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Nietzsche y Benjamin. Tiempo e historia, memoria y olvido PDF Imprimir E-mail
Jesús Pérez de Viñaspre Txurruka   
Lunes, 29 de Mayo de 2017 12:36

Estos dos pensadores singulares comparten rasgos comunes en el estilo de escritura fragmentada y metafórica, en el peculiar desapego de los ideales de la Modernidad y en el marcado anhelo de acercar arte y ciencia. Ambos dedicaron gran parte de su obra a estudiar aspectos cruciales en la concepción de la historia, analizando el pasado por medio de dos figuras alegóricas (Zaratustra y Angelus Novus), y experimentando el sufrimiento que encadena la historia y su trazo asociado de guerra, muerte, miseria e injusticia. Y, si bien es evidente el común rechazo de la idea de un tiempo homogéneo y del principio de progreso continuo heredado de la Ilustración, no es menos cierta la disparidad y divergencia de criterios, fundamentalmente respecto al papel que la memoria y el olvido desempeñan en la historia.

Nietzsche elabora su concepto de historia a partir de la memoria y el olvido. Para él, las personas, lo mismo que los pueblos, tienen necesariamente una relación fluida con su pasado. Un conocimiento profundo y riguroso de dicho pasado fija su identidad, pero les quita espontaneidad y creatividad, y les limita para enfrentar el futuro de manera innovadora y vital. En su libro Genealogía de la Moral, hace un estudio genealógico-crítico de los prejuicios morales. Afirma que todo valor, en su vinculación a la vida, se origina a partir de la relación entre fuerzas claramente opuestas y contradictorias: unas son activas, ambicionan la afirmación de la vitalidad, de la diferencia, de la separación, de la imposición, del sí a la vida; las otras son reactivas, anhelan su conservación a costa de la represión de su propia fortaleza y pujanza. En esta relación entre fuerzas antagónicas, los conceptos de memoria y olvido se encajan en la trama teórica de la obra. Por una parte, el olvido aparece como una facultad activa y noble que constituye lo esencial de la primitiva animalidad humana que ha sido interrumpida, condición principalísima para el desarrollo de una actividad vital saludable que permite el surgimiento de nuevas formas y sentidos. Por la otra, la memoria es considerada como una facultad reactiva instaurada mediante el dolor de prácticas ascéticas para dominar los instintos y domesticar al animal humano.

Deleuze (Nietzsche y la Filosofía) interpreta que la memoria, identificada con las fuerzas reactivas, es percibida como evocaciones que se corresponden con un cierto espíritu de venganza, con un rencor y resentimiento oculto, quizás con un sentimiento de culpa y de impotencia. Por contra, el olvido, descrito y presentado como una fuerza activa, es una actividad supra-consciente que representa la afirmación de las potencias activas de la vida. Similar interpretación es la de Niemeyer (Diccionario Nietzsche) para quien, en tanto la memoria se constituye en agente patógeno, el olvido es fuente de salud.

En “De la utilidad y de los inconvenientes de los estudios históricos para la vida”, Nietzsche relata el encuentro entre un poeta y un rebaño, y advierte la envidia que aquél siente hacia el animal que vive en un perpetuo estado de felicidad. El rebaño no tiene nociones del tiempo que lo remitan a un pasado o futuro, por lo que se sitúa en el presente, mostrándose tal cual es, no cómo fue o cómo será. Esa capacidad de olvido y atemporalidad, ese poder y saber olvidar le hace libre, mientras que el hombre, atado y sojuzgado a sus experiencias pasadas en un mundo de la memoria, contempla la idílica felicidad del animal en un mundo de olvido. La zozobra del atribulado poeta es interiorizada por Nietzsche quien se pregunta si la historia, como ciencia, no debería dejarse inspirar por imágenes e ilusiones, dejarse llevar por el olvido y devenir arte, un arte de la interpretación. Y en último término, el filósofo corrobora que son los sueños e imágenes, más que la verdad y el conocimiento, los que hacen que la historia y la memoria devenidas arte estén ligadas al “devenir animal” del ser humano. Esta reconstrucción que hace Nietzsche del imaginario animal no sólo descoloca el orgullo del ser humano en su distinción humana, también problematiza su imaginario del mundo. Desde esta perspectiva dislocada, el poseer memoria ya no sienta las bases de la superioridad humana sobre el olvido animal, más bien hace a los humanos mucho más débiles e incapaces de generar el tipo de vida que desean. Nietzsche considera el olvido animal como anterior a la memoria humana y será aquél, no ésta, el generador de la historicidad del animal-humano, es decir, estima que la vida es radicalmente histórica porque es radicalmente olvido. Confronta la memoria con el olvido animal para provocar una nueva conciencia y autoconciencia en el ser humano que lo encauza a autoafirmarse como animal, como un ser histórico que, propenso al olvido, determine en su memoria una energía creadora de vida.

En esta obra, que tiene como tema central el esclarecer la relación existente entre la vida y la historia,  Nietzsche sostiene que la sociedad de su tiempo padece lo que él llama “enfermedad histórica”, en el sentido de un exceso de historicismo que considera como un proceso que enferma y daña la vida. Hay una fuerte crítica de la Modernidad, y afirma que la historia científica ha dejado de lado el fenómeno de la vida para convertirse en un fin en sí misma. El incremento del conocimiento histórico, característico de la época, ha permitido una invasión y acumulación de datos que producen contaminación, el efecto de este proceso es un bagaje de información confusa y excesiva, que resulta indigerible considerando que una dosis excesiva de historia o memoria tiene graves consecuencias sobre la vida, ya que si “un exceso de historia daña a lo viviente, un exceso de memoria conspira en contra de la vida”.

Distingue entre historia anticuaria, monumental y crítica, y descarta las dos primeras por conspirar contra la vida. La última, la historia crítica, juzgada desde una postura establecida a partir de la vida, se comprende como una postura de confrontación directa donde el pasado es juzgado por la vida, la memoria se presenta como una instancia peligrosa e injusta que ve en el pasado la causa de una afección presente que perjudica a la vida. Por tanto, hay que destruir el pasado para lograr alcanzar un estado no invadido por impresiones vetustas que incomodan la existencia, la memoria crítica tiene una función que libera mediante la destrucción del pasado. Nietzsche afirma que recibimos una “primera naturaleza” o “naturaleza ancestral”  porque “somos el resultado de generaciones anteriores, pero no sólo de sus virtudes, pasiones y errores, sino también, sí, de sus delitos”. La historia crítica intenta destruir y liberarse de aquellos elementos negativos heredados para generar la aparición de una “segunda naturaleza”, donde prevalezca un estado de ánimo renovado que deje de sufrir por el pasado para desarrollarse en el presente mediante la afirmación de las potencias vitales.

Nietzsche no propone prescindir totalmente de la historia y de la memoria. Formula que el olvido no es una fuerza que inhibe a la memoria sino que se involucra en su devenir, y que la memoria no se opone al olvido animal sino que se implica en él; de modo tal que se establece una relación con el pasado que enriquece a la vida. Esta nueva forma de memoria, no antitética al olvido, permitiría que fuese re-dirigida hacia el futuro, en lugar de hacia el pasado, convirtiéndose así la historia en valiosa para la vida humana. A esta nueva concepción de la historia que transforma a las contingencias pasadas en necesidades futuras la llama Contra-historia, porque revierte el flujo del tiempo, y encuentra necesidad, no en lo que fue y es, sino en lo que podrá ser en el futuro. Así pues, el pasado no es algo que deba aceptarse resignadamente como dado sino que debe ser formado y transformado, interpretado y re-interpretado. Esta idea le lleva a pensar que la historia al servicio de la vida es un arte y no una ciencia, y que el impulso que da forma y transforma al pasado es un impulso artístico, no epistemológico.

Walter Benjamin fue un crítico revolucionario de la filosofía del progreso, un nostálgico del pasado que sueña con el futuro, un romántico partidario del materialismo. Sus tesis “Sobre el concepto de historia” son uno de los textos más significativos del pensamiento crítico. Deliberadamente ajeno a la cultura política establecida, plantea una visión de la historia radicalmente opuesta a la doctrina del progreso inevitable y a las concepciones conformistas de la historia que, como en el historicismo, se identifican con el campo de los vencedores (reyes, aristócratas, conquistadores,  terratenientes, jauntxos, haundikis, banqueros, dictadores, jefes de industria…). Benjamin propone una concepción opuesta, la tradición de los oprimidos, el punto de vista de los vencidos, de las víctimas permanentes de los sistemas de dominación (esclavos, siervos, campesinos, proletarios, minorías étnicas o religiosas, mujeres…). Oprimidos que han resistido, que se han levantado en contra de la dominación, que han luchado una y otra vez pero que terminaron siendo derrotados por los jauntxos y haundikis. Las luchas de liberación del presente se inspiran en el sacrificio de las generaciones vencidas, en la memoria de los mártires del pasado.

La tarea del historiador crítico, consiste en no aceptar, en oponerse a la versión oficial y dominante de la historia, en “cepillar la historia a contra-pelo”. Perspectiva similar a la de Nietzsche, para quien la labor del historiador radica en oponerse a la tiranía e idolatría de lo dado, en “nadar en contra de las olas de la historia”. La gran diferencia entre ambos estriba en que la crítica de Nietzsche se hace en nombre de la vida o del individuo rebelde (el héroe, el superhombre) identificándose con el elitismo aristocrático, mientras que la de Benjamin es solidaria de los vencidos, de los “condenados de la tierra”, de las víctimas que lucharon pero finalmente cayeron bajo las ruedas de esas carrozas triunfales llamadas Civilización, Progreso y Modernidad. El sentido de la historia burguesa radica en concebir el tiempo en términos espaciales, como una adición de momentos en la que hay que recorrer cada peldaño para ir al siguiente. Esto supone que el fracaso de los vencidos es un peldaño indispensable para el progreso, que su fracaso ha permitido que la historia avanzase de una determinada manera. El discurso historicista burgués no pretende elaborar la memoria sino construir el olvido, el historicismo a lo que apela es a documentos que intentan reconstruir, articular o coleccionar los hechos al pretender darles una coherencia causal.

De los vencidos no sabemos nombres, ni conocemos sus rostros. Pero acercarse a los vencedores de antes, significa a la vez acercarse a los amos de hoy, ya que son los herederos de los vencedores de la historia. Así que, para que realmente podamos entender hoy la realidad del presente nos hace falta, no sólo una visión crítica y distanciada sobre la historia escrita dentro del modelo del historicismo, también un conocer lo totalmente olvidado, y un saber de los olvidados de la historia. En suma, tenemos la obligación de conocer la historia de los vencidos expresada por ellos mismos. Para Benjamin, será la intervención de la política (no de la cultura como en Nietzsche), expresada como intervención dialéctica, la que, invocando firmemente la tradición de los oprimidos, revertirá el sentido de la historia reabriéndola y haciendo justicia a los que han sido acallados, silenciados, violentados, por los triunfadores del historicismo burgués que sólo nos cuentan su historia. En su opinión, la historia no es otra cosa que acto político, acto de rememoración, que al otorgarle presencia a los vencidos y a su tradición, de este modo transforma la historia al darle un vuelco dialéctico.

Benjamin, pues, concibe la historia compelida y apremiada en dos direcciones mutuamente tensionadas. La primera es la del tiempo continuo, cotidiano, vacío, cuantificable, de la mera sobrevivencia, de la dominación del sistema vigente “que tiende a la felicidad y al progreso”. La segunda es la del tiempo mesiánico (el tiempo-ahora, Jetztzeit) que acontece cuando el oprimido toma conciencia, por medio del materialismo histórico, de su situación real, negando el sistema vigente y permitiéndole reinterpretar totalmente la historia, reconstruyéndola desde los vencidos. Porque éstos tienen un derecho sobre nosotros, estamos en deuda con ellos porque no podemos olvidarnos de ellos sin más. Ya que, aparte del cumplimiento de un derecho histórico de los vencidos y asesinados de los tiempos anteriores, tenemos la posibilidad de reconocernos a nosotros mismos en esta imagen instantánea del pasado. Esta nueva toma de conciencia irrumpirá con praxis liberadora, romperá el tiempo continuo y la historia repetitiva de lo mismo. Esta nueva autoconciencia es un conocer fugaz, un acto que tiene su relevancia en sí mismo, como el rayo de la tormenta que nos deja por un momento ver las montañas durante la noche.

El historicismo plantea la imagen eterna del pasado constituido por un tiempo homogéneo, continuo, vacío. Benjamin plantea la historia constituida por un tiempo pleno, el Jetztzeit, el tiempo-ahora que rompe con el continuum de la historia. Sería un relampagueo deslumbrante e iluminador, una detención mesiánica del acaecer, una nueva conciencia liberadora, un alumbramiento cognoscente, una oportunidad revolucionaria en la lucha a favor de un pasado oprimido.