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Nación sin atributos PDF Imprimir E-mail
Luis Mª Martínez Garate   

Hemos contemplado una manifestación en Pamplona, un auténtico alarde facha, bajo el lema “Defendamos la bandera de Navarra”. Lo más granado del fascismo español ha acudido a arropar a la derecha navarrera, angustiada por la normalización progresiva del “cambio” en este territorio. Hemos visto cómo una señora encapuchada, con la cara cubierta por una máscara mexicana de lucha libre, se flagelaba con una ristra de chistorra como performance, aderezo esperpéntico de la pancarta. Muy propio. Una combinación de escenas de la Pasión, el flagelo y los chorizos que abundan en su caverna.

Esta agitación surge de unos intereses que nunca han defendido la realidad histórica de Navarra, sino su propia posición dentro del sistema de sumisión inscrito en el Estado español. Han intentado confundir y poner “en positivo” una movilización que era estrictamente “en negativo”, a la contra. Contra el significado histórico de los símbolos de Navarra y contra su realidad presente, social, económica y política.

Todo esto se ha mostrado con claridad a los ojos de los habitantes de la Alta Navarra. Pero también ha quedado en evidencia otro hecho de enorme gravedad, por lo menos para los que consideramos que Euskal Herria es una nación y Navarra su Estado. Ante esta agresión contra nuestros símbolos, historia y proceso de cambio, el conjunto de la nación no ha reaccionado. Ha escurrido el bulto. Lo ha ignorado y dejado pasar como quien oye llover.

Cuando un grupo humano se siente nación y considera atacada una parte de la misma, reacciona en su conjunto. Las agresiones a un miembro de la nación se perciben como ataques a la totalidad. Ya sé que el nacionalismo español es agresivo y dominante, pero cuando advierte el deseo de emancipación de Cataluña reacciona de manera que considera su separación como la amputación de un miembro de su cuerpo: un brazo, una pierna... Tiene una visión “orgánica” del hecho nacional. La perspectiva organicista es retrógrada, pero el sentido de integridad es correcto. La nación como tal es una.

Pero vemos que no debe de ser nuestro caso. El desapego, la indiferencia con que el conjunto del país ha contemplado el ataque contra su núcleo político y territorial, sucedido en Iruñea, la capital histórica, me lleva a una reflexión triste. ¿Somos realmente una nación?

Una vez más los tópicos con relación a la Alta Navarra, hoy CFN, que se manejan, transmiten la sensación de que es “una realidad aparte”. Aquello no es ‘la nación’ como tal; es el patio de recreo, un “bonito territorio”, al que se puede ir un fin de semana de excursión, a hacer monte, a esquiar o a comer verduras. Pero no somos ‘nosotros’.

La perspectiva “vascongadista”, que mira satisfecha el ombligo de su “euskaditis” y se considera “la” nación, me produce sentimientos de dolor, tristeza y… asco. Al proponer estas reflexiones a personas que sienten sinceramente el país, su reacción es casi siempre positiva. Pero pasajera. Enseguida vuelven a la pantalla anterior. Ante el siguiente ataque a la Alta Navarra, reaccionan de nuevo con distancia. ¡Pobres navarricos!

La carencia casi absoluta de un relato que dé sentido a nuestra historia y a nuestra realidad actual, hace que los vascos seamos presa fácil desde cualquier flanco. Esto se percibe en las agresiones externas, sobre todo españolas, que son las más interesadas en nuestra aniquilación. Pero lamentablemente también se siente en la falta de reacción interna, de la sociedad propia. Esta falta de relato hace que sea muy difícil afirmar que seamos una nación en el sentido real de la palabra. Algunos podrán decir que somos un Estado, porque lo hemos sido y nos lo han arrebatado, pero sin una nación cohesionada y activa en el presente tal Estado difícilmente tendrá futuro.

Mientras tanto la derecha hispana nos seguirá flagelando con los chorizos de la caverna.