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Cuando ganemos, le ponemos nombre PDF Imprimir E-mail
Joxerra Bustillo Kastrexana   

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En torno a la selección vasca de fútbol.


El cambio de nombre de la selección vasca de fútbol ha creado una cierta polémica, debido sobre todo a las fuertes críticas lanzadas por representantes del jelkidismo, como el propio Iñiko Urkullu, presidente del PNV, el senador Iñaki Anasagasti o el historiador Koldo San Sebastián. Se trata de un capítulo más de nuestras disgresiones gramaticales, tan denostadas con razón por Jorge Oteiza, y que periódicamente surgen en nuestro escenario político y mediático. En vez de ir al meollo de la cuestión, acostumbramos a detenernos en los detalles, estrategia que tan sólo puede acarrear retrasos, aplazamientos y, en definitiva, impotencias varias.

Hay multitud de ejemplos al respecto. ¿Escribimos Villabona o Billabona? ¿Cuáles son los límites territoriales de Euskal Herria? ¿Forman parte de esos límites Castro Urdiales y Miranda de Ebro? ¿Y San Vicente de la Sonsierra? ¿Es literatura vasca la escrita en castellano o francés por autores nacidos en nuestros territorios? ¿Puede jugar en el Athletic el nieto de un emigrante navarro en Idaho que se apellida Etcheverry? ¿Euskal Herria o Euskal Hiria? ¿Eusko Gudariak o Gernikako Arbola?

En nuestro habitual y agotador desencuentro, los vascos no nos ponemos de acuerdo ni en el nombre de nuestra nación. Hay propuestas para todos los gustos, desde Euskadi-Euzkadi, hasta Euskal Herria, pasando por Baskonia, República de Navarra, Federación Vasco-Navarra o Waskonia, sin olvidar los de País Vasco-Pays Basque, Vascongadas o Tierras Vascas. Como tampoco nos ponemos de acuerdo en su dimensión territorial, ni en el modo de articular el territorio, ni en las infraestructuras esenciales necesarias, ni en prácticamente nada. Es más, el euskara, eje simbólico y mítico de este país, no se ha librado de las pugnas y también ha sido a menudo motivo de confrontación, a veces muy seria, como a la hora de su unificación, recordemos la famosa "guerra de la hache", o las disputas sobre la conveniencia de utilizar o no los euskalkis. Por lo tanto, y sabiendo lo difícil que resulta alcanzar unos consensos mínimos, considero que es hora de realizar esfuerzos en ese sentido. De no ser así, las guerras banderizas, los conflictos intestinos, acabarán por destrozar el país.

El caso de la selección de fútbol es, en ese sentido, clamoroso. Dudo muchísimo que pueda lograrse su reconocimiento internacional sin una previa soberanía mínima, de la que hoy carecemos. En eso creo que estaremos de acuerdo. Conviene no repatirse el oso antes de cazarlo. Por lo tanto, si queremos disponer de una representación deportiva propia en el ámbito internacional tenemos que pelear por la soberanía nacional. Así de claro. No puede haber atajos en la defensa de los derechos nacionales de un pueblo y el tener selecciones propias forma parte sustancial de la lista de esos derechos.

Otra cosa es que, mientras se consigue ese objetivo central, se den pasos en la reivindicación jugando partidos amistosos, sin validez oficial. El efecto que se genera con esos encuentros es muy positivo y no hay razones para renunciar a seguir haciéndolos. Sumar fuerzas en torno a los símbolos nacionales siempre tiene que figurar en la cuenta del haber.

En el caso del nombre a dar a la selección, se podría optar por Euskadi, Euskal Herria, Baskonia o Nafarroa, pero en estos momentos se trata de un debate totalmente estéril. Lo principal, lo decisivo, es conquistar esa soberanía que nos permita disponer de presencia en todos los eventos internacionales, no sólo en los deportivos. Conformarnos con un par de partidos de fútbol al año con nuestra selección se me antoja como una postura acomodaticia. Un mero intento de contentar malas conciencias.

En esta cuestión lo que está en juego no es solamente la decantación por un nombre u otro, todos ellos legítimos, sino la consistencia de una reclamación fuertemente sentida en nuestro pueblo y que trasciende los límites de la frontera sicológica entre abertzales y constitucionalistas, agrupando tras de sí a una gran mayoría de la ciudadanía. Por consiguiente, dejemos a un lado falsas polémicas sobre una u otra denominación y cuando ganemos, en la batalla política y en el campo de fútbol, ya habrá tiempo de ponerle a la selección el nombre que concite un mayor número de adhesiones.