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Más allá de la crisis PDF Imprimir E-mail
Mikel Sorauren   

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Nadie habla ya de brotes verdes. La realidad se ha abierto paso, haciendo inútiles los intentos manipuladores de los dirigentes socio-económicos. Algunos han interpretado aquello de que la política es el arte de lo posible, como el esfuerzo por engañar a los gobernados siempre que sea posible. La realidad les ha puesto en su sitio y finalmente predomina la resignación ante la previsión de una crisis profunda y persistente. No es momento ahora de despotricar contra la manifiesta inoperancia de Zapatero. A decir verdad, no se ve alternativa.

Escuchando a profesionales de la política y expertos económicos españoles, se obtiene la impresión de que las cosas les desbordan. Los primeros desconocen lo que se pueda hacer, más allá de sus cálculos de imponerse al contrincante de modo inmediato. Por lo que a los expertos económicos se refiere, en la mayor parte de los casos parecen jugar a ocultar la verdadera dimensión de la cuestión, o se encuentran en estado catatónico. Como mucho  intentan deslizarse entre los confusos entresijos –para quienes somos profanos- de los conceptos y términos económicos,  con la mirada puesta en justificar,  que las medidas que se tomen, sean dirigidas a una recuperación pagada por la gente de la calle.

Tendríamos que quedarnos atónitos, cuando escuchamos y leemos que las entidades financieras siguen obteniendo beneficios ¿Cómo es posible que disminuyendo la riqueza se pueda seguir acumulando? Es obvio, intensificando el drenaje del dinero desde los menos a los más poderosos. Y es aquí en donde aparece la falacia de Liberalismo económico en sus diversas formulaciones. El Mercado  tiene en sí mismo los mecanismos que lo equilibran. El Estado sobra, salvo como garante del mantenimiento de la propiedad y orden público. Cabe preguntarse por qué es bueno que el más poderoso económicamente pueda imponerse en el mercado al más débil y no lo es que se imponga el más fuerte, sin más, al que lo es menos, mediante un Estado feudal, o la absoluta carencia de Estado. También en el terreno de la fuerza física –o de cualquier otro poder- puede tener lugar el equilibrio de fuerzas. Son situaciones perfectamente paralelas ¡En ningún caso! Exclama el liberal. Sin la propiedad de las cosas y el libre derecho al intercambio no es posible la sociedad. El estímulo del individuo para producir es el fundamento del progreso y de la sociedad misma.

Parece que existe consenso en que el trabajo constituye el único factor de la producción de bienes y servicios. Desde luego, así lo proclama Adam Smit ¿Cuál es, no obstante, la acción del trabajo que añade mayor valor al producto en todo el proceso que va desde la materia prima al consumidor? Parece que las manipulaciones más complejas y hábiles que permiten la transformación del propio producto en mayor profundidad. Según el Liberalismo eso es lo que sucede en el mercado totalmente libre. Lo cierto es que en cualquier circunstancia la rentabilidad de la producción –la productividad en  sentido estricto- no se la lleva quien la produce, el trabajador; sino quien controla el producto desde su acabado a la distribución entre los consumidores.

Esta es la realidad palmaria. A lo largo de la historia ha presentado fórmulas muy diversas; la esclavitud, el señorío feudal y modernamente el capitalismo liberal. En los tres casos el proceso ha sido garantizado por el poder político. De ahí que se pueda dudar del antiestatismo del que se reclaman los liberales. El Liberalismo precisa de un Estado que asegure la capacidad de imposición del económicamente más fuerte sobre el más débil. No voy a continuar por el camino de Marx, explicando la plusvalía. Me parece de mayor interés entender la manera en la que en la actualidad se produce la acumulación como causa de la crisis presente.

Es en el marco de las instituciones financieras en donde los intercambios de dinero adquieren mayor velocidad, incluso frente a las actividades de producción de manufacturas de mayor tecnología y valor añadido. Las operaciones bursátiles y de las grandes corporaciones financieras permiten la transferencia de valores monetarios inmensos a velocidades de vértigo. Los circuitos financieros son  en economía el equivalente del circuito sanguíneo en el cuerpo humano. No es cierto que la función de suministrar dinero, función por lo demás imprescindible en una economía abierta -de mercado- sea de mayor importancia desde el punto de vista de la creación de riqueza que el resto de las funciones económicas. Las finanzas se han constituido en el factor clave del funcionamiento de la actividad económica, por el control que tienen sobre esta sangre que permite los intercambios y la vida económica. El cuerpo, sin embargo, no acaba en el circuito sanguíneo. Discutir en el terreno de la vida qué es más importante, si la sangre, los pulmones o el cerebro, es un debate absurdo. De la misma manera resulta absurda la preeminencia que pretenden las finanzas –al igual que en otros momentos históricos lo ha pretendido el capital industrial- en la actividad económica.

La justificación que pretende el Liberalismo económico bajo las diversas formulaciones que ha encontrado a lo largo de su existencia histórica, se basa en que el mercado responde siempre al interés de la totalidad de consumidores y productores. Es el resultado en definitiva de lo que reclaman los consumidores y los productores se encuentran dispuestos a proporcionar; de acuerdo con las posibilidades materiales de la propia economía. En esta base reside el incentivo que lleva al individuo a trabajar de la manera más adecuada y útil, beneficiando de rechazo a la colectividad. No deja de ser un desiderátum, mejor que nada expresado en el supuesto de mercado perfecto que elaboró el mismo Adam Smit. Es llamativo que en este supuesto no aparezca en manera alguna ninguna instancia de poder, ni de Estado. La realidad cotidiana es la omnipresencia de estas instancias, garantizando el funcionamiento correcto de lo que entienden por mercado quienes socialmente ostentan el poder.

“El capital no tiene patria”… siguen exclamando los ingenuos nacionalistas que se han creído la verdad del Estado-Nación. Patria, tal vez no, Estado desde luego, sí. Las grandes corporaciones financieras y sus adherentes están permanentemente respaldados por las potencias de mayor entidad a nivel universal. Es este un hecho histórico y actual. Las funciones a las que los Estados dedican mayores presupuestos y energías, lo decía ya Josph Chamberlain,  son las económicas -por lo que no se entiende muy bien la pretensión de los liberales en hacer desaparecer el Estado-. Queda en evidencia  esta creencia en el momento de la crisis, cuando los banqueros reclaman las ayudas públicas en cifras que desbordan cualquier inversión estatal en otros órdenes. Todo el Estado se encuentra dirigido a la protección de la riqueza de los fuertes. Desde luego, las fuerzas armadas, instrumento como ningún otro  de la salvaguarda de la propia riqueza y expoliación de la riqueza del débil; ahora y siempre.

Por el momento es difícil prever lo que sucederá en algunos años o pocos meses. Es mejor desconfiar de expertos oficiales que no tienen otra mira que justificar las medidas gubernamentales e reintentar reflotar el barco de la economía, sin tener que modificar los parámetros en los que se ha basado la economía en los últimos decenios. Son todos gentes del sistema que ha permitido los más descomunales beneficios y han dirigido la nave al encalladero. La doble alternativa que se nos ofrece al resto es para echarse a temblar. De remontar la situación se nos volverá a atosigar haciéndonos pasar por la bondad intrínseca de las maniobras de especulación del denominado mercado libre, la necesidad de desregularlo, la necesidad de hacer el trabajo más competitivo –precario-  y, finalmente, que desdramaticemos la corrupción. La segunda alternativa es la debacle colectiva a nivel mundial… ¡Esperemos que no suceda!

A decir verdad, no se entiende la escasa importancia que conceden algunos al Estado, cuando en toda la superficie de la tierra tiene lugar una guerra sin cuartel entre las grandes potencias por el dominio de escenarios concretos y la hegemonía con la mirada puesta en disponer de mayor fuerza en los terrenos económico y político en general. ¡Por favor! Que se abstengan de pretender convencernos quienes afirman que el Estado ha perdido sentido.

 

Publicado por Nabarralde-k argitaratua



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