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Vigilar y castigar PDF Imprimir E-mail
Xavier Antich   

Son apenas unas décimas de segundo, pero, en su momento, dieron mucho que hablar. Se trata del capítulo final de la serie El ala oeste de la Casa Blanca y, en concreto, de la escena durante la cual Jed Bartlet, el presidente demócrata de EE.UU. en la ficción, recoge sus bártulos del despacho oval para dejar paso a Matt Santos. Ahí, el personaje encarnado por Martin Sheen se dirige a la biblioteca y empieza a guardar sus libros. La cámara no permite reconocerlos todos. Alguno sí, y claramente. Como Society must be defended, la versión en inglés del primer curso publicado de los que impartió el filósofo Michel Foucault en el Collège de France entre 1971 y 1984.

El detalle de la serie de Aaron Sorkin no es inocuo. Cualquiera que conozca El ala oeste… ya sabe que Bartlet es un tipo, además de inteligente y brillante, extraordinariamente preparado desde un punto de vista intelectual. Nobel de Economía antes de acceder a la presidencia, sus conocimientos alcanzan a todas las esferas de la cultura, desde la historia o la literatura hasta la teoría política o la música. No extraña, pues, esta aparición de un libro, traducido al inglés en el 2003, de uno de los pensadores de referencia en las últimas décadas del siglo XX. Pero lo que no pasa desapercibido a ningún lector de Foucault es que un personaje como el que representa el primer mandatario del país más poderoso del mundo está literalmente en las antípodas del posicionamiento filosófico y político del pensador francés. De ahí, a pesar de la curiosidad intelectual de Bartlet, lo sorprendente de la revelación. ¿Qué hacía ahí, pues, ese libro?

Hay que defender la sociedad (versión castellana en Akal) es el curso de Foucault de 1976, impartido, justamente, un año después de la publicación de uno de sus libros mayores, Vigilar y castigar, un estudio en el que analiza el nacimiento de la prisión y del resto de instituciones disciplinarias que calcan su modelo: la escuela, el hospital, la fábrica o el cuartel. En el texto, Foucault documenta el origen histórico de la sociedad de control y sus mecanismos más efectivos de funcionamiento, destinados a someter al cuerpo social a una vigilancia y un control exhaustivos a través, no ya del poder represivo, sino de un conjunto de disciplinas que persiguen el sometimiento de forma más sutil que a través del despliegue de la violencia física. Vigilar, en definitiva, para controlar y domesticar la tendencia del cuerpo social a desbordarse y desordenarse. El sistema carcelario como modelo de construcción social.

El curso de 1976 desarrolla (y en parte, corrige, pero esto no importa aquí) algunas tesis de Vigilar y castigar: sobre todo, las que intentan comprender el funcionamiento y la circulación del poder en la sociedad disciplinaria. Y el punto de partida es la célebre afirmación de Clausewitz de acuerdo con la cual “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Foucault invierte esta afirmación para sostener que “la política es la guerra continuada por otros medios”. De acuerdo con esta posición, “la guerra puede verse como el punto de tensión máxima, la desnudez misma de las relaciones de fuerza”, lo cual equivale a decir que “la relación de poder es en el fondo una relación de enfrentamiento, de lucha a muerte, de guerra”.

Ahí surgiría, piensa Foucault, una concepción de la política basada en un discurso sobre la guerra entendida como relación social permanente, según la cual ni el poder político comienza cuando la guerra cesa, ni la ley es una pacificación, pues la guerra continúa, durante la paz, en todos los mecanismos de poder: “La guerra es el motor de las instituciones y del orden”. De ahí que sea preciso descifrar la guerra bajo la paz, a partir del reconocimiento de que el frente de batalla atraviesa toda la sociedad: “Es preciso encontrar la guerra, ¿por qué? Pues bien, porque esta guerra antigua es una guerra permanente. En efecto, tenemos que ser los eruditos de las batallas, porque la guerra no ha acabado, las batallas decisivas aún se están preparando, la batalla decisiva la tenemos que ganar nosotros. O sea que los enemigos que tenemos enfrente siguen amenazándonos y no podremos llegar al final de la guerra a través de alguna cosa como una reconciliación o una pacificación, sino sólo en la medida que seremos efectivamente vencedores”. A la vista de todo esto, no extraña la presencia del libro de Foucault en la biblioteca de Bartlet.

Pero, ¿puede ser de ayuda pensar en este libro para reflexionar sobre la tendencia recurrente del Gobierno de Rajoy, por una parte, a convertir la política en el ejercicio continuo del enfrentamiento antagónico entre posiciones divergentes, y, por otra, a desplegar una maquinaria legislativa que incremente los dispositivos de control disciplinario de sometimiento del cuerpo social? ¿Pueden ser leídas iniciativas tan provocadoras e involutivas como la ley Wert para la mejora de la calidad educativa (Lomce), el anteproyecto de ley orgánica de Seguridad Ciudadana de Fernández Díaz, la reforma de la justicia y del Código Penal de Ruiz-Gallardón, o el nuevo sistema de financiación autonómica de Montoro, como mecanismos de enfrentamiento y, a la vez, de disciplina, entendidos ambos en el sentido de Foucault? No parece que pueda contestarse, a todas estas preguntas, con un no. Si así fuera, estaríamos asistiendo, en cierto sentido, a una nueva política ante la cual, realmente, toda prevención sería poca.

La Vanguardia