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Pueblo y populismo. Una perspectiva analógica PDF Imprimir E-mail
Jesús Pérez de Viñaspre Txurruka   
Miércoles, 01 de Marzo de 2017 21:56

En la sociedad actual, la experiencia de los totalitarismos y automatismos del mercado, la administración y control de la vida, la privatización del mundo que reduce sistemática y crecientemente el espacio de lo público, la parcelación del mundo en individuaciones inconexas, obligan a pensar en lo que es propio de lo común. Y a este respecto, para revitalizar lo político, el repensar el concepto “pueblo” se convierte en una exigencia teórica ineludible. Aun a pesar de ser un concepto que, por su ambigüedad y difícil aprehensión, ha sido fuertemente criticado, resurge con nuevos bríos en la filosofía. Dussel y Laclau lo han trabajado como categoría central de sus filosofías políticas. En tanto Dussel basa su análisis en la noción del pueblo que irrumpe en la política, Laclau evidencia el proceso por mediación del cual el pueblo instituye su unidad para constituir lo que él denomina populismo, que es la modalidad con la que aquel se constituye en sujeto de cambio social.

Es un concepto complejo, ambiguo pero no confuso, y sobre todo, análogo porque expresa polisemia, muchos significados. Considerándolo desde un punto de vista analógico va a ser mucho más abordable, interpretable y comprensible, por lo que antes de entrar en el tema, preciso será explicar sucintamente qué se entiende por analogía.

Analogía significa en griego semejanza, correspondencia y proporción en un sentido de equilibrio proporcional, no estático sino dinámico. Es un modo de significación que está entre el unívoco y el equívoco. El significado unívoco es totalmente claro, riguroso y rígido, que se puede transformar en un pensamiento dogmático. Una hermenéutica unívoca permite una sola interpretación, siendo el resto falsas; es el caso de los positivismos. Al contrario, el significado equívoco es ambiguo, confuso y oscuro, que puede llevar a un pensamiento escéptico. Una hermenéutica equívoca admite todas las interpretaciones, todas son válidas y comporta un relativismo excesivo; acontece en el posmodernismo.

La analogía es capaz de conciliar aparentes dilemas y abordar conceptos muy complejos. La hermenéutica analógica trata de evitar posturas extremas, se basa en la semejanza y la distinción (no en la identidad y la diferencia), abre el margen de las interpretaciones, las capacita y valida en un rango de variación jerarquizado. Pueblo va a ser una analogía de atribución, una palabra que se predica de algo según un orden de prioridad. A veces se aplica mejor, con más luz y proximidad; otras, más difusa y lejanamente. De ahí la jerarquización ordenada que resultaría desde una interpretación o analogado primero (principal), en el que la razón análoga se verifica primeramente, a los analogados secundarios en los que dicha razón se realiza secundaria y posteriormente.

Pueblo y poder son dos categorías muy interrelacionadas. El concepto de poder, en el discurrir diacrónico de la política, no es estático ni unívoco, sino que tiene muchos sentidos. El pueblo replicará, argumentará y se adaptará a estas diversas situaciones cambiando su contenido, lo que dará lugar a diferentes nombres que, a veces, se contraponen. Son los diferentes analogados de un concepto analógico que hay que ir sabiéndolo situar.

Pueblo, en todo su significado y extensión, se puede entender como una comunidad, es decir, un conjunto de individuos que habitan grupalmente y establecen lazos de colaboración para el mantenimiento de sus miembros. A esta primera aproximación podría añadirse que es la totalidad de los habitantes en un territorio bajo la organización de un estado; pero hay pueblos que tuvieron más de un estado. Ocurre lo mismo con otras particularidades como la lengua, la cultura (una o varias). Pero pueblo tiene siempre una semejanza en la comunidad, y una relación directa tanto a la territorialidad como a alguna organización política que no tendría que llegar a ser un estado. Estos elementos así considerados, podrían constituir, o ejercer, la función de un primer analogado (1) que consistiría en ser una comunidad, la totalidad de habitantes que conviven en un territorio con memoria de ser un actor colectivo, y con una cierta organización política dentro de un sistema dado (en el sentido de Luhman y también en el heideggeriano de mundo). Es la comunidad política indeterminada.

Dentro de la diacronía de la política va a surgir el segundo analogado que rompe con el primero. Gramsci habla de un bloque histórico en el poder (BHP) que lo ejerce como clase hegemónica, teniendo el consenso mayoritario de la población al sustentar un proyecto hegemónico. Cuando se va perdiendo ese consenso y en su lugar se establece el disenso, este BHP ya no es clase hegemónica sino dominante, ejerciendo el poder mediante la represión. Si bien hasta ahora, el criterio de justificación había sido la ley, la comunidad crítica va descubriendo no sólo una nueva fuente de legitimación, también va organizando el nuevo consenso de los oprimidos. Asentado y arraigado éste, ante el derrumbe de la legitimidad de la ley, el grupo crítico irrumpe y escinde la comunidad política (1). Es “el no todo-el resto” (Agamben), la plebs (Laclau), el bloque social de los oprimidos y excluídos (BSO).

El BSO (plebs, resto) puede transitar durante siglos en situación de obediencia pasiva dentro de un supuesto Estado de derecho, ante una legitimidad aparente de un consenso que  la comunidad política (1) le fía al BHP como clase dirigente. Pero el disenso que se origina por la toma de conciencia de necesidades materiales incumplidas, comienza a organizarse por mediación de los “movimientos sociales” que son la vanguardia, la punta de lanza más consciente del proceso. Abandonada ya la pasividad ante la dominación encubierta, comienza un estado de rebelión que puede durar muchos años.

Agamben en su libro “El tiempo que resta: comentario a la carta de los Romanos” plantea el texto de Pablo de Tarso como un momento destacado crítico del pensamiento judío en el Imperio romano. Esencialmente, trata la cuestión de la insuficiencia de la legitimidad de la praxis, de las instituciones del Imperio y del judaísmo de la diáspora, que tienen como criterio único la Lex romana o la Torah judía. Agamben, al exponer la teoría del “resto” que Pablo toma de la tradición profética y la desarrolla en Rom 11,1-26, hace una cita interesante que merece un análisis más detallado:En el instante decisivo el pueblo elegido (todo pueblo) se constituye necesariamente como un resto, como un no-todo. Y ésta es la figura que adopta el pueblo en la instancia decisiva y como tal es el único sujeto político real”.

“En el instante decisivo…”. Es decir, en el momento en que se produce la ruptura del BHP y el BSO, se origina la novedad en la historia donde se va a salir del sistema establecido para comenzar a organizar la lucha por un sistema mejor. Es el punto central, la revolución, el jetztzeit o el tiempo mesiánico de Walter Benjamin, el momento decisivo de la liberación en que se deja el tiempo cotidiano (kronos) y se entra en el del peligro (kairós).

“…el pueblo elegido…”. Aquí el término “elegido” es utilizado en el sentido metafórico, no analógico, de que el pueblo se siente elegido, de que la historia le echa un pulso y de que es un envite ineludible, un “ahora o nunca”.

“…todo pueblo…”.  Todo pueblo en ese instante decisivo es elegido, y todos lo han sido en algún momento porque todos los sistemas existentes han surgido de grandes luchas.

“…se constituye…”. Usa la forma reflexiva, él (el pueblo) se constituye. A este respecto, Fidel Castro dice: “Entendemos por pueblo, cuando de lucha se trata,…. el que cree en algo y en alguien, pero sobre todo el que cree suficientemente en sí mismo”.

“…necesariamente como un resto…”. Se refiere al resto de todas las batallas anteriores, a las víctimas que han quedado desarboladas y cuasi borradas. Pero que, a la llamada de un insurgente sobreviviente se unirán, formarán la plebs y se constituirán en BSO, que, a la larga, revertirá el sistema con la creación de otro mejor y más justo.

“…y esta es la figura que adopta el pueblo…y como tal es el único sujeto político real.” Es decir, Agamben se ratifica en que el sujeto de la política crítica no son los individuos aislados, no son singulares, son colectivos que adquieren la fisonomía de un pueblo.

Pues bien, la irrupción del BSO romperá con la totalidad del sistema, negará a aquellos que son opresores el ser pueblo en el sentido más estricto, aunque lo sean en el más lato (1). De este modo, nace el segundo analogado (2) que será el principal analogado crítico. Surge un sistema nuevo, renovado, más justo, basado en un nuevo consenso y fundamentado en una nueva ley. Los oponentes desaparecerán y se reintegrarán (como miembros cotidianos sin los privilegios de antaño) en el nuevo pueblo que volverá a ser (1) y se le llamará Populus.

La época de las dos grandes guerras mundiales desarrolladas, en gran parte, en los países del centro, permitió el surgimiento de los llamados “populismos” en la periferia mundial, sobre todo en América Latina. En el período 1930-1954 se instauraron  regímenes populistas, encabezados por una burguesía nacionalista que se proponía afirmar su predominio en el espacio de la geografía nacional, desplazando del control del Estado a las tradicionales oligarquías latinoamericanas y protegiendo el mercado nacional de la intrusión extranjera. Se trataba de procesos de “pacto social” donde una débil burguesía nacional crecía simultánea a una clase obrera y a la organización de los campesinos. Estas alianzas de empresarios, obreros y campesinos mostraban un proyecto político, económico y social hegemónico que se le denominó populismo. Al ser este proyecto malquisto y atacado por el enemigo exterior imperialista, sus defensores se tuvieron que fundamentar y constituir en un bloque social anti-imperialista (BSA). Los gobiernos nacionalistas y populares que, aunque casi todos capitalistas, avalaron y lideraron los proyectos hegemónicos del BSA, se enfrentaron a los países del primer mundo en la competencia dentro del mercado mundial capitalista. Se trataba de gobiernos como el de Vargas (Brasil), Cárdenas ( México), Perón (Argentina), Ibañez (Chile), Velasco Alvarado (Ecuador) y Árbens (Guatemala). El golpe de Estado a este último en 1954, cerrará el ciclo de los populismos en América Latina. A mencionar también, los gobiernos populistas en otras zonas de la periferia mundial, Nasser en Egipto, Sukarno en Indonesia, Nehru en India…

Esta idea de pueblo unitario del populismo se entiende porque está vinculado y enfrentado a un poder externo, el del Imperio, que con su supremacía militar le impone normas de ineludible cumplimiento. Por lo tanto, tal concepto de pueblo unitario constituiría un tercer analogado (3), el populista en el sentido positivo, que no se apoya en el BSO (momento 2) ni en la ambigüedad de los pobladores o ciudadanos de un país (momento 1), sino en el BSA (momento 3). Este populismo sería un nacionalismo interclasista que le da a la homogeneidad de los habitantes de un país, la característica de ser, superando sus oposiciones, un actor colectivo de lucha por la independencia.

Pero existe también un cuarto analogado (4), el populista en el sentido negativo. Para definir esta cuarta acepción hay que seguir haciendo historia. Desde 1954 la burguesía liberal estadounidense lanzó una guerra de la competencia, tildó a los gobiernos populares latinoamericanos de regímenes dictatoriales y acabó con todos ellos, imponiendo dictaduras de seguridad nacional que posibilitaron transferencia de plusvalor del capital global del capitalismo periférico hacia el capital global del centro. Posteriormente (1983-2000) hubo democracias formales que, aunque representaron una cierta apertura política, supusieron una ratificación de las políticas económicas de los anteriores gobiernos, y, por lo tanto, una legitimación de la deuda. Estos gobiernos, formalmente democráticos, se convirtieron en furibundos defensores del neoliberalismo y, siguiendo los consejos del Consenso de Washington, abrieron los mercados a la globalización económica, justificaron la privatización de los bienes públicos estatales, negaron la priorización de las necesidades de la mayoría de la población, cada día más y más pauperizada….

A partir del 2000 los movimientos populares y políticos antiglobalización van adquiriendo mayor protagonismo y pujanza, consiguiendo algunos de ellos alcanzar el poder (Chaves en Venezuela, Lula en Brasil, Evo Morales en Bolivia, Correa en Ecuador…). Inmediatamente, estos gobiernos y movimientos que se oponen al proyecto neoliberal son considerados populistas, utilizando este término sofísticamente como insulto o enunciado ideológico encubridor para confundir al oponente. Actualmente la designación de “populista” ha cambiado absolutamente de significado, y cualquier medida que se toma a favor del pueblo en el sentido (2) o (3) y que se oponga a las medidas de la globalización, es considerada demagógica y desacreditada como populista. Así ocurrió con Chaves a quien se le tildó innúmeras veces de populista para desprestigiarlo, al estimar que daba dádivas al pueblo con la aplicación de políticas económicas que llevaban al desastre, y que no cumplían con las exigencias y directrices del FMI realmente consideradas beneficiosas para el pueblo en el sentido (1). Este sentido derivado negativo, es el más usado de la palabra populista y constituye el cuarto analogado (4).

Las filosofías políticas de Ernesto Laclau y Enrique Dussel son una aportación muy importante para la mejor comprensión de la realidad latinoamericana, así como también una esencial contribución al necesario proceso de su transformación. Ambos pensadores, rompiendo amarras con los reduccionismos y categorías eurocéntricas, abandonan la noción del proletariado como sujeto del cambio social en América Latina y rescatan la categoría de pueblo, que es la que en realidad ha estado presente en los procesos de cambios que se han producido en ella.

“La razón populista” de Laclau y “20 tesis de política” de Dussel, dos libros fundamentales para la comprensión del concepto pueblo.