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Last call: Desobediencia y Poder PDF Imprimir E-mail
Diana Coromines   
Miércoles, 31 de Enero de 2018 09:18

En esta escalada de despropósitos con la que el Estado español se supera día a día, todo hace pensar que pronto harán algo gordo. Ahora dicen (vía TC, uno de los órganos afines al régimen) que suspenden cautelarmente «toda sesión de investidura que no sea presencial». Dicen que no podemos investir al Presidente que ellos depusieron y que, después de unas elecciones (impuestas y desgraciadamente autonómicas) en que el independentismo revalidó la mayoría absoluta, nuestro Parlamento ha decidido volver a investir.

Después de los porrazos del 1 de octubre, tras encerrar en prisión a nuestros ministros y forzar al exilio a la otra mitad, tras activar una euroorden de búsqueda y captura grotesca y retirarla patéticamente, después de amenazarnos con volver a activarla a raíz de la visita de Puigdemont a Dinamarca ante la mirada estupefacta de la opinión pública nórdica, ahora quieren impedir un pleno de investidura surgido de unas elecciones autonómicas. Pues bien: si esto es así, si han perdido el norte y están dispuestos a hacer lo que sea para impedir que el martes invistamos al Presidente que nosotros hemos escogido, puede que nos estemos precipitando hacia un punto de no retorno. ¿Se imaginan que, finalmente, el detonante de la República acabe siendo no la Declaración de independencia (que es evidente que no lo fue) sino el intento por parte del régimen español de impedir un pleno de investidura después de unas autonómicas?

Para que esto sea así, y si realmente el gobierno español está a punto de perder los papeles definitivamente, es el momento de hacer lo que no se hizo en octubre: resistir, todo el mundo, desde sus lugares respectivos, pacíficamente pero sin movernos ni un milímetro. Empezando por el Presidente del Parlamento y hasta el último ciudadano que lleva un lazo amarillo en la solapa. Es el momento de desobedecer pacíficamente pero con una firmeza de hierro; no ceder al miedo ante la amenaza de inhabilitaciones, prisión, porrazos o 'baño de sangre'.

Cuando el poder tiene que recurrir a la violencia (una violencia que puede ser un tigre de papel) dice Hannah Arendt, es que este poder está desapareciendo; está echando sus últimas bocanadas, y es entonces cuando las revoluciones tienen posibilidad de prosperar. Arendt explica que el poder y la violencia son contrarios; allí donde hay poder no hay violencia, y viceversa. Sustituyamos, pues, su violencia por nuestro poder, tal como hicimos los ciudadanos el 1 de octubre. Y esta vez hagámoslo todos: no nos obliguéis, representantes nuestros, a claudicar y a hacer buena su violencia. No nos obliguéis a sucumbir a una agonía preautonómica, gris, enfermiza, con nuestros líderes cívicos y políticos encarcelados durante lustros; eso es mucho peor que cualquier amenaza de película 'gore' que ellos, evidentemente, no dudarán en utilizar. Porque están perdiendo el poder y es lo único que les queda.

Blindemos el Parlamento y desobedezcamos. La desobediencia civil es una de las formas más nobles de asociación política y la mejor manera de defender nuestros derechos. Pero para que tenga sentido (como dice Hannah Arendt), debemos practicarla todos; porque la legitimidad de nuestra causa no viene de su contenido moral sino del número de ciudadanos que la practican. O eso, o renunciar y hacer que los Jordis, Junqueras y Forn queden, a ojos del mundo, como unos personajes medio sonados y pintorescos. Sustituyamos violencia por poder. Hagamos que el mundo vea que somos todo un pueblo que resistimos pacíficamente: desde la primera autoridad del país hasta el último ciudadano. Ha llegado la hora de actuar, y por este orden: Desobediencia, Poder y República.

RACÓ CATALÀ