a retener “avaramente nuestras emociones, incluso las más finas, por no comprometer las posibilidades inmediatas de paz o prosperidad” (p. 231). La rauxa “es la justificación histórica del todo o nada, la negación del ideal de compromiso y pacto dictado por el seny colectivo” (p. 233). La actitud del seny es lo habitual; las rauxes son transitorias: “Después de la riada, canalizamos las aguas y rehacemos los huertos” (p. 233): lo esencial aquí es dictaminar qué es lo que se puede salvar y qué es lo que se ha perdido definitivamente después de uno de esos ataques de rauxa. Cuando el seny y la rauxa se concatenan (cosa que ha sucedido en diversas ocasiones en la historia de Catalunya) constituyen como un bucle del que es difícil salir, y llegan al mismo callejón sin salida: “El sentimentalismo de la añoranza y la hipercrítica del vapuleo son los caminos más llanos para llegar a la ruptura” (p. 235).

Por un lado, Catalunya debe ser consciente de que ha habido demasiados momentos en su historia en los que se ha dejado arrastrar por ese carácter bondadoso, algo ingenuo, y con una acusada resistencia –casi timorata– a no generar ningún tipo de tensión manifiesta. Esto ha generado una pérdida de oportunidades históricas, porque “generalmente hemos dicho ‘¡basta!’ en el peor momento, cuando la coyuntura nos era desfavorable, cuando había pasado el punto dulce de nuestra fuerza o nuestra razón” (p. 236). Por el otro lado, ha habido otros momentos históricos, quizás más puntuales pero no menos demoledores, en los que la ruptura radical ha aparecido como la única salida, y en los que el vandalismo revolucionario ha echado por tierra construcciones pacientemente edificadas durante siglos, como se puso especialmente de manifiesto en la demoledora guerra civil del siglo XV y en los radicalismos ideológicos de las facciones autodestructivas durante la Guerra Civil. Entonces, se ha comprobado con dolor “cómo, de repente, estas cualidades [el seny y la ponderación] parecen frenadas, e incluso invertidas, por una actitud en la que se mezclan la exasperación y el sentimentalismo, la rauxa y el vapuleo. En tales instantes perdemos el sentido de la continuidad, la visión de la justa proporción de las cosas o la exigencia de nuestra responsabilidad en cuanto pueblo que lleva un mensaje.” (p. 226)

Vicens se muestra aquí incluso profético –toda buena narración histórica tiene en cierto sentido un sentido profético– puesto que afirma que, en esos momentos arrauxados, “todos sabemos que nadie querrá embarcarse con nosotros, tomar parte en las empresas colectivas que proclamemos, si no vencemos de raíz los factores explosivos de nuestro temperamento y eliminamos todo histerismo en los días de responsabilidad suprema” (p. 227). Y concluye su diagnóstico con una frase que hoy adquiere tintes de dramatismo, pero que surge de un pon­derado análisis histórico de largo plazo, y por tanto merece la pena por lo menos tener presente en la actual coyuntura: “No hemos sido lo suficientemente fuertes para ­forjarnos nuestra propia historia; he aquí una gran tragedia colectiva (…). Ya hace cinco siglos que caminamos a tientas, ora conformándonos con un menguado papel de circunscripción provincial, ora queriendo forzar la rueda de la fortuna hacia posiciones singulares de imperialismo político y cultural” (p. 34-35). Como consecuencia, Catalunya se ha balanceado entre “la ufanía pragmática de aceptar un hecho existente” y “el milenarismo de la catástrofe redentora” (p. 195), y Vicens se preguntaba si no habría un punto medio entre estas dos ac­titudes.

La historia se repite, pero los que no creemos en el fatalismo histórico (Vicens era el primero en sublevarse contra las reacciones melancó­licas, victimistas o pasivas ante las dificultades) pensamos que se puede revertir, si aprendemos a leer el libro de la historia: “No una, sino varias veces en el transcurso de nuestra existencia hemos dejado el arma de la causa perdida por la herramienta del trabajo de cada día (…). Es el repliegue del país hacia su refugio más esencial, hacia el trabajo que encierra decepciones y despierta nuevas esperanzas” (p. 64). Pero para poder retomar la herramienta del trabajo (“eina i feina”), necesitamos recuperar la serenidad. Como ha quedado bien patente, Vicens nunca eludió su responsabilidad de intelectual autorizado, poniendo el dedo en la llaga para ayudar a Catalunya a superar su periódica tendencia a la rauxa. Pero tampoco cayó en la ingenuidad de pensar que el diálogo es sólo cosa de uno. Para ser honestos históricamente, su pasión por tender puentes no se vio demasiado correspondida por la otra parte, aunque él siguió luchando infatigablemente por mejorar las cosas desde su posición. Algo de esto aparece en su otro influyente ensayo, Aproximación a la historia de España (1952). Pero esto merecería otro artículo que podría llevar por título, “¿Qué esperaría Vicens?”.

 

Jaume Vicens Vives

Jaume Vicens Vives nació en Girona en 1910 y falleció en Lyon en 1960, tras una dolorosa lucha contra el cáncer. Su prematura muerte no le impidió dejar un legado de enorme influencia, como las obras históricas ‘Ferran II i la ciutat de Barcelona’ (1938) e ‘Industriales y políticos del siglo XIX’ (1958) y los ensayos ‘Aproximación a la historia de España’ (1952) y ‘Noticia de Cataluña’ (1954). Compaginó una densa erudición con un agudo sentido de la interpretación, por lo que esas obras no han perdido su vigor con el paso del tiempo. Se reincorporó a la Universitat de Barcelona en 1948, después de haber pasado unos años alejado de Catalunya a causa de una sanción depurativa. En los doce últimos años de su vida, desarrolló una eficaz labor de renovación de la historiografía española, ejerció un fecundo magisterio entre sus discípulos, incentivó la creación de activas plataformas culturales, fomentó editoriales y se dedicó con pasión a tender puentes entre lo que él llamaba los diferentes “pueblos peninsulares”.

(*) Jaume Aurell (Barcelona, 1964) es catedrático de Historia en la Universidad de Navarra y dirige el Instituto Empresa y Humanismo de esta universidad. Recientemente ha publicado el libro ‘ Genealogia de Occidente. Claves históricas del mundo actual’ (Ed. Pensódromo)

 

 

¿Qué diría Paco Candel del ‘procés’?

JOSEP MARIA CUENCA

En tiempos convulsos que invitan a la perplejidad, a menudo resulta inevitable preguntarse qué pensarían ahora y aquí personas ya ausentes que pintaron algo valioso en nuestras vidas, ya fuese desde el ámbito privado o el público o desde ambos a la vez. Yo, de tarde en tarde, echo mano de ese recurso hostil al desamparo; en mi caso añoro el parecer de Orwell, de Camus, de Benjamin o de Auden.

El recurso en cuestión, además, es tan flexible que admite la especialización. Por eso en estos días exacerbados en que medio mundo (el acomodado) contempla con asombro diverso a Catalunya no he podido evitar pensar más de una vez en Paco Candel, de quien tuve el privilegio de ser amigo durante los últimos cuatro lustros de su existencia.

 

1964: ‘Els altres catalans’

Mucho se ha hablado del estímulo civil que supuso Els altres catalans a partir del día de Sant Jordi de 1964, fecha de su aparición. Sin embargo, el impacto del libro de Candel empezó a cuajar mucho antes de publicarse. La cosa tuvo su inicio en un célebre artículo que Candel había publicado en la revista La Jirafa en 1958 y que actuó como detonante para que Edicions 62 le encargase la redacción de Els altres catalans. Desde ese momento el grueso del antifranquismo político quiso hablar con Candel. Así, Joan Reventós le entregó una cantidad modesta de dinero recaudado entre sus allegados ideológicos, mientras que Jordi Pujol (hoy como ayer peculiarmente desentendido de los asuntos monetarios) puso a disposición del escritor un legajo con análisis y estadísticas varias. En cuanto al PSUC, contaría con la simpatía y el activismo de Candel, quien conoció a muchos de sus dirigentes en París tras la aparición de su libro más celebrado.

Es discutible que Els altres catalans sea un ensayo en el sentido estricto del término. Candel fue básicamente un narrador y un cronista, además de un gran lector (capaz de devorar casi todo Faulkner de un tirón y afirmar que le parecía un autor maravilloso pero incomprensible), nada amigo de teorizaciones y alérgico a los lucimientos eruditos.

Todo ello jugó a su favor a la hora de la adhesión cívica a Els altres catalans, obra estructurada sin demasiados miramientos pero sumamente informativa y con una tesis central de una claridad y una oportunidad pasmosas: constatada la rotunda heterogeneidad de la población de Catalunya (acentuada por la entonces reciente llegada de miles de inmigrantes procedentes de diversas regiones del resto de España) y desde una sensatez elemental y urgente, Candel planteaba la necesidad de no desembocar en una sociedad dividida en dos comunidades herméticas distinguidas por motivos circunstanciales (origen, lengua, hábitos culturales...).

La perspectiva de clase también estaba presente en la propuesta candeliana, si bien en unos términos atenuados sólo comprensibles a partir del contexto político en que aquella fue formulada, el cual puede resumirse en la prioridad otorgada a la unidad de acción contra la dictadura desde premisas más cercanas a la patria que a la igualdad. Es precisamente en este punto en donde se localiza la razón última del fabuloso éxito de Els altres catalans pero también su talón de Aquiles, encarnado en el carácter genérico de su propuesta y en la desatención de las consecuencias que podrían acarrear los lazos anudados entre amplios sectores de la izquierda y el nacionalismo.

 

De 1977 en adelante

Consolidada la transición, el espíritu candeliano de 1964 mantuvo intacto su prestigio, pero poco a poco la realpolitik fue desmintiendo su implantación social efectiva y redefiniéndolo como una convención retórica ya muy descafeinada con respecto a su intención originaria. Como material empírico sobre el asunto puede tomarse incluso la novela del propio Candel Un Ayuntamiento llamado ellos, en la que ficciona su experiencia política en el Consistorio de l’Hospitalet de Llobregat representando al PSUC. Y no está de más aludir a su otra incursión en la política práctica (que dio lugar a otro libro: Un charnego en el Senado), anterior a la municipal: la de senador por la Entesa dels Catalans en la segunda mitad de los setenta.

El final de su estadía en Madrid concluiría con una anécdota significativa más allá de lo estrictamente biográfico. En uno de sus últimos puentes aéreos como senador coincidió con un destacado dirigente de Convergència que no dudó en proponerle figurar en sus listas electorales. Paco se lo agradeció, pero le respondió: “Yo me hundo con los míos”. Y, en efecto, inaugurado el pujolismo, la izquierda catalana iniciaría su larga travesía del desierto, clave para entender lo que hoy nos está pasando.

Candel, entonces, hubo de centrarse en su quehacer como escritor y periodista. Pero el desplazamiento generacional y la transformación del mercado cultural y político acabarían por cerrarle más de una puerta, lo que le expondría a momentos de estrechez económica. Así las cosas, sus cordiales relaciones con influyentes sectores del nacionalismo gobernante facilitaron un acercamiento mutuo. Sabido es, por lo demás, el aprecio que él y Pujol se profesaron siempre. A este último episodio de la vida del escritor (aún por explicar y más cercano a razones de orden personal que a una mera evolución de ideas) hay que añadir la imagen de un Paco Candel con la salud diezmada pidiendo el no para el Estatut y el voto para Esquerra Repuplicana.

 

Otoño del 2017

El caso es que en este otoño doméstico no he podido evitar pensar en Candel. No tanto para imaginarme qué opinaría él de todo esto, como para preguntarme hasta qué punto su propuesta de 1964 ha llegado a implantarse en Catalunya. Planteárselo resulta doloroso pero no gratuito, pues hoy sabemos que muchos aplaudieron a Candel con sinceridad pero también que otros lo hicieron para disponer de una coartada (y de tiempo) mientras se dedicaban a cimentar otros asuntos. Si en algún momento de las últimas décadas los catalanes alcanzamos cierta cohesión social, algo pudo tener que ver en ello la loable vocación candeliana de una buena parte de la ciudadanía, pero también (y quizá sobre todo) el incremento general del nivel de vida que trajo consigo la democracia.

En cualquier caso, el equilibrio consensual ha saltado por los aires ante la evidencia de la corrupción, el rescate bancario y los recortes, y sin embargo hoy Catalunya divaga sin fin sobre su gradación histórico-identitaria en lugar de atacar la desigualdad. Y la cohesión de una comunidad no admite enunciados metafísicos; o se verifica materialmente o no existe.

Ni yo ni nadie puede saber qué diría y haría Candel aquí y ahora. Pero nada hay de malo en arriesgar una opinión al respecto siempre que no se pretenda hacerla pasar por otra cosa. Así que ahí va la mía, un pelín rami­ficada. En primer lugar creo que Candel permanecería fiel a su mensaje del 64; de hecho lo fue hasta sus últimos días. Por tanto es muy probable que sostuviese que la mitad más uno de algo no es cua­litativamente distinta de la mitad menos uno restante, y que insistir en que sí lo es conduce sin remedio a lo que Els altres catalans quiso evitar a toda costa. Y además me parece que no le haría ninguna gracia la constante equiparación que algunos hacen del sistema político actual con el franquismo; por algo sufrió este último de manera directa, rigor comparativo aparte.

Que el espíritu candeliano del 64 fuese aceptado como innegociable por todos los concurrentes a las elecciones del 21-D no sólo sería un espléndido regalo de Navidad, sino también un paso inequívoco en favor de la civilidad ahora mismo maltrecha en Catalunya.

Josep Maria Cuenca (Barcelona, 1966) es escritor y periodista. Su último libro publicado es la novela Una aproximación (Ediciones Desnivel). También es autor, junto a Francisco Candel, de Els altres catalans del segle XXI (Planeta, 2001)

 

 

Salvados por la prisión

Àstrid Bierge

EL MÓN

Cada vez que miro las noticias me entra una mala hostia cósmica. Esquerra poniéndose bien para pactar con los comunes, Puigdemont haciendo el discurso de Marta Pascal y Santi Vila y, lo que es peor por mucha diferencia, la gente ovacionando a los presos políticos como si fueran héroes y yendo con ilusión a Bruselas para participar en una manifestación que no servirá absolutamente para nada .

Quizá sonará vanidoso, pero tengo la sensación de que el país está abducido, que vive en un 'Show de Truman' perverso y que sólo una pequeña parte somos conscientes del engaño. Quisiera coger a Cataluña por las solapas y sacudirla con violencia: "¡Despierta, cojones!".

Nunca confié en los líderes independentistas pero sí creía en la gente, pensaba que el pueblo no les dejaría margen para la desbandada y que les obligaría a hacer el trabajo que dijeron que venían a hacer. Y más aún, mucho más aún, después de ver el coraje con que se defendió el referéndum. Por lo menos, pensaba que, si los líderes se arrugaban, como mínimo la derrota serviría para desenmascarar el procesismo y empezar una nueva etapa en la que, ahora sí, iríamos a hacer la independencia. Pensaba que la gente se daría cuenta, por fin, de que toda aquella historia de no contarnos nada porque no querían enseñar sus cartas, que la prepotencia de decirnos que no nos preocupáramos de nada porque tenían planes 'B' hasta la letra zeta, y que todas aquellas supuestas jugadas maestras de Puigdemont prorrogando DUI eran, en realidad, un bluf, una huida hacia delante para no reconocer que la vía unilateral siempre les pareció imposible.

Pensaba que, si perdíamos esta pantalla, como mínimo caerían caretas y la presión social sacaría a flote a unos líderes con un plan de verdad. Un plan con el que todo estuviera preparado porque muchos Mossos, tractores, bomberos y ciudadanos protegerían sus instituciones y bloquearían puertos y aeropuertos durante días. No habrían podido venir a disparar ni a tirar bombas contra cientos de miles de personas. Que no, coño, que no. Pudieron amenazar, y no dudo que lo hicieron, pero la "violencia ilimitada" en que se ha escudado JxSí para echarse atrás es impensable. España lo puede hacer todo excepto esto. Puede que unos fascistas habrían pelado a alguien o que un policía habría espetado un porrazo mortal, pero este era un riesgo que había que asumir igual que el 1-O se asumió que alguien podría salir mal parado.

Estoy convencida de que la gente, bien dirigida y espoleada desde arriba, habría estado dispuesta a aguantar esta situación durante unos días. No habrían hecho falta tantos para generar una crisis económica alarmante que forzara a la UE a obligar al Estado a aceptar un proceso de mediación. Al menos se habría podido intentar. Es el peso de generar este caos lo que les dio miedo asumir, no el de abocar a la gente a una masacre inimaginable.

Desgraciadamente, ni se ha plantado cara ni han caído máscaras. Los autocríticos resulta que somos muy malos patriotas y peores personas y la derrota sólo ha servido para que el mundo vea que España es un país muy bestia. El día 21 se presentarán los mismos que acaban de fracasar y su nuevo proyecto es recuperar lo perdido, no subsanar los errores y prepararse para poder ganar.

Ahora la unilateralidad ha quedado descartada y por tanto el grueso del independentismo ha asumido al pie de la letra el proyecto de los comunes: esperar a que España cambie. ¿Cuántas décadas se necesitan para que podamos hacer, a las buenas, un referéndum pactado? Cuenten, cuenten, estos son los años a los que nos quieren condenar.

Me dan ganas de llorar cuando amigos míos, de esos que cuelgan carteles de ERC desde los 13 años, me vienen con la canción de la prisión. Que se lo han jugado todo por el país, dicen, porque les han puesto en prisión y porque han perdido mucho patrimonio. Y se cagan en España y blablabla. Me pregunto qué habría pasado si no los hubieran encarcelado. Creo que la gente, libre de la empatía hacia el mártir, tan catalana, hubiera sido mucho más crítica. Creo que la gente se habría cabreado como una mona con unos líderes que han reconocido abiertamente que no estaban preparados para aplicar la independencia porque, en palabras del ex-pistolero Rufián, esperaban un contrincante "civilizado". España! ¡Mira, sube a mi dedo y baila!. Creo que el país no se lo hubiera tragado, creo que habría visto que este gobierno nunca creyó en la victoria. La muestra es que Santi Vila ahora es el malo de la película.

Como les han puesto en prisión, sin embargo, la compasión y la indignación han taponado los reproches. Ni siquiera la CUP se ha atrevido a criticarlos. El encarcelamiento de nuestros líderes -terrible, injusto, neandertal-, paradójicamente, los ha salvado. Es así de bestia. Una vez decidido que no aplicarían la DUI, ir a declarar en Madrid muñeca contra muñeca era la única escapatoria que tenían para no sufrir el escarnio de su pueblo. La cárcel, el martirio, les ha servido de cortina de humo. Al fin y al cabo, es menos difícil decir que iban con el lirio en la mano y pagarlo con unas semanas en el trullo que reconocer que, precisamente porque sabían perfectamente de qué pie calza España, nunca creyeron que podrían cumplir las promesas que nos hicieron.

Y así estamos, repitiendo en bucle nuestro error atávico, encaramando a líderes mediocres sólo porque han sido maltratados por España. Como si ser maltratado te convirtiera directamente en un héroe. ¿Qué tipo de lógica es esta? Ser un héroe es encontrar el valor y la inteligencia para liberarse del maltratador.

Para rematar el drama, los críticos con vocación política no se han atrevido a presentarse o han decidido unirse a las candidaturas procesistas. La CUP es el único partido que sigue defendiendo la vía unilateral como única posible. La CUP, que obviamente no ganará nunca porque va por el mundo diciendo que Cuba y Venezuela son países maravillosos. Qué panorama. O nos cae un Sant Jordi del cielo o dentro de 50 años todavía estaremos pidiéndole al mundo que venga a matarnos el dragón, que nosotros, ya sabéis, somos los buenos.