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¿Bizkaia por su independencia? PDF Imprimir E-mail
Gabirel Ezkurdia   

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Desde hace meses un debate subyace en la sociedad vasca. El proceso de recuperación de nuestra conciencia histórica, desarrollado tanto por Nabarralde, como por otras tantas iniciativas investigadoras del ámbito contemporáneo que ahondan en las consecuencias de la sublevación filofascista de 1936 en nuestro pueblo, han ido haciéndose un espacio en la reflexión pública. Mucha gente se sorprende, a otros nos descoloca nuestra propia ignorancia, los más disfrutan de una ventana de aire fresco por la que entra un huracán de oxígeno. No exagero, es tiempo de regeneración.

Desde hace pocas semanas la iniciativa Nabarralde va presentándose en la Navarra Occidental, en Bizkaia. Esas sensaciones mencionadas son las más comunes. Para unos «es la pieza que me faltaba para terminar de completar el puzzle», para los más un impactante notición: «ahora lo comprendo todo». Un manto de ignorancia premeditado y alevoso está siendo rasgado, y comienza a verse la luz.

El eje fundamental sobre el que se asienta la ocupación de la Navarra Occidental en 1200 fue, sin duda, lograr que los vizcainos, alaveses o guipuzcoanos (ni qué decir de los riojanos o cántabros) nunca fuéramos conscientes de nuestra histórica pertenencia al Reino de Pamplona primero, y al Reino de Navarra después.

Sí, ha llovido mucho, pero es crucial. Un inmenso porcentaje de los vizcainos, por ejemplo, desconoce dicho dato. Desconoce que Castilla se anexionó por etapas Bizkaia, que hubo invasión y ocupación militar, por un ejército inmensamente más poderoso (algo me recuerda a Irak), que los ocupantes arbolaron todo un sistema basado en los fueros castellanos (muchos de ellos basados en el fuero navarro de Bizkaia) dividiendo Navarra. Una ocupación que «fundó Bilbao» sobre los cascotes de las defensas navarras de Malmasín y que nunca permitió que los vizcainos cuestionaran la desde entonces «voluntaria entrega» o «pacto entre iguales» entre Castilla y Bizkaia. Para la mayoría de los vizcainos, Bizkaia siempre ha sido soberana; es más, el rey castellano venía a Gernika a jurar «nuestros fueros» sumiso y respetuoso. Sí, Gernika también fue «bombardeada por los rojos».

El hecho de que Bizkaia fuera invadida y conquistada junto al resto de provincias del reino navarro no supone nada en sí mismo. Anécdota histórica y punto. Pero entonces, ¿por qué esa insistencia española y castellana por falsear la Historia? ¿Por qué esa obsesión durante 800 años? Sin duda, porque nada es en balde. Nuestra Historia no nos da más derechos o prerrogativas, pero pone a cada uno en su sitio. Es más, nuestra Historia real, la que debemos redescubrir, porque los «no nacionalistas» nos la han ocultado, es el elemento que nos explica quiénes somos y qué hacemos aquí. Nos cuenta por qué hoy muchas cosas que pasan y otras que no pueden pasar, siguen siendo una desgraciada constante en nuestro pueblo.

Esos «no nacionalistas» orondos de «nación española» están orgullosos de su Historia. De la Historia que han ido maquinando al margen de la verdad histórica, la Historia que los vencedores escriben. Pero nosotros, los que deseamos recuperar nuestra estatalidad debemos renunciar a nuestra Historia, olvidarnos de ella, para que «nadie se enfade», para llegar a «espacios de convivencia comunes». Olvidar que somos un estado, reconocido internacionalmente, sojuzgado, como Escocia o Flandes. Obviar que nuestro pueblo vive un proceso de naciocidio apabullante durante siglos, que sólo será detenido si es capaz de recuperar la estatalidad. Un proceso en el que nuestra lengua, nuestra cultura, nuestra Historia, nuestras «celebraciones» son agredidas, prostituidas o cambiadas y que reivindicarlas es «pertenencia a banda armada», «amenaza» o «agresión a la convivencia con los que no piensan así».

Y nuestro pueblo, el pueblo del euskara, el estado navarro sojuzgado, debe asumir su «inexistencia», debe sufrir el castigo de haber sido excesivamente adelantado en su tiempo, y haber constituido un estado reconocido internacionalmente, cuando ni España, ni Francia existían, ni como estados ni como proyecto. Desconocer, por ejemplo, que los representantes del reino de Navarra acudían a Roma en representación de los vascos que vivían bajo dicha jurisdicción, mientras en la península y en el continente no existían las que luego serían potencias expansionistas multinacionales de carácter imperial, España y Francia.

Ay, me zumban los oídos, alguien ronronea: «rancio historicismo, panavarrismo, fatuo esfuerzo» «lo que vale hoy es la voluntad de la ciudadanía», «somos y queremos ser»

No hay duda, sólo que «fuimos, somos y queremos ser» o «porque fuimos somos, y porque somos, seremos». ¿Por qué hemos de renunciar a nuestra historia? ¿Abríamos de renunciar a nuestra libertad también para «no molestar», para ser «educadamente amables»? Ser conscientes de nuestra Historia no está reñido con que hoy la voluntad popular sea la que defina nuestros parámetros políticos. Pero, entender nuestro espacio político desde una perspectiva histórica integral, como planteaba Anacleto de Ortueta, nos permite ver hoy cual es el eje práctico para la recuperación de nuestra territorialidad peninsular, nos permite visualizar cual es el guión sobre el que debe descansar el único camino que garantiza nuestra supervivencia como nación: la recuperación del Estado vasco de Navarra, la constitución de la República vasca de Navarra independiente, como urgente paso para readecuar la presencia de Euskal Herria en el seno de la Unión Europea. Así, puede que los astilleros vizcainos, o sea navarros, de La Naval tuvieran alguna viabilidad, si realmente fuera vigente el estado de Euskal Herria, o sea el estado de Navarra en la UE, sin «intermediarios», sin SEPIs, Pepes, Tatos o ZetaPes.

Hay un escenario para cerrar definitivamente tantos años de conflicto. No hay duda de que la llave reside en que la sociedad de Euskal Herria, o sea de Navarra, decida, pero quizá por eso, los parámetros para crear ese escenario debieran tener en cuenta nuestra Historia, sin acritud, sólo para ser coherentes con nosotros mismos y nuestros antepasados inmediatos o ancestrales. Desde el respeto, el cariño y la verdad al ayer, podremos crear hoy un mañana justo, floreciente y digno; lo demás son atajos inconsistentes o proyectos artificiales.

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