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Puigdemont hace dos millones de insumisos PDF Imprimir E-mail
Salvador Cot   
Viernes, 26 de Enero de 2018 09:42

¿Cómo se desmovilizan dos millones largos de personas? Este es el problema al que el Estado intenta encontrar una solución, sin que ello implique tener que pasar por una negociación política. No es fácil. Por eso en Madrid se ha llegado a la conclusión de que la única forma posible es que los propios líderes del independentismo sean los encargados de ir convenciendo a sus bases de que la independencia es inviable y que, en nombre del realismo, más vale aceptar la legalidad española, en espera de tiempos mejores y de un trato menos agresivo con los encarcelados, procesados e investigados.

Un planteamiento de este tipo no es ni descabellado ni, mucho menos, traición política. De hecho, es posible que sea la única estrategia transitable. Y si no lo es, la alternativa de mantener la resistencia tampoco ha demostrado una eficacia real. Pero a este regreso instrumental al autonomismo le falla la misma pieza -fundamental- que hizo fracasar la antigua Tercera Vía que es que, como siempre, el Estado sólo ofrece autoritarismo y desprecio.

Carles Puigdemont es el símbolo de la insumisión y por eso ganó. Y mientras él centre la atención política los dos millones de ciudadanos mantendrán la tensión y la implicación. Es por ello que el Estado trata de contraponer los intereses de los presos con los de los exiliados, intentando canjear la eliminación política de Puigdemont por un trato más benevolente hacia los encarcelados y una cierta tolerancia institucional respecto a un independentismo ya sólo verbal. Pero no. Carles Puigdemont ocupa todo el escenario y esta semana, 2.078.710 catalanes han disfrutado del espectáculo de los ataques de nervios en Madrid por una simple conferencia en Copenhague. Y así no hay manera de que se rindan, ¡coño!

EL MÓN

 

 

‘Road runner’

ANTONI PUIGVERD

LA VANGUARDIA

Si el trasfondo no fuera tan dramático, las aventuras de Puigdemont por Europa merecerían una versión en cómic. Podría ser un cómic sencillo como el de Road Runner, el correcaminos. Aunque sería más adecuado un cómic tintinesco, de línea clara: narraría la intrepidez de un hombre que trae de cabeza a todo un Estado. Un hombre que avanza a pecho descubierto, arrastrando la maleta de ruedas por los aeropuertos, sin más ayuda que el de unos amigos no mucho más fuertes que el capitán Haddock.

Puigdemont arrastra la maleta por los aeropuertos de Europa mientras la policía, según cuenta el ministro Zoido, lo vigila por tierra, mar y aire; mientras la alta judicatura duda sobre la euroorden de detención (el juez Llanera argumenta de manera tan política que es imposible no confundir los dos poderes); y mientras Rajoy proclama desde León que no hay más alternativa que la ley (como si la ley fuera interpretable sólo desde un código de honor barroco). En este contexto, el intrépido Puigdemont consigue reconstruir la lógica narrativa de David y Goliat. Parece imposible que el Estado no lo haya aplastado todavía. Prácticamente solo, ha conseguido poner nerviosos a todos que se frotaban las manos con el 155.

Se dicen muchas mentiras, sobre Puigdemont. No es un prófugo, ya que se fue del país tranquilamente. Mientras no exista euroorden, no es un proscrito. También se le ha descrito en grandes rotativos como si llevara vida de millonario. Al contrario: comparte con otros un apartamento modestísimo, lejos de su familia. Tiene una situación económica precaria, recibe pequeñas ayudas, pero ninguna fortuna le ampara. Y tal como revela la anécdota del barbero español de Copenhague que ayer lo acechó en un café con una rojigualda, Puigdemont es muy vulnerable a los ataques, que podrían ser irreparables: no lo protege nadie y, es obvio que tiene enemigos. Si, a pesar de todo ello, persiste, es porque quiere internacionalizar la causa catalana. Y si se tiene en cuenta que lo intenta solo, sin medios, perseguido y bloqueado por una potencia como es el Reino de España, no se puede decir que no esté alcanzado parte de su objetivo, especialmente en el campo jurídico. Su acción es por supuesto opinable, pero no puede negarse: también es franca y genuina.

No deja de ser curioso que toda la prensa, con editoriales durísimos, caiga sobre este hombre quijotesco, vulnerable y genuino, mientras es tan benévola e incluso aduladora con el pétreo inmovilismo del poderosísimo Rajoy, con las consideraciones políticas del omnipotente juez Llanera y con las amenazas (“aplicaremos el 155 las veces que haga falta”) del partido que aparece en el horizonte como renovador de la españolidad.

Se puede entender que, ahora mismo, Puigdemont sea percibido por muchos (incluso por un sector independentista) como un obstáculo: un gran error, una tozudez insoportable. Ahora bien, los que piensan así obligatoriamente deben plantearse esta pregunta: ¿si el mal proviene de un hombre tan débil y vulnerable como Puigdemont, no será que el supuesto bien es bastante menos auténtico, creíble y consistente?