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¿Nación estática o dinámica? PDF Imprimir E-mail
Josep Lluís Carod-Rovira   
Viernes, 05 de Enero de 2018 12:57

El nacionalismo esencialista trata de acondicionar sobre todo la identidad, pero también las actitudes políticas y culturales de la ciudadanía de hoy en la defensa de una idea de nación que ya les ha sido dada como inmodificable, cerrada, coherente en sí misma y, por tanto, impermeable a nuevas aportaciones, estática e incapaz de evolucionar. Para el nacionalismo esencialista, las personas son instrumentos y no protagonistas de la nación. O bien aceptan lo que ya hay o no pertenecen a la nación.

Pero ya se sabe que, generalmente, las cosas más rígidas son las que más fácilmente acaban rompiéndose. Cuanto más plural y diversa es la nación en más obsoleto convierte un concepto esencialista de la misma, menos futuro tiene el nacionalismo concebido de esta manera. Y si esto vale para una nación, en el caso de un Estado plurinacional la validez de la afirmación es aún superior.

La adscripción nacional española, pues, no depende de la voluntad de los hipotéticos nacionales, sino que es una obligación heredada, a la que no es posible renunciar, ni tampoco es imaginable que pueda ser modificada en su identidad. El nacionalismo, tradicionalmente, aspira a recrear una determinada construcción de la identidad nacional que ya está hecha. Se trata de preservar una supuesta esencia nacional. Una verdad oficial que sustenta una identidad oficial. La finalidad última es generar un relato único y homogéneo, indiscutible e incuestionable, que justifique los atributos nacionales, su origen y su inmutable validez, para explicar y condicionar la nación de hoy, para determinar de forma invariable una identidad etnocultural estática, ya acabada y cerrada, para imponer a las nuevas generaciones la nación del pasado.

Esta actitud es la propia del nacionalismo español que pretende hacer coincidir la idea de Estado con la de nación española, obviando su carácter plurinacional, pero puede encontrarse también presente en ciertos planteamientos y actitudes, poco republicanos por cierto, por parte de algún sector de nuestra sociedad que es heredera de cierto nacionalismo catalán conservador y que, en ocasiones, actúa todavía como tal, aunque no se reclame del mismo.

En el caso catalán hay elementos de nuestro pasado y de nuestro presente nacional que hay que resaltar que nos hacen enormemente aptos para construir un proyecto nacional de éxito en el siglo XXI, siendo como somos una sociedad nacional diferenciada, con una larga tradición de acogida y, pues, de mezcla. Los valores que nos caracterizan en nuestra construcción nacional son, en buena parte, fruto de un proceso virtuoso de construcción de una identidad por parte del pueblo de Cataluña que es abierta, dinámica, inclusiva, orientada al futuro y ligada estrechamente a las libertades. Y hay que seguir construyendo sobre estos valores.

Cataluña y la libertad son una misma cosa, aseguraba el presidente Companys. Los enemigos de la una siempre lo han sido de la otra, las libertades nacionales de Cataluña y las libertades y los derechos de la ciudadanía siempre han estado estrechamente relacionados. Y si avanza la una, lo hacen también las otras.

La reinterpretación en positivo de este legado nos hace especialmente aptos para construir la nación del futuro muy diferente a otras experiencias y modelos históricos. La firme voluntad de los catalanes y las catalanas ha permitido extraer de nuestro pasado como pueblo los mejores valores para la nación del futuro. Por ello es imprescindible pasar página a cualquier dependencia del nacionalismo esencialista para abrazar una idea nueva de nación, porque es, justamente, aquí, el lugar de Europa donde se dan las mejores condiciones para la construcción de una identidad nacional renovada, dinámica y en construcción permanente.

Se trata de construir el proyecto nacional del futuro, principalmente, sobre la base de la defensa de las libertades, con base en la voluntad de las generaciones actuales, no de la de los catalanes de hace un siglo. Esta es la cuestión esencial en un proyecto con aspiraciones de continuidad en el tiempo. Al fin y al cabo, como afirmaba Joan Fuster, "Cataluña, los Países Catalanes, somos una aglomeración sucesiva de gente que, finalmente, hemos decidido ser catalanes".

Situar el punto gravitatorio de la nación en el futuro posible, abierto, construible, y no sólo en las esencias de un pasado cerrado e inmodificable, es un movimiento estratégico conveniente para la construcción de un proyecto nacional democrático, casi un giro copernicano muy sencillo de comprender: o renovarse o morir. Situar la nación como punto de llegada (y no exclusivamente como punto de partida, como hacen los nacionalistas) nos permite recoger más fielmente nuestra historia, lo mejor de nuestro pasado y profundizar aún más en nuestra tradición de nación inclusiva, que incorpora, que integra, que suma, que acoge, de nación que construye -siempre como un solo pueblo- su futuro nacional.

Justamente, el pasado es lo que los catalanes de hoy, de orígenes geográficos, familiares, sociales, culturales, lingüísticos y religiosos tan diversos, tenemos diferente. Pero el futuro, en cambio, es lo que todos podemos compartir, no importa de donde vengamos, apellidos que llevemos y el idioma que hablemos en casa, porque el futuro todavía no existe y, sobre todo, debe hacerse: lo podemos hacer, pues, y lo podemos hacer juntos, como nosotros queramos.

Una concepción de la nación basada en el lugar de nacimiento de los ciudadanos, por ejemplo, dejaría fuera del universo referencial de la catalanidad a personajes tan catalanes, en el imaginario colectivo, como el canario Ángel Guimerà, nombre clave del teatro popular, o el cordobés Pep Ventura, forjador de la sardana moderna, o el mismo Jaume I, nacido en Montpellier. El éxito del proyecto nacional catalán, depende en gran medida no de la nación del pasado, sino de la voluntad de construir la nación del futuro, de forma que genere la adhesión de toda la ciudadanía, no sólo de una parte, no exclusivamente de los nacionalistas. Por eso hay que afrontar el debate de las identidades complejas huyendo, precisamente, del nacionalismo esencialista.

Una concepción de la catalanidad reducida al pasado tiene el peligro de convertirse no sólo en anticuada, sino en absolutamente ramplona y nada atractiva para los catalanes de hoy, no importa cual sea su origen. Además, conlleva también otro riesgo aún superior a éste: entender que sólo son catalanes los que encajan con esta idea anticuada y estática de la catalanidad. Por esta vía reduccionista y miedosa, atrincherada a la defensiva en una noción de identidad inmutable con el paso del tiempo, ser catalán puede acabar siendo una opción de minorías en el territorio catalán mismo, y a que sean pocos los ciudadanos que se sientan identificados con ella, en vez de ser la condición mayoritaria, natural y deseada por toda la ciudadanía, identificada con una nueva manera de ser catalán: la de ahora, la de principios del siglo XXI. La estrategia contraria aboca a la catalanidad, como espacio de identificación nacional a un proceso imparable de minorización en su propio territorio.

La Cataluña que existe es la de nuestros días. Es conveniente conservar el pasado histórico en la memoria colectiva y facilitar el acceso a su conocimiento general, pero ni ese pasado es el de todos hoy, ni es ya el presente que se vive, ni el futuro hacia donde se avanza, entre otros motivos porque la gente, las personas, los protagonistas de las vidas reales, ya son otros. Algunos discursos nacionalistas esencialistas, más cargados de buena fe que de ciencia, formulan la catalanidad desde parámetros inconscientemente etnicistas, por lo que no hacen otra cosa que reducir a los catalanes, a la Cataluña misma, a un grupo más, en medio del mosaico de grupos de origen diverso en la sociedad catalana contemporánea.

Si resulta que en Cataluña sólo hay -y para siempre, transmitiendo la condición originaria, de forma permanente, a los descendientes- andaluces, murcianos, extremeños, aragoneses, gallegos, argentinos, ecuatorianos, colombianos, marroquíes, senegaleses, chinos, filipinos, rumanos, ¿dónde están los catalanes? ¿No hay catalanes en Cataluña? ¿No serán nunca catalanes también todos estos nuevos ciudadanos residentes aquí, en muchos casos desde hace ya décadas? Su pasado nacional en otro lugar, ¿les debe impedir tener un futuro nacional diferente y mejor, donde ahora viven? De hecho, ¿cuántos de los catalanes de hoy pueden decir que tienen los cuatro abuelos y abuelas, catalanes de pura cepa? La idea de una Cataluña mosaico, en la que sólo una parte de la sociedad es catalana, constituye una verdadera temeridad. Una parte catalana, minoritaria, junto a otra española, magrebí, ecuatoriana, senegalesa, argentina, rumana, filipina, a partes iguales, en una especie de feria de la diversidad permanente, sería el suicidio de Cataluña como país.

La Cataluña diversa vive y se reconoce en un espacio común y compartido, por decisión voluntaria, que es el de la catalanidad asumida, viva y dinámica, en construcción permanente por encima de los orígenes diversos de cada uno. La reconstrucción del sujeto histórico nacional catalán constituye un reto apasionante para los integrantes de la sociedad catalana de hoy. Esta reconstrucción debería tomar partido por los cambios ligados a la informacionalización, a la globalización y al desarrollo de las sociedades en red. La batalla de la modernidad y la sociedad del conocimiento es un objetivo nacional de primera magnitud, priorizando la inversión en capital humano, en una verdadera revolución educativa, invirtiendo en investigación como apuesta de futuro, democratizando además el acceso al conocimiento y a la cultura.

En unos momentos en que la noción de pertenencia es cada vez más flexible y, sobre todo, no excluyente, hay que ser muy cuidadosos en el uso de ciertas afirmaciones que, en ningún caso, son generalizables a todos los componentes de la sociedad catalana contemporánea. El "bote, bote, bote, español el que no vote", por ejemplo, excluye de la condición de catalanes a todos aquellos que también se sienten españoles y, pues, si se sienten es que lo son, también. Como los exiliados catalanes republicanos en México o en Argentina, nunca dejaron de sentirse y ser catalanes, para convertirse también en argentinos o mexicanos, sin reservas.

Los nuevos catalanes llegados aquí, procedentes de diferentes territorios peninsulares, tan bien retratados por Francesc Candel en 'Els altres catalans' ('Los otros catalanes'), vinieron, con una cultura y una lengua, pero también con todo un universo de referencias sentimentales y la mirada añorando unos paisajes que no eran los de aquí. Para ellos, España y todo lo español no iba asociado a una idea negativa, de opresión o de conflicto, sino que tenía unas connotaciones positivas o, cuando menos, de naturalidad y familiaridad, las cuales eran transmitidas así a sus descendientes.

La mayoría hizo suya la nueva realidad catalana de forma progresiva, comenzando por los valores colectivos. La lengua era la dificultad que muchos ya no superaron, ni por la edad, ni por el contexto represivo de la dictadura. Pero los hijos la adoptaron también como propia, junto al idioma de los padres. La mayoría asumió la nueva condición catalana, sin renunciar a la españolidad originaria, y esto explica buena parte del panorama de identidades complejas y simultáneas del país de hoy.

Hay que abandonar el empate infinito de la confrontación entre dos identidades esencialistas (la del nacionalismo que tiene Estado y la del nacionalismo que no lo tiene y lo sufre) para ganar la adhesión de la totalidad de la ciudadanía a la construcción de un proyecto nacional libre, común, compartido, de futuro, que se base en su voluntad mayoritaria: un proyecto nacional, pues, nuevo, donde no se plantee el conflicto catalán como un conflicto de identidades, sino de soberanía política. ¿Quién manda, aquí: los que vivimos aquí, o dejamos que nos manden a 500 kms de distancia?

La nueva idea de nación debe ser necesariamente abierta, como corresponde a una realidad social compleja como la actual, pero en la que la diversidad es vista como motor y fuerza, y no como amenaza a abatir. No se trata de construir una sociedad sólo para los ciudadanos nacionalistas, que sólo constituyen una parte, sino para la totalidad de ciudadanos de la nación, todos los nacionales, que son el todo. Sólo moviéndose nacionalmente, avanzando nacionalmente, se puede llegar a la plenitud nacional. Si se quiere jugar con los instrumentos habituales del Estado, el fracaso ya está asegurado por delante.

Para ganar, habrá que jugar con las herramientas propias. Nuestra patria es nuestro tiempo, la nación es nuestra gente y el país las personas que viven en ella. Lo que hay que transformar es el presente, eligiendo lo mejor del pasado heredado y diseñando el futuro que deberán construir todos los integrantes de la nación actual, del pueblo catalán de hoy. Cada generación tiene derecho a construir la nación, tiene derecho a fijar las nuevas reglas de juego. La nación heredada puede ser un elemento de identificación y el legado que fundamente una voluntad de futuro, pero la losa del pasado no puede ser tan grande que impida cualquier movimiento para levantarse y avanzar. El peso de la mochila de la herencia no puede impedir caminar libremente hacia la nación del futuro, haciendo los cambios que sean necesarios en su fisonomía identitaria, precisamente porque, con la solidez civil que le otorga la participación de las personas, sea ​​más perdurable en el tiempo, porque la fortaleza le vendrá de la adhesión libre y consciente de las personas que se identifiquen con ella. De este modo, la construcción nacional catalana es, al mismo tiempo, horizonte y lazo social.

El motor de la construcción permanente de la nación catalana no puede ser la nacionalista, agotadora y frustrante, obsesión antiespañola, con todas las dependencias limitadoras que este hecho conlleva. No se trata de encontrar un enemigo donde descargar las culpas de los problemas colectivos. A esto ya se han destinado, a lo largo de las últimas décadas, demasiadas energías y no es sensato destinarle más tiempo, ni tampoco distraer las fuerzas en la misma. El núcleo duro, el meollo de la nueva nación catalana, en construcción permanente, debería fundamentarse en estar centrados en la ilusión colectiva y democrática por la libertad y el bienestar material, democrático y cultural. Esto exige ir sumando con las nuevas incorporaciones demográficas, para trazar un destino nacional propio, que vaya a favor de todos los catalanes y catalanas. También de aquellos que con España tienen una buena relación, e incluso alguna implicación familiar, emocional, o bien les atrae su música, su paisaje, su cultura, pero a los que la tradicional posición de subordinación en el seno del Estado les molesta, les resulta un obstáculo para alcanzar sus sueños y proyectos personales.

Me refiero al proyecto de construcción de una nación catalana moderna, dinámica, inclusiva, en la que no se pregunta a nadie de dónde viene, sino hacia dónde va. Hablo de una nación donde caben aquellos que se sienten y, por tanto, son catalanes sólo (y mediterráneos y europeos...), junto con aquellos que se sienten, y son, catalanes 'también'. Catalanes y españoles; catalanes, muy argentinos y algo españoles; muy marroquíes, algo catalanes y un poco más españoles o nada. No importa.

Constatada la diversidad y complejidad del universo identitario en el seno de la sociedad catalana, aparece un solo factor en común que constituye, al mismo tiempo, el vínculo social más potente: la catalanidad, la circunstancia de que poco, mucho o bien del todo, la mayoría se siente catalana, simultáneamente o no con otras identidades, vividas y sentidas con intensidades también muy diversas. Y todos tienen el sueño catalán de prosperar aquí, con los suyos. Los nuevos catalanes, los venidos de fuera, aspiran a convertirse en gente de dentro. Los que acaban de comenzar su vida como catalanes, quieren hacerse un lugar, legítimamente, entre los catalanes de toda la vida.

Al fin y al cabo, ser catalán no es una herencia, ni puede ser una imposición. Ser catalán es una voluntad y, de hecho, nada consigue una solidez tan férrea como lo que es el resultado y la expresión de la voluntad de las personas libres y conscientes. Vale la pena reflexionar sobre esto, visto lo que expresan los últimos resultados electorales, en las grandes zonas metropolitanas, urbanas e industriales, pero también en la Cataluña rural. Hay que detenerse a repensar otro futuro para la gente de aquí. Y de aquí es todo el que quiera serlo.

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