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Bernat Dedéu   
Jueves, 01 de Febrero de 2018 20:33

Contraviniendo la tontería que asocia la catalanidad al 'seny', Salvador Dalí recordaba a menudo que los dos únicos preceptos de nuestra mentalidad tribal son el 'empatollar-se' (decir cosas sin pensar) y el 'embolica-que-fa-fort' (echar leña al fuego), lo cual implicaría no sólo la tendencia natural a decir cosas sin ningún tipo de sentido y la inclinación a complicar intencionadamente las situaciones de aparente calma, sino una cierta manía colectiva para encontrar la paz dentro del caos. Así ha hecho el país durante los últimos años, y no sólo porque el catalanismo haya abandonado la insufrible letargia de la era Pujol, sino porque ha hecho falta que la realidad política se líe de una forma muy barroca para que los ciudadanos entendamos finalmente que vivimos en un país ocupado, bajo la amenaza permanente de violencia y de censura, y que la independencia llegará simplemente cuando los políticos catalanes abandonen el martirologio, paren de jugar con las ilusiones de los votantes y cumplan sus promesas con inteligencia y mentalidad de Estado.

No es ningún secreto que el resultado del 21-D y la tozudez legitimista del president Puigdemont han hecho entrar la máquina del poder central en un estadio de histeria mal disimulada: el 'embolica-que-fa-fort' de la política catalana ha saturado al Estado español, que ya no tiene ningún tipo de problema en gastarse el dinero de todos buscando a Rambo por los bosques de la Cerdanya o impulsando anulaciones preventivas de una investidura en un Parlament supuestamente autónomo. Eso también ha sido un factor del todo positivo, porque los catalanes hemos entendido perfectamente que eso de la intervención no es cosa del 155 ni del Espíritu Santo, sino que la Generalitat es en sí misma una administración ajena a los ciudadanos, que se urdió con el único ánimo de magrearnos la libertad siempre que al capataz de Madrid le diera la gana. La autonomía, en definitiva y para tranquilidad de todos, son los padres.

Pero la figura del 130 ha ganado peso precisamente porque ha dinamitado el espíritu tranquilo de un independentismo que hace muy pocas semanas estaba preparándose para bajar la cabeza y afrontar una legislatura plenamente autonomista (realista, decían algunos) con la esperanza de que el Estado devolviera a la Generalitat los 'privilegios' (sic) que emanan del Estatut vigente y que, de paso, liberara de la chirona a los rehenes políticos con los que tiene el privilegio de poder traficar. Puigdemont ha hecho supurar muchos nervios en la piel de algunos diputados del PDeCAT que soñaban un retorno al nacionalismo pactista de toda la vida, pero también a mucha gente de Esquerra, que considera la actitud presidencial como una rabieta egoísta. De hecho, la tensión que ahora vive Catalunya no proviene del pulso habitual con el poder madrileño, sino de cómo el independentismo lucha con este agente provocador que tiene en Bruselas.

Es bajo este telón de fondo como, de pasar a reclamar una restitución e incluso de especular con una presidencia de Oriol Junqueras, Joan Tardà insinuaba hace muy poco que había que sacrificar a Puigdemont; y así también Roger Torrent, que a pesar de lucir una retórica muy encendida contra la virreina Soraya, con la decisión de ayer dejaba nuevamente la investidura del Molt Honorable 130 en manos del Tribunal Constitucional que con tanta energía reprobaba. La situación se complica todavía más, y no sólo porque Puigdemont marque los tempos, como dice el 'unchained' Margallo, sino porque @KRLS ha enmarcado nuevamente el independentismo en su campo de acción más incisivo: la democracia, el voto de los ciudadanos. 'Si cedéis mi investidura', dice Puigdemont a los suyos, 'ignoráis la voz de vuestros propios electores. Si me sacrificáis, no sois dignos de ser los transmisores de la voluntad popular'.

Podemos dar mil vueltas a criticar este giro repentino de la política catalana (y habrá que hacer mil y un simposios sobre si el 130 tiene derecho a exigir ahora una protección para la presidencia que él mismo hizo tambalear preparando una declaración de independencia que sabía no efectiva y yéndose al exilio nada más haberla firmado), pero lo que ahora es indiscutible que su investidura es el único punto de fuga que incomoda al poder español. Visto que el Parlament no tiene autonomía real y que la Generalitat puede ser intervenida en cualquier momento, parece tener poco sentido investir a un president "acatador" que se limite hacernos creer que estamos en una república semi-independiente mientras la administración catalana no puede ni comprar una caja de aspirinas sin permiso de Rajoy. La investidura de Puigdemont es el único remanente de unilateralidad que le queda a aquello que denominaremos 'procés'.

Si el Constitucional bloquea la posibilidad de investir a Puigdemont, yo apuesto por ejercitar nuevamente el barroquismo y convocar elecciones con idéntico candidato y programa. Si España no acepta al político legítimo que resulta de una propuesta parlamentaria, pues se vuelven a hacer elecciones hasta que lo acepte, y si no se tiene gobierno efectivo durante años (que, como ya hemos visto, no lo tendríamos igualmente y todo sería una pamema) pues adelante. Hace muy poco, el siempre informadísimo Rubalcaba decía que el Estado estaría dispuesto a soportar cualquier cosa para no investir a Puigdemont, lo cual incluye el escarnio internacional, la prevaricación legal y toda cuanta burrada imaginable. Después del 1-O, ya sabemos qué están dispuestos a hacer ellos y hasta dónde pueden llegar: hoy por hoy, la única incógnita es hasta dónde estamos dispuestos a llegar nosotros con el arma de la resistencia.

Pues eso: 'empatollar-se' y 'embolica-que-fa-fort'.

ELNACIONAL.CAT

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