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Un combate, dos mundos PDF Imprimir E-mail
Salvador Cardús   
Jueves, 23 de Noviembre de 2017 19:21

El conflicto entre España y Catalunya va tan cargado de retórica de guerra propagandística –y más que lo va a estar ahora cuando, encima, el Gobierno de Mariano Rajoy le ha montado un duelo electoral– que puede perderse su origen y razón. En el fondo, hay algo tan simple como el desafío a la unidad territorial de España, ante el cual el Estado está dispuesto a todo –y ya hemos visto que “todo” quiere decir todo– para detenerlo. Ha quedado claro que cuando se decía, en otro contexto mucho más dramático, que “sin violencia se puede hablar de todo”, aquel “todo” excluía la sagrada, y por lo tanto intocable, unidad de España.

No quiero entrar ahora en las pocas o muchas razones que asisten a los catalanes que quieren la independencia. Se ha hablado de ello sobradamente, aunque ahora las razones hayan quedado enterradas por los efectos de la respuesta del Estado español y la aplicación arbitraria –que por eso tiene el monopolio de la violencia– del artículo 155. Desde la intervención de las cuentas de la Generalitat por la puerta de atrás con la ley de Estabilidad Presupuestaria –para impedir la celebración del referéndum del 1 de octubre–, y saltándose los preceptos de la propia ley, el conflicto se ha trasladado a otro plano. Ya no es tan sólo que todo valga –recordemos la sentencia del director de un prestigioso diario español: “La unidad de España está por encima de la verdad”–, sino que se apela a la Constitución... para vulnerarla.

Me interesan, en cambio, dos otras perspectivas desde las que se puede analizar el conflicto, apartándonos de los discursos patrióticos y nacionalistas habituales. En primer lugar, este conflicto político señala una vieja confrontación entre dos maneras de concebir el poder, vinculadas a dos estructuras económicas, administrativas y políticas muy distintas. Dicho muy breve, España no hizo su revolución industrial y, por lo tanto, ha habido continuidad entre la cultura de Estado propia del antiguo régimen y el actual. Un tejido estrechísimo de familias y colegas muy presentes entre los altos cargos de la administración, incluida la judicial y la militar, con un estrecho intercambio de apoyos con las grandes corporaciones económicas que transitan de las tribunas de algunos campos de fútbol al BOE. Es tan conocido y estudiado, que no cabe insistir en ello. Al otro lado, tenemos a una nación que perdió su soberanía política, pero que de la ausencia de Estado hizo virtud para hacer su revolución industrial y que aparecieran una burguesía y unas clases populares organizadas, dando lugar a una fuerte sociedad civil al margen de las estructuras administrativas del Estado. Catalunya, por incapacidad, desinterés –o por bloqueo–, nunca se ha integrado en la gran estructura de poder del Estado. Y, ahora que los procesos de globalización y los mercados abiertos han debilitado el papel de los estados, Catalunya se ha visto capaz de desafiar una intermediación que a todos los niveles –económico, cultural, lingüístico, de seguridad, demográfico...– le suponía un lastre perjudicial. Puede ser que se haya precipitado y haya menospreciado la fuerza de la vieja estructura estatal, pero esta es la raíz del conflicto.

La otra perspectiva que me interesa es la que pone en evidencia la confrontación de unas dinámicas políticas del siglo XX con las propias del siglo XXI. Este punto de vista es importante porque podría explicar las incomprensiones que se dan a ambos lados sobre los gestos del adversario. Claro está que el Gobierno español nunca creyó que el independentismo llegaría tan lejos, y por eso no actuó antes, pensando que se trataba de un suflé. Y es una obviedad que en España todavía no se ha entendido que la gran movilización social del independentismo no era consecuencia de unos líderes enloquecidos intentado disimular sus vergüenzas sino que, al contrario, los líderes se han visto forzados a cambiar de rumbo, a pesar del riesgo no tan sólo de mostrar las vergüenzas, sino de acabar en prisión o exilio.

Así, y siguiendo con la caricatura, mientras en España los actores fundamentales del conflicto son las estructuras administrativas, muy particularmente la de justicia, los partidos políticos y los medios de comunicación clásicos, por parte catalana los actores han sido la sociedad civil organizada, las movilizaciones populares y las redes sociales. Mientras por una parte está el tradicional nacionalismo de Estado, con todos sus instrumentos de dominación simbólica que naturalizan su realidad coercitiva, en la otra está un nacionalismo de geometría variable, irreverente y pragmático, capaz de seducir sin imponer. De aquí que donde algunos sospechan adoctrinamiento –en la escuela o en la televisión–, los aludidos no se sientan interpelados. Y, al revés, donde otros ven manipulación, a los primeros les parece un ejercicio legítimo del poder.

Comprender qué pasa no suele servir para resolver ningún conflicto. Pero puede ayudar a entender su virulencia y, quizás, a intuir expresiones futuras.

LA VANGUARDIA