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Lengua y justicia, espejos de la libertad nacional de un pueblo PDF Imprimir E-mail
Víctor Alexandre   
Miércoles, 14 de Junio de 2017 15:18

(Con la reproducción de este texto en 'Racó Català', quiero corresponder a la amabilidad de las muchas personas que me han pedido la publicación del parlamento que hice en el acto de entrega de los XVI Premios Nacionales Joan Coromines, que tuvo lugar en Pallejà, Barcelona, el 20 de mayo de 2017, organizado por la Coordinadora de Asociaciones por la Lengua -CAL-).

Con la de este año, son ya dieciséis las ediciones que se han celebrado de los Premios Nacionales Joan Coromines, desde que en el año 2002, la CAL, tomando como referente uno de los más grandes filólogos que han tenido los Países Catalanes, decidió hacer dos cosas a la vez: por un lado, homenajear a Coromines, y por otro, premiar aquellas personas, empresas o entidades que se hayan distinguido por la firmeza de su trayectoria en defensa de la lengua catalana. La idea era animar a los catalanes a perseverar en esta defensa, crear conciencia de que las lenguas no sobreviven gracias al conocimiento que tengan los estudiosos -por muy necesaria y exitosa que sea su tarea-, sino gracias a la voluntad de sus hablantes de hacerlas imprescindibles en el territorio al que pertenecen. Y es que una lengua, para sobrevivir, debe ser imprescindible en algún lugar del mundo, por pequeño que sea este lugar. En otras palabras: si una lengua es prescindible es porque hay otra que es imprescindible y que ocupa su lugar.

Ahora, como saben, el país está inmerso en un proceso de liberación nacional que requiere la máxima concentración por nuestra parte y conviene que canalicemos todas las energías en esta dirección. Pero tarde o temprano tendremos que responder a estas preguntas: ¿cómo sobrevive una lengua que hablan unos pocos, junto a una lengua que habla todo el mundo? ¿Cómo sobrevive una lengua que depende de la buena voluntad, junto a una lengua que se impone por ineludible necesidad? Yo sólo soy un escritor, y, por tanto, más allá de manifestar mi opinión, no me corresponde decir qué debe hacer mi país con su lengua. Pero sí tengo la obligación, precisamente porque soy escritor, de hacer reflexionar a la gente de mi tierra sobre el elemento capital de su identidad, que es la lengua.

Sin embargo, no se me ha pedido que en este parlamento de hoy hable específicamente de lengua, sino del momento actual que vive el país, de modo que, si me lo permiten, me centraré en la situación política, y más concretamente en el proceso de independencia nacional en el que está inmersa Cataluña. Y en este ámbito, la lengua y la justicia son espejos de la libertad de un pueblo. Me explicaré. Un pueblo que tiene su lengua minorizada, un pueblo que no puede vivir plenamente en su lengua, un pueblo que ve como sus ciudadanos pueden ser vituperados, sancionados, humillados o, incluso, agredidos físicamente por hablar en su lengua, un pueblo que ve como su lengua es acosada y descuartizada por un Estado que se le declara superior, un pueblo que ve como su lengua sufre una flagrante discriminación en las universidades, un pueblo, en definitiva, cuyos ciudadanos están obligados a hablar la lengua de los tribunales en vez de ser los tribunales los que hablen la lengua de los ciudadanos, no es un pueblo libre. Y tampoco es un pueblo libre aquel pueblo que no tiene justicia propia, que no tiene legalidad propia y que no tiene tribunales propios, porque, para poder ser libre, todo pueblo debe poder promulgar sus propias leyes y debe tener su propia justicia y sus propios tribunales. Si no tiene nada de eso, no es un pueblo libre, es un pueblo cautivo.

A medida que se acerca la fecha del referéndum catalán previsto para septiembre, a medida que se ve que el pueblo de Cataluña no está dispuesto a renunciar al mismo y a medida que se hace más patente el interés internacional por el resultado que salga, el Estado español va perdiendo los nervios y cometiendo errores cada vez más monumentales que lo definen como lo que es realmente: una democracia totalitaria. Es decir, un Estado supremacista integrado por ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda -los de segunda, naturalmente, seríamos los catalanes-. Estamos hablando de un Estado que impone la censura previa a los parlamentos para decirles de qué pueden hablar y de qué no pueden hablar, estamos hablando de un Estado que pretende inhabilitar a la presidenta del Parlamento de Cataluña por haber permitido que los parlamentarios parlamentaran, estamos hablando de un Estado que criminaliza a las autoridades catalanas legítimamente elegidas por el solo hecho de haber cumplido el programa con el que se presentaron a las elecciones, estamos hablando de un Estado que urde una trama para desacreditar a políticos desafectos y destruir el modelo sanitario catalán, estamos hablando de un Estado que criminaliza las urnas, que dice abiertamente que quiere destruirlas y que persigue penalmente a las empresas que las fabriquen o que las provean en Cataluña. Un Estado así es un Estado totalitario que, desde mi punto de vista, debería ser seriamente advertido de expulsión de la Unión Europea.

Sin embargo, este comportamiento, por escandaloso que pueda parecernos, sólo es el preámbulo de lo que el Estado español está dispuesto a hacer para impedir la libertad de Cataluña. Y en los próximos meses, caídas muchas máscaras falsamente democráticas, seremos contemporáneos de feroces acciones políticas españolas que muchos catalanes, ingenuamente, creían muertas y enterradas en paralelo a la muerte y al entierro de Franco. Franco murió, sí, pero el franquismo está vivo, y sus hijos ideológicos, ahora con camisa blanca, antes con camisa azul, mueven los hilos del Estado español y de sus cloacas. Y una de las misiones de estos hilos radica en dinamitar la buena imagen de Cataluña ante el mundo, y en sea sabotear certámenes o congresos internacionales con sede en Barcelona, promoviendo huelgas en los transportes públicos de la capital catalana en fechas de mayor proyección internacional o, sencillamente, sembrando el caos en el aeropuerto del Prat.

Pero esto, como digo, no es nada comparado con lo que ha de venir; esto no es nada comparado con las medidas que tienen preparadas para impedir que los catalanes decidamos sobre nuestra propia vida. Nos quieren sometidos, nos quieren sumisos, porque somos la última conquista que les queda para seguir soñando que aún son un imperio. Pero no son ningún imperio, su imperio hace muchos años que se fundió; sólo son un Estado que ha perdido el sentido de la realidad y que todavía cree que los pueblos pueden ser silenciados con sentencias de prisión o inhabilitación dictadas por inquisidores tribunales políticos.

De hecho, estos tribunales políticos son la prueba fehaciente de la desesperación española ante la decisión tomada por Cataluña de convertirse en un Estado independiente. Ningún argumento, ninguna fundamentación mínimamente razonada o elaborada, sólo 'no', 'no', 'no' y 'no' como respuesta; sólo boicots, sabotajes, amenazas, intimidaciones, persecuciones, difamaciones, querellas criminales... Han llegado a decir, literalmente, que los referendos "son totalitarios", que "no habrá referéndum en Cataluña porque España es una democracia avanzada", y que el hecho "que no se pueda votar es una victoria de la democracia". Ciertamente, sólo el despecho y la arrogancia más graciosa pueden llegar a decir desatinos tan gigantescos.

Pero, claro, ¿qué puede hacer quien sabe que no tiene argumentos democráticos ni humanísticos para impedir la libertad de otro y que, sin embargo, se empeña en impedirla? Pues negar, como hace España, la existencia nacional de Cataluña, negar la existencia del pueblo catalán como sujeto político, y hablar de leyes, en vez de hablar de democracia y de derechos humanos. Pero una ley que prohíbe votar y que criminaliza las urnas no es una ley democrática, y, por consiguiente, ningún demócrata la puede acatar; de otro modo, se convertirían en cómplices. Cómplices de una injusticia, y cómplices, como sería el caso de Cataluña, de su propio cautiverio. En la cabecera de mi página web tengo puesta una frase que escribí hace unos años y que, con su permiso, repetiré hoy aquí: "Cuando la legalidad no es justa, es de justicia transgredir la legalidad". Dicho de otro modo: Cataluña, como nación fundamentada sobre valores democráticos representados por la antigüedad secular de su Parlamento, no se puede subordinar a las leyes antidemocráticas españolas y se regirá por sus propias leyes, se ha regir por su propia legalidad, que no puede ser otra que la que fijan el derecho internacional y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Ya sabemos que sobre el ritmo del Proceso que vivimos hay opiniones diversas. Con la velocidad de los procesos, sean de la naturaleza que sean, pasa lo mismo que con los climas y las temperaturas: nunca llueve a gusto de todos y siempre faltan o sobran grados. Pero tenemos los dieciséis años de existencia de estos Premios Nacionales Joan Coromines para medir la evolución del país. Basta con que nos remontemos a 2002, que recordemos la Cataluña de entonces y que la comparemos con la de hoy. Sólo haciendo esto, sin irnos más lejos, ya veremos el proceso de maduración de la sociedad catalana y de qué manera más espectacular ha tomado conciencia de su identidad y de su derecho irrenunciable a la libertad. Y el fruto de esta toma de conciencia lo estamos viendo este 2017, en el que estamos a punto de culminar un anhelo que miles y miles y miles de catalanes antes que nosotros tuvieron y que, desgraciadamente, no pudieron hacer realidad.

Sólo una cosa me preocupa, y es ver la facilidad con que caemos día a día en las trampas judiciales que nos pone el Estado español para sembrar cizaña entre nosotros. El Estado español quiere dividirnos, claro. Esto se entiende. Lo que no se entiende es que nosotros seamos tan cándidos de complacerle mediante justificaciones partidistas y de encendidas exhibiciones de pureza. Hay un tiempo para cada cosa, y ahora todavía no es tiempo de lanzarnos los platos o las papeleras a la cabeza. Ahora es tiempo de regirnos por la sabiduría y no por los egos personales o de partido; y la sabiduría nos dice, o debería decir, que la libertad estará más cerca o más lejos en función de los sapos que seamos capaces de tragarnos. La barca en que los tripulantes no reman todos en una misma dirección es una barca a la deriva.

Hay gente muy impaciente y mala sufridora, ya lo sabemos, pero sería necesario que todos juntos tomáramos un poco de tila. Esto nos iría muy bien, si es que de verdad queremos llegar a puerto de una puñetera vez. En la vida no hay bien más preciado que la libertad. Y quien pone por delante intereses, sean los que sean, que frenen esta libertad y beneficien el carcelero, es alguien que, aunque no ose confesarlo, ha encontrado una manera de acomodarse a la cautividad. No nos compliquemos la vida, por favor, amigos. Se trata de hacer un último esfuerzo, se trata de entender que el más sabio no es el que más habla, no es el que más grita, no es el que más gesticula, no es el que hace las proclamas más encendidas, el más sabio es aquel que sabe callar a tiempo. Las metas colectivas más nobles no se alcanzan haciendo bandera de lo que te singulariza dentro de tu colectividad, las metas colectivas más nobles son causas humanas que sólo se alcanzan respetando las imperfecciones de los que te acompañan y hacen posible la travesía.

RACÓ CATALÀ