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Las dos irlandas y el Brexit PDF Imprimir E-mail
La Vanguardia   
Lunes, 20 de Marzo de 2017 13:25

EDITORIAL

Crece la preocupación en las dos Irlandas por el impacto del Brexit. Cuando se haga efectivo, la frontera entre ellas se convertirá en frontera exterior de la Unión Europea (UE). Actualmente hay libre circulación de personas, capitales y mercancías entre el norte y el sur, dado que ambos son territorios comunitarios. Pero eso cambiará cuando Irlanda del Norte, en tanto que territorio británico, deje de pertenecer a la UE. Nunca hasta ahora, desde 1922 –cuando la República de Irlanda se independizó–, había habido tanta unidad económica y social entre las dos. De ahí que se viva con enorme recelo la posible reinstauración de los controles fronterizos.

Si el Brexit es duro, como todo indica que lo será, los problemas entre las dos Irlandas están asegurados, a menos que se negocie un régimen especial que permita la adopción de controles fronterizos y aduaneros flexibles. En otras palabras, un Brexit blando para Irlanda del Norte, que es un territorio que goza de amplia autonomía respecto a Reino Unido. Eso es lo que quieren las autoridades de las dos Irlandas, que se niegan tajantemente a la reinstauración de una frontera física. Parece, además, que la Comisión Europea lo vería con buenos ojos. Pero ello dependerá de las negociaciones del Brexit entre Londres y Bruselas.

Lo cierto es que Irlanda del Norte, tras el Brexit, se convertirá en el único punto de entrada terrestre al Reino Unido a través de un país comunitario, además del de Gibraltar. La pregunta que hay en el aire es cómo lo hará el Reino Unido para controlar el tráfico de personas y mercancías en esta frontera que tiene cuatrocientos kilómetros, con pequeñas carreteras y doscientos puntos diferentes en los que se puede pasar de un lado a otro y que registran un tráfico de dos millones de vehículos al mes. La instauración de controles fronterizos entre las dos Irlandas, para lo que serán inevitables barreras físicas, pese a la intención del Gobierno británico de instalar sólo cámaras de seguridad digitales, puede tener además un efecto adverso colateral. Podría llegar a ser visto por la ciudadanía como un paso atrás en el proceso de paz y tendría un impacto psicológico sobre la idea de la reconciliación entre las dos comunidades, la católica del sur y la protestante del norte, históricamente enfrentadas. Hay incluso quien teme que se reabran viejas heridas y que se pongan en peligro los acuerdos de paz de Viernes Santo, que pusieron fin en 1998 al violento conflicto vivido en Irlanda del Norte durante treinta años, con sangrientos enfrentamientos y atentados que costaron la vida a tres mil personas.

Los ciudadanos de Irlanda del norte votaron mayoritariamente contra el Brexit. A las empresas no les interesa salir de la UE porque ello les supone renunciar al libre acceso –sin aranceles– al mercado único, incluida la República de Irlanda, de la misma manera que el país se quedaría sin las millonarias subvenciones que recibe anualmente de Bruselas. Pueden, por tanto, perder mucho. Por eso una posibilidad de futuro es que el Brexit pudiera acelerar la reunificación de la isla para que Irlanda del Norte siguiera en la UE, algo que defiende la República de Irlanda. Esto sería posible gracias al citado acuerdo de Viernes Santo, por el que el Reino Unido, entre muchas otras cosas, concedió a Irlanda del Norte el derecho a incorporarse a la República de Irlanda si la mayoría de sus ciudadanos lo decidiera. No cabe descartar por tanto que algún día haya un referéndum sobre la cuestión. El Reino Unido, en consecuencia, con el Brexit corre el riesgo no sólo de perder Escocia sino también Irlanda del Norte. Pero de momento, y a causa del Brexit, todo son incógnitas en las dos Irlandas.

 

BREXIT: LA FRONTERA ENTRE EL ULSTER E IRLANDA SERÁ TAMBIÉN LA DEL REINO UNIDO CON LA UE

Hace casi un siglo que los 500 kilómetros que van de Derry a Dundalk, un paisaje de verdes praderas y colinas ondulantes que parecen recién sacados de una postal y donde nunca nadie habría roto un plato, son la frontera de la discordia. Desde que Michael Collins firmó el tratado Angloirlandés de 1921, y accedió a la partición de Irlanda y la posibilidad de que los condados del Ulster con mayoría de población unionista optaran por permanecer bajo los auspicios de la corona británica. A ello siguió la independencia, la guerra civil de Irlanda, su propio asesinato, el nacimiento del IRA y, mucho tiempo después, unos enfrentamientos (los troubles) que costaron la vida a más 3.600 personas.

Si a primera vista el color de la frontera entre el Ulster y la República de Irlanda es el verde, en la realidad es el rojo. Rojo de la mucha sangre derramada en las granjas de Donegal donde los provisionales torturaban a sospechosos de delación, en las cunetas de las carreteras de Tyrone donde soldados del ejército británico arrojaban los cuerpos de los supuestos terroristas a los que mataban, en los hoteles de Fermanagh o Monaghan donde bombas republicanas y lealistas segaron la vida de civiles que celebraban una boda o un bautizo, en las playas de Down donde de vez en cuando aparecen todavía los huesos de los desaparecidos del IRA, secuestrados hace cuarenta años y de quienes nunca más se ha vuelto a saber nada, en los bosques de Armagh donde paramilitares protestantes o miembros del Royal Ulster Constabulary (RUC, la antigua policía de la provincia) asesinaban a simpatizantes nacionalistas sin mayores contemplaciones.

 

PRESENTE

La frontera es invisible, y sólo las señales de tráfico indican el paso de un país al otro

Pero esta idílica línea de separación, hasta casi la vuelta de siglo fracturada por puestos fronterizos y torres de observación del ejército, dejó de chorrear sangre en 1998 con los acuerdos del Viernes Santo, tal vez el mayor logro de Tony Blair. En las dos últimas décadas la frontera de la violencia se convirtió en la frontera de la prosperidad. Los granjeros recibieron subsidios tanto del gobierno británico como de la Unión Europea, y los más avispados se las ingeniaron para cobrar de ambos lados (las vacas entraban por la República y salían por el Ulster, o viceversa, y en ambos lugares hacían caja). Los supermercados y los comercios aprovecharon las fluctuaciones de la moneda, los del Ulster se llenaban los fines de semana de irlandeses cuando bajaba la libra, y viceversa cuando bajaba el euro. Y lo mismo ocurría con las gasolineras. Uno sólo sabe que pasa de un lado a otro porque de repente, si se fija, las líneas de la carretera están pintadas de otra manera, las señales de tráfico tienen una estética diferente, o el límite de velocidad es en millas en vez de kilómetros. Se anuncia una oficina de cambio, o uno cae en que el banco de Castlederg es un Barclays, cuando hace unos minutos el de la calle Mayor de Ballyboffey era un Bank of Ireland.

Hace dos décadas, cuando se firmó la paz, las unidades especiales del ejército británico (SAS) hicieron las maletas, los paramilitares del IRA escondieron o entregaron las armas, las tanquetas del RUC dejaron de patrullar las carreteras secundarias y todo el mundo tan feliz y contento, era imposible imaginar que en el 2017 el Reino Unido decidiría abandonar la Unión Europea. Y que esos 500 kilómetros que van de Dundalk a Derry, pasando por pueblos con nombres tan poéticos como Crossmaglen y Middletown, o Ballyconnel y Castleblayney, se convertirían en la única frontera terrestre entre Gran Bretaña y el resto de la UE. Tal vez incluso en una frontera ideológica entre el populismo nacionalista del Brexit y Donald Trump, y la Europa de la cooperación, las democracias liberales y las instituciones transnacionales.

¿Cómo será dentro de unos años esta frontera zigzagueante, donde la carretera entra y sale de un país a otro hasta cuatro o cinco veces en menos de veinte kilómetros, con centenares de puntos fronterizos invisibles, que tanto ha costado apaciguar? ¿Seguirá siendo una frontera blanda, digital, patrullada con cámaras de seguridad pero sin barreras ni agentes, como el gobierno británico dice que va a “intentar”? ¿O será dura y habrá un regreso al pasado, con colas kilométricas e hileras interminables de camiones (la cruzan 10.000 al día) para ir de la República al Ulster y viceversa? ¿Cómo afectará a la economía y al comercio? ¿Y al proceso de paz? Es –junto con el sorteo de la Champions, las carreras de caballos y la forma de los equipos de fútbol gaélico– uno de los principales temas de discusión el día de San Patricio en los pubs adornados con tricolores irlandesas y oferta de dos pintas de Harp o de Guinness al precio de una durante la happy hour, lo mismo en Garrison que en Glencoo, en Swanlinbar que en Derrylin, en Pettigo que en Auchnacloy, en el Norte que en el Sur. El Brexit y sus consecuencias van a impactar de manera todavía impredecible sobre la vida de los habitantes de la región, aunque los irlandeses tengan derecho al pasaporte británico, y los del Ulster al irlandés, fruto aún de la vieja relación colonial.

En Derry (o Londonderry como dicen los unionistas), Tommy Smith, conductor de autobús, desfila religiosamente todos los veranos para celebrar el día de 1688 en que los jóvenes protestantes de la ciudad bloquearon las puertas de la muralla para impedir la entrada de las tropas del rey católico Jacobo II. Es votante del DUP, el único partido del Ulster favorable al Brexit: “Si somos un Reino Unido hemos de actuar como indica la palabra, y si la salida de Europa es lo mejor para el conjunto, pues hay que impulsarla con todas sus consecuencias. No podemos ser rehenes de las amenazas del Sinn Féin (principal partido republicano y antiguo brazo político del IRA) sobre un supuesto peligro de que vuelva la violencia. Si vuelve, será porque ellos lo quieren, los terroristas no se reforman así como así. Pero estamos preparados para plantarles cara como haga falta”.

El conjunto del Ulster votó por un 56% a un 44% a favor de la permanencia en la UE, con los protestantes divididos y los católicos abrumadoramente en contra del Brexit. En la actualidad funciona con un gobierno provisional, ya que el Sinn Féin forzó elecciones –bajo el pretexto de un escándalo de mala gestión relacionado con un programa energético– para capitalizar el aumento de su popularidad en el marco de la actual incertidumbre. En las recientes elecciones el bloque nacionalista ganó por primera vez más escaños que el unionista, y el Sinn Féin se quedó a uno sólo del DUP. “El Brexit justifica un referéndum para determinar si los norirlandeses queremos seguir siendo parte del Reino Unido aunque nos quedemos fuera de la UE, o bien reincorporarnos a la República un siglo después de la partición y acabar de una vez por todas con el dominio imperial inglés”, señala su diputado Mickey Brady, que representa en la Asamblea de Stormont al condado fronterizo de Newry y Armagh, fortaleza republicana.

Los empresarios están muy preocupados por la perspectiva de un Brexit duro, que crearía una disfunción entre las tarifas a los productos británicos y del resto de la UE y obligaría a algún tipo de control al paso de mercancías entre el Ulster y la República, si no en la misma frontera, sí en los puertos y aeropuertos de la isla, o en puestos aduaneros situados a varios kilómetros de la frontera misma. En el peor de los escenarios, hasta podría haber campamentos de refugiados esperando la entrada en el Reino Unido, al estilo Calais. Es el caso, por ejemplo, de Rory Bealham, que tiene una tienda de calzado en el centro comercial de Middletown: “Cobramos de modo indiferente en libras y en euros, lo mismo que todo el mundo, hasta los mendigos y los músicos callejeros –dice–. Los ordenadores y las cajas registradoras están preparados para ello, y los clientes lo mismo vienen de Dublín que de Belfast. Todo lo que sean complicaciones nos vendrá mal, reducirá los márgenes de ganancia y el volumen de negocios, y tendré que despedir trabajadores. Todos saldremos perdiendo”.

 

FUTURO

Londres propone una frontera “digital”, con cámaras de seguridad, pero sin controles

Los agricultores y ganaderos están divididos de acuerdo a líneas religiosas, tribales y políticas. “La salida de la UE nos puede liberar de la abrumadora burocracia que nos asfixia, y a lo mejor salimos ganando”, dice Jackie Bowe, cuya granja suministra patos a los restaurantes chinos de todo el Reino Unido. Tommy Conan, dueño de una planta procesadora de productos lácteos en Warrenpoint, está totalmente en desacuerdo: “La gente –apunta– se olvida muy pronto de que Irlanda del Norte recibe 400 millones anuales de euros en subsidios de la Unión Europea, y que el 35% de nuestras exportaciones son a la UE, y sólo el 10% al resto de Gran Bretaña. ¿Alguien se puede creer que Theresa May, en su infinita generosidad, va a compensarnos de esas pérdidas? Si a los 600 millones de litros de leche que anualmente cruzan la frontera se les impone una tarifa del 45% como resultado de un Brexit duro, el negocio se va al carajo”.

La preocupación y la incertidumbre son iguales al sur que al norte de la frontera, en los condados de Leitrim, Monaghan, Sligo y Louth (República), que en los de Down, Armagh, Fermanagh o Tyrone (Ulster). Irlanda atraviesa su propia crisis política, con el taoi­seach (primer ministro) a punto de dimitir también por un escándalo interno, consistente en la persecución por su partido de un agente que había denunciado abusos en la policía, al que hizo todo lo posible por desprestigiar. Y el gran beneficiario podría ser asimismo el Sinn Féin, que de partido marginal asociado con el terrorismo se está convirtiendo en el representante de la izquierda, de las víctimas de la austeridad y la globalización. “El turismo es una de las principales fuentes de ingresos, y necesitamos que fluya libremente, sin una frontera incómoda en la que te hagan enseñar el pasaporte y bajarte del coche para ver si llevas escondidos cartones de cigarrillos que están sometidos a menos impuestos en la UE que en Gran Bretaña”, opina Cian Gilroy, gerente de un popular hotel en las cercanías de Belturbet.

Casi al final de los 500 kilómetros de viaje por esta frontera verde y roja, verde de los campos y roja de la sangre, se encuentra el pequeño pueblo de Crossmaglen, feudo republicano. En su cementerio están enterrados combatientes del IRA, y en el tablón de anuncios del pub de la plaza los periodistas encontrábamos antiguamente mensajes en clave con la hora y el lugar para entrevistar a los dirigentes de la banda armada. Hoy lo que se anuncian son clases de español, de yoga y de guitarra clásica, la venta de un BMW con 53.000 kilómetros, y de un tractor John Deere para trabajar esos campos resplandecientes pero crueles, con mucha historia encima, que pronto ya no serán de la Unión Europea.