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Proceso, parada y fonda PDF Imprimir E-mail
Josep Lluís Carod-Rovira   
Miércoles, 07 de Febrero de 2018 17:02

"¿Cómo lo ves?", "¿Dónde estamos?", "Lo vamos a lograr?", son preguntas que todos hemos escuchado, últimamente, indicativas de este estado de ánimo existente en el mundo independentista, mezcla a partes desiguales de desconcierto, incomprensión y pesimismo. Estamos ante una ofensiva represora desatada por el Estado que ya ha provocado disensiones políticas ventiladas a cielo abierto, en pleno día, bajo la mirada atónita del vecindario, mientras los liderazgos públicos van siendo descabezados.

A pesar de la victoria electoral y la mayoría parlamentaria independentista, la acción del Estado, con el apoyo acrítico de los partidos del régimen, continúa su marcha triunfal, forzando las leyes, detectando delitos inexistentes y, en un gesto pragmático de avance de trabajo, avanzando sentencias judiciales condenatorias, sin que ni siquiera haya comenzado todavía ningún juicio. En el Estado español, el barco de la democracia hace aguas por todas partes, enfangado en el saqueo personal y de siglas a las arcas públicas, mientras los partidos monárquicos prefieren una España corrupta que rota, instalados en una complicidad cobarde. La integridad territorial constituye, para ellos, el único bien superior que hay que preservar y su nacionalismo español tiene como objetivo prioritario combatir, por todos los medios sin excepción, el ejercicio del derecho de los pueblos a decidir su futuro: 'Todo por la patria', pues.

En este contexto, los principales líderes políticos y sociales del independentismo están en prisión o en el exilio. Y todo hace pensar que, desgraciadamente, el final de esta situación tan anómala no se prevé muy próximo. Otros dirigentes de la misma orientación han optado, legítimamente, por motivos personales o familiares, por renunciar a sus cargos electos o por apartarse de la actividad política, a fin de evitar futuras sentencias judiciales condenatorias que, por otra parte, no existe ninguna certeza de que no acaben produciéndose igualmente. Sobre todo porque España no pertenece a la categoría de estados convencionales que buscan una salida negociada, Ya que no conoce otro método que la derrota humillante y la vejación pública. El anuncio de nuevos nombres que tendrán que pasar por los tribunales españoles es la manifestación de un sentimiento de venganza absoluto hacia un pueblo maduro y de cultura democrática, capaz de esconder miles de urnas, millones de papeletas, organizar un referéndum y demostrar, ante el mundo, que podría ser un Estado eficiente, como ocurrió en la acción de la policía catalana frente al terrorismo, el verano pasado.

Hay que reconocer, en todo momento, el patriotismo y la valentía de nuestros dirigentes en prisión o en el exilio, sin olvidarnos de ellos en ninguna decisión futura. Dicho esto, debemos preguntarnos, al menos, un par de cosas: teniendo en cuenta lo mucho que cuesta de construir un liderazgo nacional, ante el país y del mundo, ¿podemos tratar la figura del president Puigdemont con la frivolidad enorme con que ahora lo hacen, no sólo los adversarios del país y su independencia, sino también algunos de los nuestros? El independentismo catalán (Gobierno, Parlamento, partidos, movimientos sociales, entidades, pueblo), ¿no ha cometido también algunos errores graves que explican, en cantidad suficiente, por qué ahora no estamos donde queríamos estar y sí, en cambio, por qué estamos donde nunca habríamos querido estar y no preveíamos que estaríamos?

La respuesta honesta a estas preguntas determinará las medidas a emprender para preparar, con aspiraciones de éxito, nuestro futuro inmediato. Más que héroes en el exilio, mártires en prisión o víctimas de la causa apartadas de la política activa, necesitamos políticos útiles, en activo y con la cabeza clara. Ni más héroes, ni mártires, ni víctimas innecesarias, pero tampoco juegos malabares que no evitarán la acción legal española, porque la ley son ellos y la usan como quieren. Ya tenemos suficientes símbolos nacionales y no nos hacen falta más. Hay soluciones imaginativas, factibles y legales que, no sólo no convierten al president Puigdemont, jefe de la mayoría independentista ganadora en las urnas, en un presidente de feria, sino que le otorgan el poder ejecutivo obtenido gracias a los votos. Ahora además, él es el principal objetivo a desprestigiar y abatir por España y, al mismo tiempo, la voz más libre y contundente de denuncia del autoritarismo del nacionalismo español. Prescindir de él es un gesto de debilidad colectiva y un regalo innecesario a nuestros enemigos de siempre. Un Puigdemont fuera de todo poder decisorio no sería símbolo de nada más que de nuestra propia derrota y, lo que es peor, por decisión voluntaria de nuestros partidos. Por otra parte, ¿tan sobrados vamos de liderazgos sólidos, preparados y con la autoridad moral suficiente como para pasar página de su persona?

Creo que los consejos asesores, las comisiones de expertos y los informes de especialistas, tanto los hechos públicos como los que no se fue capaz de mantener en la clandestinidad, plantearon todo el proceso desde la perspectiva casi exclusivamente legal, sin considerar suficientemente el factor político. Pensar en clave legal es razonable, sobre todo en estados de larga tradición democrática, entre los que no está España, donde la ley no es igual para todos y se mantiene inmodificable tal como un libro sagrado, sin ninguna lectura política negociada. Está bien que contemos con las opiniones autorizadas de juristas, abogados y profesores constitucionalistas, pero no nos hubiera ido mal escuchar también la opinión de algunas personas con experiencia de dirección sindical, social, institucional o política. Sobre todo teniendo en cuenta que hay personas con capacidad política y sentido de estado que, ahora además, están en casa haciendo sudokus, mirando el telediario o siguiendo series en Netflix o en el Plus, desaprovechadas por completo. Pienso, por ejemplo, en nombres concretos, hoy independentistas, procedentes, sin embargo, de formaciones políticas que nunca fueron partidarias de la independencia de Cataluña. No es que tengamos un excedente de juristas, no. Pero sí, visto el panorama, tenemos un déficit claro de políticos. De políticos sin ninguna pretensión o aspiración personal, que puedan aportar su experiencia y visión de la jugada a la causa común.

Nunca ganaremos por la fuerza de unas armas que no tenemos, ni por la de la ley española, pero sí podemos hacerlo por la fuerza política que representa un pueblo movilizado, valiente y generoso, capaz de votar a pesar de las prohibiciones, de paralizar el país en un caso excepcional o de colapsar, si es necesario, autopistas, trenes y carreteras, para hacer valer la legitimidad de nuestros derechos colectivos. El pueblo, pues, es nuestra única estructura de Estado y no podemos continuar desmoralizándolo, ni desorientándolo más, con golpes inesperados de volante con el coche en marcha, con gestos incomprensibles y, sobre todo, sin un relato público que sea creíble y por encima de los intereses inmediatos de los partidos. Da la impresión, con demasiada frecuencia, que no existe un guión previo del proceso, que en más de una ocasión se recurre a la improvisación y que el único plan es ir tirando, salir adelante, a ver qué pasa, hasta el límite. Ahora, sin embargo, ya sabemos qué pasa y no queremos que pase más.

Los ciudadanos somos mayores de edad y necesitamos que, por el bien del país, se nos hable claro, que se nos diga dónde estamos, a dónde queremos ir y de qué manera efectiva pensamos llegar, pero ya no aceptamos que se nos haga pasar con pasarelas, como si fuéramos criaturas inconscientes. Nos es urgente disponer de más sentido de Estado, más cintura política y una mirada larga que vaya más allá del combate de siglas por la hegemonía electoral dentro del independentismo. Los vuelos de palomas pueden ser un espectáculo tan bonito como efímero, pero se acaban rápido cuando chocan con la realidad de la ausencia no ya de un plan B, sino de un plan A. Hay que detenerse unos instantes, los necesarios, para preparar la nueva etapa con más energía y más visión política, porque queda todavía mucho trabajo por hacer: consolidar liderazgos, gobernar y gobernar bien con medidas de mejora del bienestar material, cultural y democrático de la mayoría, buscar complicidades exteriores más efectivas que las actuales, sumar más gente al proyecto emancipador y reforzar un proyecto nacional moderno y atractivo, abierto y sin exclusiones previas. No es la hora de ir a la deriva, ni de la derrota, sino de preparar la victoria futura. Es la hora de sumar inteligencia política, táctica y estratégica, al patriotismo innegable y la valentía demostrada hasta ahora.

Tenemos un pueblo que se merece la libertad. No podemos hacerlo esperar, pero tampoco podemos engañarle, haciéndole creer que ya disponemos de lo que todavía no tenemos. La libertad nunca es un regalo de otro, sino una conquista propia. La ingenuidad acompaña a la más tierna infancia y el amor al prójimo es una máxima evangélica que hace mucho bien recordar. Pero tal vez ha llegado la hora de reconocer que, si esto nuestro es realmente bueno, nos hace falta otra cosa. Salir del Estado donde ahora estás -un Estado de cultura democrática débil y que te saquea sistemáticamente tus recursos impidiéndote políticas sociales imprescindibles-, para convertirte en un nuevo Estado independiente, no es un proyecto fácil de llevar a término o, como se dice, de implementar. Tener la razón no ha sido nunca una garantía segura de victoria. Más dosis de astucia, mucha mano izquierda y un poco de mala baba no nos harán daño, ni nos sobrarán en el camino. Y, sin estos, será mucho más complicado que lleguemos al horizonte que queremos: la difícil y merecida libertad. Que la prudencia, pues, no nos haga traidores. Pero que la imprudencia no nos haga inútiles. Amén, que en catalán significa 'así sea'.

EL MÓN