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Afirmación de la negación PDF Imprimir E-mail
Mikel Sorauren   
Lunes, 27 de Febrero de 2017 18:47

Estoy obligado a reconocer que carezco de pedigrí liberal y de clase trabajadora.  Formo parte de la primera generación urbana de mi clan familiar, hijo de padres de cultura rural. Nuestro destino y de mis compañeros de escuela nos señalaba como la  futura fuerza de choque del Nacionalcatolicismo, que pretendía perpetuar los valores de los golpistas del 36. Lo cierto es que asumíamos sus presupuestos religiosos y sociales; a pesar de lo duro y desagradable que se nos hacía la exigencia de la permanente renuncia y represión de nuestras tendencias adolescentes. El tiempo y la crítica nos liberó de aquel lastre y conseguimos invertir la perspectiva de vida y valores. En el presente me hace temblar la aberración de aquel sistema que reclamaba sumisiones y proclamaba objetivos de irracionalidad. Hoy considero con alivio la libertad de pensamiento y de actuación, junto al respeto hacia mis semejantes; valores tan contrarios a los impuestos de manera directa por la Iglesia católica y una educación militante de lo irracional. Quienes nos habían precedido, quizás, no estuvieron en condiciones de seguir este camino, porque los campesinos menos privilegiados fueron el instrumento que la institución eclesiástica consiguió dominar de modo más eficaz; desde luego, como ratificador del orden social de los privilegiados, a quienes servía.

¿Será necesario que recordemos que los dos Imperios que nos dominan -España y Francia- han hecho del catolicismo el eje en torno al que han sido estructurados históricamente como entidad? Basta tener en cuenta la Inquisición y evangelización de los espacios americanos, las guerras por la hegemonía de España, identificadas con la defensa del catolicismo. Por lo que se refiere a Francia, la Sorbona del católico Paris impulsará el partido ultra, promotor del exterminio de los protestantes -noche de San Bartolomé- que amenazaban con desarticular al mismo Estado francés. Luego el jansenismo predominante, ofrecerá la cara de una religiosidad estricta, tanto o más cerrada que expresiones similares en otras latitudes. Sí, es cierto, gentes ilustradas de extracción social privilegiada asumieron la crítica de aquella cultura dirigida por clérigos, cuando dispusieron de un sistema de conocimiento basado en la racionalidad, que repudiaba el relato bíblico de la revelación divina. No obstante, la mayoría social no estuvo en condiciones de sacudir la tutela eclesiástica, mediatizada por sus limitaciones materiales y de conocimiento. Sorprendente puede ser que un hermano del mismo Voltaire fuese jansenista. Más lamentable parece que un ateo como Napoleón fuera el restaurador de la Iglesia católica francesa y es que no se debe minusvalorar el oportunismo de la clase ilustrada, que reconoce el eficaz papel de la religión -católica en nuestro caso- como instrumento idóneo para que la población de menor nivel económico y cultural acepte la sumisión. La sociedad francesa postrevolucionaria fue primordialmente católica practicante, de la que Renán puede ser expresión relevante. El predominio socio-político de la Iglesia alcanzó a la Tercera República, que no acabó de asentarse hasta la separación de la Iglesia y Estado, en medio de intensos conflictos ¡No nos sorprendamos! El enfrentamiento entre Iglesia y laicos no tiene lugar sino cuando las élites sociales disponen de un aparato intelectual maduro, que les permite prescindir de los viejos prejuicios de carácter mágico-religioso, como instrumento de control ideológico, con los que dominar a los sectores inferiores de la escala social. Fue el enfrentamiento entre élites modernas -burguesía-  en contra de las tradicionales -la decadente clerecía-. ¡Qué decir de la sociedad española, que no precisó del Carlismo, para mantener el conjunto de valores religiosos tradicionales y el papel básico de los eclesiásticos en los órdenes político y social! El Carlismo fue movimiento de distorsión que afectó de rechazo a un campesinado frustrado ante el impacto en su status de las transformaciones económicas y sociales, generadas en el ámbito de los grupos dirigentes españoles. ¡Que no otra cosa fue la oposición entre absolutistas y liberales! En este carlismo coinciden elementos dispares por origen, intereses y diferente procedencia; en ocasiones los más marginales, presidiarios y delincuentes. El grupo de extracción social privilegiada, refractario a las reformas impulsadas por sus congéneres de las élites dirigentes, impondrá la imagen del movimiento, que se mostrará hacia el exterior como pura reacción antiliberal; hecho que llevará a sus componentes a insistir e idealizar los valores de una tradición -Dios, Patria, Rey- que sus rivales políticos no han arrumbado en ningún caso ¿No es el denominado sistema liberal, acaso, conservador en apariencia e interioridades? El Liberalismo consecuente será escaso en España, mal mirado por el sistema. La contestación al absolutismo feudal tendrá que esperar al surgimiento tardío de la protesta trabajadora. Es poco conocido un hecho relevante como el del apoyo del papa Pio IX a la monarquía de Alfonso XII -liberal- frente al carlista Carlos VII.

No es propósito de esta reflexión minimizar el sentimiento religioso de las masas carlistas -el mismo que predominaba en las sociedades rurales europeas de la época- percepción profundamente transformada en el conjunto de las sociedades campesinas hasta tiempos recientes, de las que ha formado parte la sociedad de los territorios de Navarra. Sí cuestiono la perspectiva que insiste en el factor religioso y carácter reaccionario que se le atribuye en ocasiones con cierto desdén y rechazo de la viva contestación de que fue protagonista en el medio vasco.  Creo poder afirmar -puesto que he dedicado mucho tiempo al estudio de la materia- que las preocupaciones y aspiraciones de los individuos de aquella sociedad son primordialmente de orden material, muy similares a las de una persona de nuestro tiempo, salvadas las distancias. Los valores religiosos y conservadores que impregnaban la sociedad histórica eran sentidos como carga por los bajos, e impuestos con firmeza por los fuertes, aunque percibidos como ineludibles por todos.

Será necesario ser consciente de todas estas circunstancias a la hora de valorar el papel del factor religioso y carga conservadora del Carlismo, utilizado más como bandera de enganche que expresión de división ideológica con los adversarios liberales. El Liberalismo español no fue anticlerical, sino de modo coyuntural. Ambos adversarios -liberales y carlistas- hacían gala de una misma religiosidad y en lo que toca al carácter conservador y defensa de los privilegios sociales las divergencias radicaban en el sujeto del privilegio -¿Nobles o burgueses?- en ningún caso en la imperiosa vigencia del privilegio mismo -¡privilegio feudal u oligarquía!-.

Que el factor decisivo que impulsó a los carlistas de los territorios de Navarra fue de índole política, concretada en la defensa del status jurídico -económico y social- del sistema foral, lo evidencia la confusión que precedió al respecto a raíz del Convenio de Bergara y la reivindicación foral permanente de tiempos posteriores, siempre decisiva a la hora de desencadenar el conflicto. Es incuestionablemente cierto que una dirigencia con intereses particulares tuvo éxito al adjuntar el elemento religioso al carlismo, sentimiento percibido como vital por la sociedad campesina; a pesar de la degradación paulatina que experimentó el ascendiente del clero. Esta identificación representó una baza decisiva que permitió dirigir en contra del laicismo las energías reivindicativas de los sectores sociales que se mantuvieron fieles al Carlismo. ¿Qué constituyó un proceso de manipulación? no se puede negar.

A la hora de valorar al carlismo, será obligado tener conciencia de las contradicciones que aparecen en un movimiento de claras reivindicaciones populares, huérfano por completo de dirigentes dispuestos a defenderlos; ya que la dirigencia carlista no buscaba sino una fuerza de choque para sus propios objetivos ¡Claro que las bases carlistas pretendían el mantenimiento del status tradicional! En cuanto significaba importantes ventajas frente a las denominadas reformas legales, dirigidas a eliminar los obstáculos de orden jurídico que impedían a los privilegiados hacerse con el manejo de los recursos colectivos. Esto es cierto en el carlismo vasco, como en lo campesinos ingleses contrarios a las enclosures y cualquier otro movimiento similar. Bases y dirigentes carlistas convergían en el enemigo. Las bases buscaban no ser arrolladas por la ambición de la oligarquía en acumular tierra y riqueza publica, los dirigentes carlistas evitar  que sus congéneres deshicieran la vieja propiedad de hidalgos sin ambición y el ascendiente de estos en una sociedad rural sin dinamicidad. No extrañan las fuertes disensiones que tuvieron lugar en el seno de un movimiento variopinto.

Hagamos un esfuerzo por entender que los carlistas vascos -también de modo diferente en otros territorios- son movimiento de reivindicación de intereses populares, de las clases bajas preferentemente; de ahí la distorsión que presenta su propuesta política de apariencia religiosa y monárquica ¿Con quién se posicionó la burguesía a la que correspondía una perspectiva ideológica más abierta? ¡No idealicemos a un grupo social que se limitó  a desdeñar el pasado religioso, cuando se le hizo intolerable la supremacía clerical! Esta la dejó para los pobres. En todo caso reconozcamos que las bases carlistas sufrieron una permanente erosión, resultado de la contradicción existente entre una reivindicación de base material y la ideología reaccionaria que le dio forma. No perdamos de vista el abandono del movimiento -socialistas, anarquistas, …- que ha llevado a la extinción a su versión histórica. Lamentablemente la oligarquía extrajo un último servicio del mismo, a raíz del golpe que movió al conjunto de los sectores oligárquicos en 1936. Al margen de las dudas de muchos, los carlistas se posicionaron con el proyecto español tradicional y los viejos prejuicios religiosos se convirtieron en la cadena que los sujetó a un proyecto en el que siempre se encontraron incómodos, sin llegar a sacudirse de los elementos criminales que contribuyeron decisivamente en la represión ¿Es responsabilidad generalizada del Carlismo? En ningún caso, creo, de una mayoría que también se sintió sobrecogida -pusilánime si se quiere- sin que el crimen sea atribuible al movimiento como marca. Hiroshima, Nagasaki y Dresde ¿son crímenes contra la Humanidad? No parece justo condenar por ello a quienes se enfrentaron a nazis y japoneses. Tampoco acusar a los carlistas vascos por los conflictos bélicos del siglo XIX que recayeron básicamente sobre ellos, por la disposición española de destruir su libertad nacional. El factor religioso constituye una realidad universal, asumida mayoritariamente como consustancial al ser humano históricamente hablando. Únicamente ha podido ser cuestionada por el progreso científico e intelectual contemporáneo. Ha sido la manera individual con que se ha percibido lo que ha facilitado su gestión por determinadas élites sociales -clero- que se han reafirmado con virulencia cuando han sentido perder su papel social. El cuestionamiento de lo religioso se basa en razones de indudable validez, pero ateos como Napoleón o Mussolini no representan valores humanos asumibles.