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175 años del bombardeo de Barcelona por el Ejército colonial borbónico PDF Imprimir E-mail
Arturo Del Villar   
Sábado, 16 de Diciembre de 2017 10:59
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EL 3 de diciembre de 1842 es uno de los días más trágicos en la historia de Barcelona, y por ello merece ser recodado cundo se cumplen ahora 175 del horror. El Ejército borbónico bombardeó implacablemente la ciudad durante diez horas, destruyendo edificios históricos, hospitales, escuelas, teatros, casas de vecindad y comercios, además de causar numerosos muertos y heridos y unos daños incontables.

Una intervención tan salvaje contra una ciudad desarmada no volvería a verse hasta las destrucciones nazis durante la segunda guerra mundial: Barcelona es la predecesora de Coventry, ciudad en el centro del Reino Unido de la Gran Bretaña, tan destruida en 1940 por la aviación nazi que la propaganda alemana inventó el neologismo “coventrizar” para referir-se a los bombardeos totales de una localidad.

Aunque en 1842 no existían los bombarderos aéreos, los cañones dis-paraban bombas desde tierra con su misma eficacia catastrófica. Puede decirse que Barcelona fue coventrizada 98 años antes de la tragedia que dio origen al término. El Ejército de Tierra borbónico no desmerecía en cuanto a salvajismo de la Luftwaffe nazi, que, por cierto, iba a desempeñar poco menos de un siglo después un papel de primer rango en España, al colaborar con los militares monárquicos sublevados contra la República: solamente el nombre de Gernika sirve para demostrarlo.

EXTERMINIO DE LA POBLACIÓN CIVIL

Si el bombardeo de Barcelona es un capítulo desventurado en la historia de la capital catalana, también es una de las vergüenzas mayores del Ejército español, ya desprestigiado por las atrocidades cometidas en las colonias. Hay que aplicar todos los más graves calificativos a la destrucción de una ciudad desarmada, que únicamente aspiraba a mantener sus tradiciones y costumbres, y a la muerte de unos ciudadanos que solamente deseaban vivir con tranquilidad, dedicados a sus pacíficos trabajos cotidianos. Fue un crimen contra la humanidad, que por ello no prescribe y debe ser denunciado todavía, ya que no para exigir responsabilidades a sus autores, sí al menos para que quede consignado en la historia como condena eterna de quienes lo ordenaron y lo perpetraron.

El ensañamiento de los militares borbónicos merece el tratamiento de genocida, puesto que se dirigía a exterminar a una población civil, como escarmiento para quienes pensaran oponerse al poder dominante. Los

artilleros españoles, cumpliendo las órdenes de sus mandos, mancharon más todavía el expediente del Ejército, nada limpio, volviendo la misión de defender al pueblo de las agresiones exteriores contra él.

Todo pueblo tiene derecho a reclamar el respeto debido a su historia, que establece su idiosincrasia característica. En España se ha configura-do al catalán con un estereotipo de buen artesano o comerciante, interesado por el mantenimiento boyante de su negocio, con una aspiración única: llenar la bolsa de pelas, se decía antes, hoy euros. Existen caricaturas y refranes españoles que ofrecen una imagen exagerada de esas cualidades distintivas, tan necesarias para alcanzar la prosperidad de to-do pueblo o nación. Tal vez en el ánimo de los españoles resida un poso de envidia hacia los catalanes, porque nos dan un magnífico ejemplo de laboriosidad a imitar.

EL DESCONTENTO POPULAR

A nadie le gusta que le hagan perder lo que ha conseguido ahorrar con su esfuerzo. Durante la regencia de María Cristina de Borbón, la viuda de Fernando VII casada en secreto (conocido por todo el mundo) con un guardia de Corps que reunió una de las fortunas mayores de Europa, la economía española padeció una crisis permanente, en parte a causa de la guerra originada en el interior por el pretendiente de la rama carlista, y en el exterior por el afán independentista de las colonias americanas.

Los catalanes en general y los barceloneses en particular protestaban contra la política económica de los sucesivos gobiernos, que les llevaba a la ruina, mientras crecían las fortunas de la familia llamada real y de sus paniaguados. Las explicaciones que presentaban a los gobernantes, bien argumentadas con toda clase de datos, no eran atendidas. Prefirieron ignorarlas y continuar con una política que provocaba la ruina de los industriales y comerciantes, y en consecuencia la de toda la comunidad. No se puede estrangular a un pueblo, porque surge el deseo de liberarse del yugo que le oprime. El descontento lleva a la insurrección inevitablemente. Si un pueblo es golpeado 155 veces, 155 veces se alzará contra la tiranía.

Fue lo que sucedió el 13 de noviembre de 1842, cuando el pueblo de Barcelona inició una insurrección contra la política librecambista impulsada por el regente Baldomero Espartero, llamado “el general del pueblo”, duque de la Victoria, marqués de Morella, conde de Luchana y otros varios títulos recibidos por méritos de guerra, y el Gobierno presidido por su protegido el general José Ramón Rodil, marqués de Rodil. La aristocracia militar es la más orgullosa de todas. Los militares se entrenan para dirigir una guerra, pero no para gobernar la paz por medio de la política. Cuando los militares gobiernan caen habitualmente en la dictadura, porque están acostumbrados a imponer sus órdenes sin consultar a nadie, y sin que nadie se atreva a discutirlas.

BAJO LA DICTADURA MILITAR

El general Espartero se había autodesignado regente del reino, después de forzar la renuncia “voluntaria” de María Cristina de Borbón, a la que invitó en 1840 a exiliarse en Francia con su marido secreto Fernando Muñoz y con sus hijos secretos, pero notorios. El general se convirtió en un dictador que no se creía obligado a dar cuenta a nadie de sus actos, puesto que desempeñaba la más alta magistratura española por ser menor de edad la reina jurada Isabel II, a la que él protegía. Su regencia bien merece el calificativo de dictadura militar a la usanza del siglo XIX, que sería muy perfeccionada en el XX.

Una de sus decisiones dio lugar al malestar de los barceloneses: aprobó la rebaja de aranceles a la importación de productos textiles británicos, lo que perjudicaba gravemente a los industriales catalanes de la lana, ya que contaban con unos medios de producción muy diferentes, a favor de los ingleses. Al no ser atendidas sus reivindicaciones, levantaron barricadas en las calles, en demostración de fuerza contra la medida.

Era capitán general de Catalunya Antonio van Halen, conde de Peracamps, menos conocido que su hermano, el también general y aventurero Juan, un extraordinario personaje de vida novelesca, mucho más atractiva que la de Antonio. Pero es el despreciable Antonio van Halen el que nos interesa ahora. Se encontró desbordado por el descontento popular, y al no disponer de fuerzas suficientes para reprimir a los insurrectos, ordenó a todos los militares que se refugiaran en el castillo de Montjuic, al tiempo que solicitaba a Espartero que le enviase refuerzos para lanzarlos contra el pueblo.

La crónica siguiente está elaborada a partir de los informes facilitados por numerosos testigos presenciales de los sucesos, publicados en los medios de comunicación de la época, y recogidos en historias impresas entonces, porque el bombardeo de Barcelona se convirtió en tema de conversaciones durante mucho tiempo. Todavía hoy el nombre de Antonio van Halen continúa siendo maldito para los barceloneses.

EL BOMBARDEO

Los ciudadanos constituyeron una Junta Revolucionaria, conforme a las costumbres de la época. El nombre evoca hazañas subversivas y tumultuosas, pero la realidad dice que esas juntas se dedicaban a discutir entre sí más que a organizar la revolución. Hasta la Gloriosa de 1868 no existió una verdadera revolución en España, y aun ella resultó muy sosegada: con la batalla de Alcolea entre los dos ejércitos, el pronunciado y el isabelino, librada en un solo día, se la dio por concluida.

Así que el 2 de diciembre de 1842 llegó a Barcelona el mismo general Espartero, con su aureola de vencedor en todos los combates, y de dure-za que le llevó a ordenar el fusilamiento de sus compañeros que protestaban contra su política dictatorial: lo había mandado sin ninguna oposición en octubre de 1841. Era el jefe indiscutido del Partido Progresista, pero la idea que tenía del progresismo consistía en que sus órdenes fueran acatadas sin discutirlas; lo contrario era involución, según su manera de entenderlo. La regencia del general Espartero no se diferenció en nada de una dictadura militar, y tuvo que ser cortada por el alzamiento protagonizado por los generales Juan Prim, Francisco Serrano y Ramón María Narváez en julio de 1843, para impedir que continuase destruyendo a España, como bien sabemos que hacen siempre las dictaduras militares.

Pero estábamos contando la llegada de Espartero a Barcelona, para cortar a sangre y fuego las protestas de los ciudadanos, según el método tantas veces empleado en las acciones bélicas protagonizadas por él. Las órdenes que dio al capitán general Van Halen fueron contundentes: bombardear a Barcelona desde el castillo de Montjuic, hasta conseguir la rendición de los amotinados.

A las 11.30 de la mañana del ya para siempre tristemente histórico 3 de diciembre de 1842 comenzó el bombardeo. Sorprendida y desprevenida, la población corría despavorida por las calles, buscando un refugio en el que resguardarse, pero las bombas destruían los edificios y sepultaban a los aterrados vecinos entre los cascotes. Los heridos imploraban una ayuda que nadie se paraba a prestarles, porque había que intentar ponerse a salvo. Los muertos quedaban entre los escombros de las casas arrumbadas sin que nadie se ocupara de ellos.

Si es lamentable que se pierda una vida humana, debido a la barbarie de los llamados seres racionales, también lo es que un edificio histórico sufra daños por la sinrazón de quienes nada respetan. El Saló de Cent del Ajuntament, realizado en 1369, sufrió destrozos por las bombas. También el vetusto Hospital de la Santa Creu, y colegios, teatros, iglesias, asilos, casas, comercios, toda la ciudad padeció el bombardeo inclemente e innecesario, porque los barceloneses carecían de capacidad para oponerse a la artillería borbónica.

RENDICIÓN SIN CONDICIONES

Hubo un receso entre las 14 y las 16 horas, para que los artilleros pu-dieran almorzar con tranquilidad, lo que demuestra que eran seres huma-nos, aunque no se comportasen como tales, pero terminado el postre volvieron a disparar contra la ciudad indefensa con la misma intensidad

anterior. A las 17 horas la Junta Revolucionaria designó a dos comisionados, para que fuesen a parlamentar con el capitán general Van Halen el cese del bombardeo. El conde de Peracamps los recibió de pie, y se negó a negociar nada con ellos. Se limitó a decirles que exigía la rendición incondicional de la ciudad, y la entrega de todos los dirigentes de la insurrección para castigarlos conforme a la Justicia militar. Retornaron des-esperanzados de alcanzar ningún acuerdo con aquel general insensible.

A las 18 horas se formaron dos comisiones, una de la ciudad y otra de la Barceloneta, compuestas por ocho miembros cada una, encargadas de negociar con el capitán general las condiciones para un alto el fuego. Recibió Van Halen solamente a tres de los comisionados, cuyos nombres quedan para la historia: Pablo Mas, José Torné y Juan Antonio Ciantar. Se repitió la escena anterior, porque el capitán general, cumpliendo órdenes de Espartero, se negó a aceptar ninguna condición: ambos reclamaban la rendición total, o continuarían los bombardeos hasta la destrucción total de la ciudad.

La Junta se vio obligada a aceptar, puesto que carecía de medios para enfrentarse a la artillería borbónica. El bombardeo cesó a las 24 horas del fatídico 3 de diciembre de 1842. Habían caído sobre la ciudad 1.014 proyectiles, entre bombas, granadas y balas. Quedaron totalmente destruidos 462 edificios, y otros muchos con desperfectos. Se desconoce el número exacto de muertos, alrededor de treinta, y el de heridos.

Al día siguiente Espartero y Van Halen entraron orgullosamente en Barcelona al frente del Ejército borbónico triunfador. Se declaró el esta-do de sitio permanente. Se ejecutó a los miembros de la Junta Revolucionaria y a otros considerados sediciosos, se encarceló a un alto número de ciudadanos, y además se impuso una contribución extraordinaria que arruinó a la ciudad. “El general del pueblo” se mostró implacablemente cruel contra los barceloneses que osaron mostrarse descontentos con sus órdenes.

El Ejército español se apuntó una triste victoria, al haber destruido una ciudad laboriosa y pacífica que deseaba únicamente dedicarse a su traba-jo en libertad siguiendo sus costumbres ancestrales. El Ejército borbónico no amenaza en balde. Lo demuestra esta lección histórica. Pero el pueblo que combate unido por su libertad termina conquistándola, según confirman todas las antiguas colonias españolas de Portugal, Hispanoamérica, Italia, los Países Bajos, África y Oceanía, hoy naciones independientes con sobrados motivos para detestar al Ejército español.

Al cumplirse 175 años de la destrucción de Barcelona solamente po-demos recodar tan horroroso episodio repitiendo el lema de la Gloriosa Revolución: ¡Viva España con honra! ¡Abajo los borbones! Y añadir por nuestra cuenta: Llibertat presos polítics!

http://insurgente.org/arturo-del-villar-175-anos-del-bombardeo-de-barcelona-por-el-ejercito-colonial-borbonico/