El problema Imprimir

Tags: Pablo Antoñana

El problema de este país existe hoy, le dan nombre de conflicto o lo niegan o ignoran, pero que nadie cierre los ojos o le ponga vendas, está aquí y viene de muy lejos, como contencioso muy viejo y no resuelto. Quienes tienen en su mano las claves para desatar el nudo pueden hacerlo si quieren, aunque las últimas actuaciones judiciales y otros pronunciamientos de políticos que están en el candelero, según viene en los periódicos, se obstinan en negarlo y entorpecerlo. No quiero entrar en disquisiciones jurídicas y constitucionales que a la postre se reducen a «razón de Estado» y, si seguimos a Bakunin, «razón de estado es crimen de estado». La herida está sin cicatrizar, rezumando podre. Hubo guerras que arrasaron esta tierra y dejaron la cuestión pendiente, y así sigue, tal como quedó, envenenada. Hay obcecada obstinación en negar que exista y se orilla, metiendo la cabeza, como el avestruz, bajo las alas.

Comenzamos el mes de junio con la noticia reciente de que Montenegro se ha declarado independiente, y sin derramar siquiera una gota de sangre para darle salida a su problema pendiente. En otras ocasiones parecidas tampoco hubo y, salvando distancia y tiempo, hay ejemplos como la separación sosegada de Suecia y Noruega, ocurrida en 1905, de la que da cuenta la infanta Eulalia de Borbón cuando escribe en sus memorias: «se efectuó la separación pacíficamente, sin agriarse las relaciones, sin otro interés que atender los deseos de cada pueblo. Esto causó enorme impresión en España, pues a los españoles, amigos de sojuzgar, adictos a resolverlo todo por la fuerza, el hecho resultaba desconcertante». Ni quito ni pongo, sólo transcribo. Ejemplos más cercanos los tenemos en Chequia y Eslovaquia.

Enseguida compruebo que lectores de periódico en cartas al director sacan consecuencia y sacan comparaciones con Navarra. Dicen: Montenegro, tiene 13.812 km2 de extensión, Navarra 10421. El censo de Montenegro es de 670.000 habitantes, el de Navarra ronda los 600.000. Montenegro fue reino hasta 1918, y por esos días gozaba de poder legislativo con su Congreso y moneda propia. Sigo con el cotejo. Navarra fue reino con dinastía originaria hasta 1512, y como reino tutelado y protegido hasta 1840, tal que el Estado Asociado de Puerto Rico, y un virrey representaba al rey de Castilla, que distinguía el ordinal de la nomenclatura. Así, a Fernando VII de Castilla le correspondía el Fernando III de Navarra y, para que no haya dudas, consta fehacientemente en la moneda que Navarra acuñó en ceca propia hasta 1837, fecha en que se le privó de ese pequeño atisbo de soberanía, pues luego, en 1840, como pretexto de la «unidad constitucional», se le despojó de la condición de virreinato; se suprimieron sus Cortes, donde se promulgaban leyes; se corrieron las aduanas del Ebro a los Pirineos. Hasta ese día algunos historiadores estiman que «Navarra era un estado dentro de un estado», aunque por gracia y desgracia de una guerra pasó a ser una provincia más dentro de las cuarenta y nueve establecidas y diseñadas por Javier de Burgos. Sabemos por el libro publicado en 1852 por Don Francisco Jorge Torres Villegas con el título “Geografía hispano-científica” que España se divide en «asimilada» («las nueve provincias de la Corona de Aragón»), «uniforme» («comprende treinta y cuatro provincias de la Corona de Castilla y de León») y la «foral» (copio: «las cuatro provincias exentas o forales», «la foral de Navarra y las provincias vascongadas, llamadas provincias exentas y no tienen milicias, ni estancos, conservan régimen especial para la administración y derecho común, y para la contribución pecuniaria y de sangre se valen de los medios que por sí mismos estiman convenientes», «la Navarra española había continuado con sus Cortes, consejo, virreyes y gobierno especial hasta 1839 en que se hizo el arreglo de los fueros»).

Y ya pareció resuelto el problema, pero no dejó de existir, sino que comenzaba, y en versión moderna, con la derrota del Ejército carlista, se iba a extender a los demás países de Euskal Herria. Muerto el perro se acabó la rabia, eso pensaron y sin embargo es cuando empezaba. No dejó de existir, al menos en Navarra, desde la conquista por el Ejército del duque de Alba. He seguido cogido de la mano a escritores «no sospechosos» como Puy Huici, Idoate, Orta Rubio, Luis Correa, testigo presencial de la conquista. Y les dejo hablar para que no se me tilde de «partidario» o «fundamentalista», «no políticamente correcto» arrojado como vituperio. En la “Historia de la conquista de Navarra”, Correa dice: «e dada licencia (por el coronel Villalba) a sus infantes, con mucha crueldad los moradores del valle fueron sometidos a saco, pegando fuego a las casas que las llamas alumbraban los montes», «el coronel mandó fazer esta crudeza y con esto escarmentarían los comarcanos (...) muchas doncellas forzadas, y los infantes se estendían con la codicia del robo (...) con tanto estrago en gran porfía venían a dar la obediencia», «dando licencia al ejército que pudiesen prenderlos (a los habitantes), y usar de ellos como esclavos, así viejos como mozos, mujeres, niños y poseer sus bienes». Y luego viene la ocupación: «está claro que Navarra estuvo bajo un ejército de ocupación no cien años sino muchos más», «la conquista se hizo a sangre y fuego» (Puy Huici). Florencio Idoate escribe: «la persistencia y la carga que suponía para Navarra el ejército de ocupación, sostenido en buena parte por los pueblos». Añade que hubo algunas conspiraciones, como la del capitán Artieda, y el ambiente de protesta y descontento permanente que no pudo ahogar del todo el ejército de ocupación que permaneció en Navarra un siglo. Se construye la ciudadela de Pamplona por orden de Felipe II, en 1572, por el ingeniero Antonelli: «porque así se defenderá del exterior y se sujetará a los navarros». Luego la coerción rigurosa. Esta vez es Orta Rubio quien nos dice: «La represión que siguió a la conquista, la huida de muchos navarros perseguidos por sus ideas, confiscación de bienes, destierros y ejecuciones». Sobre los excesos y agravios de la ocupación son hurgados con obstinada precisión por Josemari Esparza en “Abajo las Quintas”, y de ese libro entresacamos: (año 1516): «los soldados dicen que si no se les paga saquearán la ciudad». Año 1575: «levantamiento contra los excesos de la compañía del capitán Prieto». Año 1523: «La gente de guerra hace muchos agravios, piden bastimentos, maltrato de personas y bienes (...) han acaecido muertes, heridos, violencia y daños». Año 1558: «los virreyes constatan cómo los navarros tienen disposición a hacerse franceses o ponerse de su lado en caso de invasión». La deserción está a la orden del día, y en 1705 se condena a pena de muerte a quienes oculten o amparen a los soldados desertores.

Sobran textos para insistir sobre Navarra como problema, y acabo con María Puy Huici, que en 1993 sostiene que «Navarra no ha salido de las consecuencias de la conquista». Cierto, pues luego de la encarnizada guerra de agramonteses y beamonteses, sometida, sojuzgada a ocupación militar, luego de una calma coercitiva, en que «la actitud de los navarros, por miedo, por hacer de la necesidad virtud, por la costumbre, luego» se sometieron. Ha regresado a la bandería. Primero fueron carlistas y liberales, la guerra civil enciende los espíritus, regresan las banderías, «vascos y navarreros», se cultiva la crispación, la intransigencia, el odio, y se le echa leña o gasolina al fuego que dormía entre cenizas.

Es lo de siempre. Y esto me trae a la memoria el haber oído a más de un anciano de los pueblos donde serví de humilde escribano esto que define y explica el ayer y el hoy mejor que muchos libros: «soy navarro de nación/ español si me conviene/ y si vienen malas que buenas/ francés el año que viene». Otro recibido de boca vieja: «Me cago en Prim y en Topete/ en Canovas y Castelar/ y en todo peninsular/ desde la Coruña hasta Albacete». Hay otro más contundente que lo ahorro por prudente cautela.

No quiero que se vea este escrito como un chovinismo a la navarra, bastante tenemos con el que viene de Madrid, ni que pretenda reinstaurar un reino, como re- cientemente ha ocurrido aquí, tan solo hago constar que el problema, conflicto, o como se le llame, está aquí, todavía entre rescoldos de ceniza, niéguese o no, y que hay que ponerse manos a la obra y sacarlo de su crispación. Cómo, ellos sabrán, «doctores tiene la Santa Madre Iglesia».

Gara