Fin de viaje

Una extraordinaria novela, Hacia los confines del mundo, nos relata el famoso viaje del Beagle que en 1832 transformó por completo nuestra visión de la naturaleza y del ser humano. Pero su autor, Harry Thompson, prematuramente malogrado, no centra nuestra atención en la figura de Darwin, un poco ya monumental, sino en la del capitán del barco, Robert FitzRoy, un cristiano de origen aristócrata cuya contribución a la ciencia meteorológica quedó eclipsada por la espectacularidad de las tesis de su compañero y, en algún sentido, abortada, como su propia carrera en la marina, por la radicalidad y firmeza de sus principios. FitzRoy se suicidó en 1865, en efecto, vencido por unas instituciones en las que no tenían cabida sus convicciones humanistas y por una ciencia en la que no tenía ya cabida su Dios.

Puede decirse que lo que interesa a Thompson es el enfrentamiento filosófico entre FitzRoy y Darwin, amigos y rivales, en el marco más amplio de la empresa colonial británica, verdadero objeto de reflexión -con sus complejísimas refracciones y reverberos- de lo que es, al mismo tiempo, una felicísima novela de aventuras. Esta complejidad cristaliza a nivel narrativo en tres desconcertantes conclusiones de las que podemos aprender mucho.

La primera es que los mejores principios pueden proceder de las peores fuentes. FitzRoy, severo anglicano que busca por todas partes pruebas fósiles del diluvio universal, se juega la vida por defender el principio de igualdad entre los seres humanos y se enfrenta a las instituciones de su época para proteger los derechos de los indígenas. Pero se enfrenta también a Darwin, un liberal que hace verdadera ciencia, pero cuyo clasismo burgués le lleva a despreciar a criados y nativos y a justificar la explotación obrera en las fábricas de Inglaterra. Chesterton habría disfrutado muchísimo leyendo la discusión sobre esclavitud y capitalismo entre los dos grandes hombres del Beagle.

La segunda es que la ciencia no posee luz suficiente para disolver las tinieblas de la superstición ni, por supuesto, las de la injusticia social. Darwin aparta de un manotazo todos los prejuicios religiosos de su época para acercarse con objetividad a la naturaleza, pero al mismo tiempo confía ciegamente en la superchería de un falso médico inglés que acaba con la vida de su hija y está a punto de acabar también con la suya. Darwin se atreve a pensar hasta el fondo hipótesis rechazadas por la tradición más reaccionaria, pero maltrata a los porteadores indígenas que acarrean su cama Andes arriba y se deja fascinar por el dictador Rosas, cruel gobernante racista de Argentina.

La tercera conclusión es la más perturbadora. Si los juzgamos por sus efectos destructivos, no hay ninguna diferencia entre los que quieren ayudar a los indígenas y los que quieren simplemente explotarlos o exterminarlos. Este es el amargo descubrimiento de FitzRoy al ver morir a los que amaba y había querido educar y proteger: la empresa colonial actualiza como mal todas las buenas intenciones; los mejores principios acaban haciendo el mismo daño que los más sucios intereses. Esa es una de las caras del imperialismo. Pero también hay que pensar -con no menos desazón- la otra vertiente. Pues resulta que esas buenas intenciones o incluso algunos principios universales (pensemos en Bartolomé de Las Casas o en el derecho internacional de la escuela de Salamanca) son inseparables de la empresa colonial y sus atroces crímenes y desmanes. Aún más: los avances científicos mismos -las ciencias epistemológicamente mejor fundadas- sólo podían nacer en condiciones en las que el ser humano era sistemáticamente despreciado. ¿Era posible una manera de izquierdas de cartografiar Tierra del Fuego? ¿Era posible -aún más- descubrir y desarrollar la teoría de la evolución en un marco igualitario y de entendimiento entre los pueblos? La novela de Thompson deja este rescoldo de inquietud a los que defendemos al mismo tiempo los principios de FitzRoy y la ciencia de Darwin: hay que combatir el colonialismo y hay que defender los principios y descubrimientos que sólo podían hacerse en su estela y bajo su ala.

El bien es destructivo en condiciones coloniales. Pero las condiciones coloniales mismas han llevado a la humanidad a un punto en el que, por primera vez en la historia, tras embestidas brutales y traumáticas expansiones, los principios y el conocimiento han quedado parcialmente emancipados de la base material que los hacía posibles al tiempo que los corrompía o engrilletaba. La descolonización formal del mundo -fruto de guerras y violencias, pero también de la redondez misma de la tierra- y la estandarización tecnológica -contradicción del crecimiento capitalista- permiten hoy una imaginación compartida, separada de los medios de destrucción y de los intereses de sus propietarios. Ha llegado el momento de que FitzRoy y Darwin se den recíprocamente la razón.

 

 

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