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¿Qué hacer? (Y otras preguntas erróneas) PDF Imprimir E-mail
Ferran Sáez   
Lunes, 29 de Enero de 2018 18:50

Imagínese que hoy se dirige a un centro de atención primaria y, nada más entrar en la consulta, interpela al facultativo con la siguiente pregunta: ¿qué debo hacer? Es casi seguro que le responderán: antes de hacer nada hace falta, por fuerza, un diagnóstico. Yo diría que todo es de sentido común: en este contexto, y en muchos otros, no nos podemos saltar este paso. La situación de total incertidumbre que vive Cataluña se debe, en buena parte, a haber desterrado un diagnóstico honesto sobre las causas reales que la han provocado. De hecho, las grandes discrepancias entre partidos políticos, y también entre personas concretas, tienen más que ver con este malentendido previo que con las posibles soluciones esgrimidas. Como es lógico, la prescripción debería partir de una descripción previa, y esto, según cómo, resulta bastante incómodo. Sea como sea, cuando el orden argumental parte de un diagnóstico, sin darlo simplemente por supuesto, las acciones propuestas posteriormente se convierten, al menos, en coherentes. Aquí comentaremos tres diagnósticos posibles.

Primera: la situación actual es culpa de la intransigencia y el autoritarismo del gobierno de Rajoy, de un poder judicial que ha hecho una relectura 'ad hoc' del Código Penal, de la hostilidad generalizada hacia el proceso catalán que reina en Europa (un ejemplo recientísimo: la insólita agresividad contra Puigdemont de la profesora Marlene Wind en Copenhague), etc. Supongamos que todo esto es así. Entonces, parece más bien evidente que, además de denunciar estas disfunciones, desde Cataluña se puede hacer poca cosa más. El soberanismo no tiene suficientes votos en el Congreso para expulsar al PP del gobierno del Estado, ni dispone de alianzas con otros partidos para hacerlo. Tampoco tiene suficiente fuerza para revertir la interpretación represiva de la ley, ni suficiente influencia para decir su postura en Europa. En definitiva: si el diagnóstico es éste, mal asunto. Más allá de expresar nuestro descontento con manifestaciones masivas, hay muy pocas salidas reales (imaginarias, las que quieran).

Supongamos un segundo diagnóstico, en el que la responsabilidad última de la situación no recae tanto en factores exógenos como en asuntos propios resueltos de manera deficiente. Nos referimos, por ejemplo, a la posibilidad de haber partido de una descripción irreal de la situación (la inexistente Hacienda propia, las inexistentes complicidades internacionales, etc.); o de no disponer de una unidad política efectiva y operativa entre las fuerzas soberanistas; o de no haber convencido a más votantes potenciales, etc. Si la descripción de la situación es justo ésta -con toda la gama de matices y añadidos que hagan falta-, entonces la prescripción facultativa varía sustancialmente en relación a la primera. Entonces, todo -o casi todo- lo que acabamos de exponer resulta menos 'modulable' desde Cataluña. Otra cosa -¡ay! -es cómo concretar ahora en unos márgenes de tiempo tan ajustados.

En tercer lugar, existe la posibilidad de conjugar y concretar ambas diagnosis -la que apunta a factores externos y la que se centra en factores internos- en una sola cuestión, muy fácil de resumir con una simple pregunta: desde la perspectiva de los objetivos que se pretendían alcanzar, ¿los hechos del pasado 27 de octubre fueron un gran acierto o un monumental error? Ya he dicho antes que esta cuestión compromete las dos hipótesis anteriores y, de alguna manera, las religa. ¿El 27-O supuso un fortalecimiento de las instituciones catalanas y un debilitamiento del gobierno del Estado, o pasó justo lo contrario? ¿El 27-O prestigió la causa catalana ante Europa y el mundo, o más bien la desacreditó? A la hora de ampliar la base electoral del soberanismo, ¿el 27-O implicó, o no, un crecimiento sustancial de nuevos votantes que permitiera romper el techo de anteriores comicios?

Pedir una prescripción sumaria -como estos días hace tanta gente con lo del "¿Qué hacer?"- sin haberse detenido antes en dibujar un diagnóstico honesto, es una manera como otra de perder el tiempo. Planteada al margen de cualquier otra consideración, la pregunta "¿Qué hacer?" Es, en sí misma, improcedente. ¿Por qué desterramos el diagnóstico, pues? Quizás porque constituye algo más que un simple diagnóstico: nos lleva a observar críticamente las estrategias pasadas, presentes y futuras de determinados partidos políticos y organizaciones sociales. Me gustaría subrayar esto: las estrategias pasadas, presentes y, sobre todo, futuras Porque aquí no se trata de hacer reproches sobre cosas que ya han pasado, precisamente porque ya no podemos hacer nada. De lo que se trata es de no repetirlas.

ARA