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Laicismo, poder eclesiástico y control social PDF Imprimir E-mail
Mikel Sorauren   
Lunes, 21 de Agosto de 2017 22:42

Los tiempos presentes nos ofrecen, finalmente, el decaimiento, irreversible tal vez, de la influencia del clero. Se sitúa el origen de esta influencia en la promoción del cristianismo como religión del Estado por parte de los emperadores romanos en la época tardo-romana. La iglesia cristiana del Imperio romano no cuestionó nunca su sujeción al poder laico y de hecho los emperadores en su condición de supremos jefes desarrollaron un papel decisivo en el terreno de lo religioso, incluyendo la determinación de la misma doctrina. En los siglos de la Alta edad Media con el poder del Estado en crisis permanente, los emperadores fueron la mayor autoridad religiosa por encima de cualquier jerarquía eclesiástica. A iniciativa suya se reunieron los concilios generales -ecuménicos- en que los padres conciliares decidieron las cuestiones relativas a doctrina y disciplina, bajo la decisiva vigilancia del poder imperial, a partir del Concilio de Nicea (333) y sucesivos.

La organización eclesial se basó siempre en una agrupación de colectividades metropolitanas regionales. En cada provincia del Imperio existía una sede dirigida por un metropolitano que acostumbraba a reivindicar la fundación de la misma por alguno de los apóstoles del primitivo colegio apostólico, supremo órgano eclesiástico. Las diferentes metrópolis -sus herederas- se consideraban en pie de igualdad, en principio, sin pretensiones de primacía por parte de ninguna de ellas. Los concilios metropolitanos -autónomos- se encargaban de fijar doctrina y disciplina, intercambiando sus resoluciones y considerando la infalibilidad patrimonio del conjunto de la Iglesia universal, expresado a través del consenso general.

Fueron las azarosas vicisitudes de los territorios occidentales del Imperio las causantes de la desaparición del poder y orden imperial y, en definitiva, del aislamiento paulatino de esta parte de Europa en permanente convulsión a partir de las invasiones germánicas al inicio del siglo V. Durante siglos no hubo autoridad estable en esta parte del viejo Imperio. Únicamente a lo largo de la Baja Edad Media, ya en el siglo XII, se inicia el proceso de configuración de los futuros Estados europeos y constitución del nuevo orden jurídico-político. La ausencia de un poder firme de carácter laico, permitió al clero aparecer como única instancia de poder organizado; primero mediante los obispos de manera local y monasterios, a los que se unirían finalmente las órdenes religiosas. El orden eclesiástico utilizará su mayor capacidad organizativa y preparación cultural, al igual que del ascendiente conferido por la religión, mediador entre Dios y los hombres, para imponer un ordenamiento en lo social y político que supusiera la preeminencia eclesiástica. En la vieja capital del Imperio, Roma, el clero reivindicó su reconocimiento como cabeza social y política de la Cristiandad. A decir verdad, esta aspiración pretendía su origen en la supuesta institución de la misma por San Pedro. determinadas fuentes testamentarias atribuían la concesión por el mismo Cristo de la primacía sobre el conjunto de los apóstoles, circunstancia ignorada por el resto de las sedes metropolitanas. La iglesia de Roma, es cierto, era considerada con reverencia por ello, además de representar a la vieja capital imperial. Con todo, tendrá dificultades insalvables para el reconocimiento de primacía. Solamente en los tiempos confusos que siguen a la suplantación del Imperio carolingio por el Sacro romano-germánico los obispos de Roma conseguirán ser aceptados por el clero de Europa occidental como jefes de la Iglesia en el esfuerzo generalizado de imposición de la teocracia, rechazada siempre por monarquía y nobleza feudal y finalmente por el resto de estamentos, que reservaban a los laicos las materias terrenales.

Aquella Europa occidental, territorio marginal durante el medio milenio que siguió a la desaparición del poder imperial en la misma Roma, era un mundo atrasado e inconexo. Quedaba al margen del Mundo avanzado y próspero que se extendía del Magreb al Oriente asiático de los grandes Imperios, expresión ellos mismos de las grandes culturas y civilizaciones, consolidadas en el proceso de afianzamiento de las relaciones entre los territorios de la Antigüedad histórica que precedería al mundo moderno. Su nexo de unión quedó reducido a su peculiar carácter cristiano, con capacidad únicamente de atraer a los espacios marginales eslavos, magiares y escandinavos; en principio también refractarios, si no agresivos. Los autores eclesiásticos teorizaron el papel director superior del orden clerical (oratores) en un conjunto social que incluía además a los nobles (bellatores) y al resto social de quienes trabajaban para ambos, los laboratores. Fue en este contexto cuando el obispo de Roma intentó que se le reconociera como jefe supremo de la cristiandad, incluyendo su condición de jefe político, sobreponiéndose a toda autoridad laica. Los papas del siglo undécimo -Gregorio VII- se enfrentaron a reyes y emperadores con suerte varia. El poder laico prevaleció normalmente -el rey francés Felipe el hermoso frente a Bonifacio VIII o el inglés Enrique Plantagenet frente a Thomas Becket-. Los papas recurrieron de continuo a la excomunión de los poderes civiles que se oponían a sus pretensiones de dominio temporal. La eficacia de la medida no era de mayor efecto cuando el afectado era fuerte y la excomunión se resolvía sin consecuencias.

La escandalosa pretensión eclesiástica de ordenar el conjunto de la existencia, incluso en el orden civil, dio lugar a la denuncia de los intelectuales laicos, cuando estos tuvieron capacidad de emanciparse de la tutela eclesiástica -Marsilio de Padua, Abelardo, Ockam- mientras los eclesiásticos persistían, si no acrecentaban, su intervención en asuntos civiles de toda índole, hecho este que llevó a la división de la institución eclesial en los denominados cismas. El Cisma de Oriente, no es sentido como tal en el Este del Mediterráneo. No fue sino el desacuerdo de los bizantinos con una organización -la que pretendía crear Roma- que para los primeros nunca había sido, si no una igual entre tantas. Todo ello sin mencionar las propias disensiones entre eclesiásticos, derivadas de la lucha por alcanzar el papado, a añadir a los conflictos con el poder laico. Cismas dentro de la Iglesia que reclamaba la primacía, entre el papa y los concilios… Finalmente, individuos honestos como Lutero cortaron por lo sano en un propósito de recuperar las idealizadas raíces evangélicas y la decisión de los poderes laicos que reclamaron la supremacía (Enrique VIII, Tudor y los reyes que asumieron la Reforma). Incluso las monarquías católicas, sometieron a la jerarquía nacional y obligaron al Papa a aceptar de facto las decisiones del monarca en cuestiones conflictivas.

Los imperios francés y español consideraron su opción católica como elemento básico del Estado. Esta identificación pasaba por la exigencia a Roma de asumir los intereses del Estado como los idóneos para la defensa del catolicismo. Hacia dentro supuso la Inquisición española y el aplastamiento de los hugonotes en Francia. En esta el catolicismo exaltado dará paso al Jansenismo. Es cierto que la Ilustración de parte de la élite social encontró el camino de la razón como justificación de la realidad, incluido el imprescindible fortalecimiento del poder y del Estado, con la sustitución de la obsoleta visión de la tradición religiosa. Este punto marca la división ideológica entre el catolicismo ultramontano, sociológicamente mayoritario, y el laicismo de los selectos grupos racionalistas, menos numerosos, pero con creciente influencia en los sectores dirigentes. El proceso terminará por imponerse en el conjunto social. Por lo que se refiere a España, el laicismo será un reflejo del francés. No afectará, si no a individuos muy concretos -Witte, Espronceda- que serán marginados por todos en una sociedad que mantuvo la Fe católica como pilar fundamental de su imaginario. ¡Sí, constitución de Cádiz! ¡Pero el catolicismo única confesión religiosa permitida! Las elecciones presididas por el cura, quien previo al acto electoral debía sermonear a sus feligreses y celebrar la Misa en petición de la iluminación de lo alto para los electores. Absolutistas y liberales exaltados competían por lo correcto de su planteamiento religioso. Únicamente la tendenciosidad de la mayor parte del Clero hacia el Absolutismo dio lugar de rechazo a un anticlericalismo poco razonado, que se tradujo en determinadas ocasiones en estallidos violentos.

Es cierto que las ideas ultramontanas del catolicismo francés arraigaron en el conjunto de los absolutistas españoles y por este camino aparecieron en el Carlismo originario, como un reflejo de lo que constituía la percepción predominante en España en materia religiosa. En este terreno no existía mayor diferencia entre carlistas y liberales, al margen de que el campesinado que constituía la base del movimiento practicara una religión, que como en el mundo campesino en general, siempre persigue fines propiciatorios en el terreno de lo material y no suele enredarse en sutilezas teológicas. En España, en mayor medida que en Francia, predominaron las formulaciones católicas de mayor radicalidad y la laicidad encontró dificultades insuperables. De hecho, la reforma del clero no alcanzó, sino a la expropiación de la propiedad rural, ansiada por los poderosos, y supresión de una parte del clero -especialmente regular- en una situación de inflación que esterilizaba las estructuras sociales.  Resultó una reforma limitada y contradictoria.  De hecho, ambos rasgos han venido siendo hasta nuestros días condicionantes negativos para la evolución socio-política y cultural. En definitiva, la sociedad y cultura españolas han tenido que esperar a los cambios recientes sociológicos y de mentalidad, traídos por la modernización reciente. Más que laicismo ha existido anticlericalismo, que no anulaba el sentimiento religioso, aunque expresase las imposiciones clericales. La anécdota de los Pastores protestantes británicos, intentando convencer para que se convirtieran a los milicianos perseguidores de curas; actitud que encontró esta respuesta por los demandados, es suficiente como muestra; decían los milicianos:…”No creemos en la verdadera religión y vamos a creer en la vuestra que es falsa…”