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Bashar el Asad: “La posguerra no es mi prioridad” PDF Imprimir E-mail
Tomás Alcoverro   
Martes, 21 de Marzo de 2017 18:21

ENCUENTRO CON EL PRESIDENTE SIRIO EN DAMASCO

“Fomentaré la reconciliación tras vencer al terrorismo”, dice el rais

En el sexto aniversario del horrendo conflicto en Siria, he visitado al presidente Bashar el Asad. En este tiempo, lo que fue inicialmente un brote tardío de las llamadas primaveras árabes se ha convertido en un intrincado campo de guerra internacional.

En contra de todos los análisis y pronósticos que auguraban una rápida caída del régimen sirio, el rais El Asad, con la decisiva ayuda de Rusia e Irán, se ha consolidado en el poder, y su ejército ha conseguido recuperar Alepo, la gran ciudad del norte, a dos pasos de la frontera turca, en la que los grupos rebeldes habían aspirado a establecer su capital, como lo hicieran los guerrilleros que combatían al coronel libio Muamar el Gadafi en Bengasi. Los heteróclitos grupos de la oposición armada han perdido, pero Bashar el Asad no ha ganado la guerra completamente.

 

Tras reconquistar Alepo

Los grupos de la oposición armada han perdido, pero El Asad no ha ganado la guerra

No me recibe en el ostentoso y moderno palacio de la colina de Mezeeh, con sus extensos jardines, sus naves inmensas, sus interminables pasillos, sus salones y despachos innumerables, dominando la capital, sino en la antigua residencia del jefe del Estado, un discreto palacete incrustado en un barrio en las laderas del monte Qasium, construido en 1920, en la época otomana, por Naziam Pacha.

Aquí vivió su padre, Hafez el Asad, hasta la construcción del imponente palacio de Mezeeh, y por aquí pasaron durante décadas jefes de Estado y de gobierno, grandes diplomáticos como Henry Kissinger, que un día le describió como “el Bismark de Oriente Medio”. Eran los días en que se abusaba al decir que “todos los caminos de Oriente Medio pasaban por Damasco”. Su influencia sobre Líbano, sus maniobras diplomáticas, le dieron un gran prestigio internacional, y algunos de sus adversarios, a regañadientes, no tuvieron más remedio que aceptarlo como un gran líder árabe con el que tenían que contar en los pueblos del Levante. Cuando falleció en el año 2000, su hijo Bashar, que no era el delfín asignado para sucederle –el heredero se llamaba Basel y pereció en un accidente de tráfico en la carretera del aeropuerto de Damasco– fue aupado a la jefatura del Estado. Y quedó establecido una suerte de régimen de república hereditaria con el que también había soñado el rais Mubarak en Egipto, que la denominada comunidad internacional aceptó como un hecho consumado.

El palacete, rodeado de un pequeño jardín, es austero. Su mobiliario, sus espejos de estilo damasceno con incrustaciones de nácar, no son suntuosos. En una estantería de una sala de espera con ventanas sobre el jardín había un magnífico libro ilustrado sobre las ruinas de Ebla, ahora bajo las garras de los yihadistas del Estado Islámico. En el fondo, la política de Oriente Medio se podría resumir en el dilema existencial “tú me matas o yo te ­mato”.

“Más que una política, se trata de una cultura, de un modo de pensar, y esta cultura no forma parte de nuestra forma original de ser. Es algo nuevo, nunca visto en las últimas décadas”, sostiene Bashar el Asad, quien argumenta que “es el efecto de la influencia de la ideología wahabí, que excluye a todas las demás ideologías. No sólo contagia a la gente de religión sino que este ambiente de rechazo puede extenderse sobre diferentes sectores de la sociedad”. “No ha conseguido penetrar –prosigue–, aunque podrá durar. Una parte de la sociedad no está dispuesta a aceptar a la otra, y es en este sentido que podemos hablar de guerra civil. Ahora tenemos derecho a combatir contra esta mentalidad, contra todos los grupos islamistas wahabíes que combaten contra el resto de la sociedad. Pero al final de esta guerra quizá contemos con un mapa político diferente”

 

El contagio islamista

“Parte de la sociedad no acepta a la otra, en este sentido podemos hablar de guerra civil”

Para el presidente sirio, esta “cultura de la violencia” no es sólo local. “Nos afecta tanto a nosotros como a la sociedad europea, y ustedes pueden percatarse de ello en sus países porque sufren los mismos focos subversivos, esencialmente en Francia, que ha permitido la infiltración de imanes wahabíes y ahora está pagando su precio”, afirma. Y añade: “La mayor parte de los salvajes líderes de Al Qaeda, del Estado Islámico, de Al Nusra, en Siria, proceden de Europa, no de países árabes. Tenemos muchos combatientes originarios del mundo árabe, pero repito que sus jefes vienen sobre todo de Europa”.

En los actuales mapas del conflicto sirio difundidos por la ONU se delimitan cuatro zonas geográficas: la controlada por el Estado, las dominadas por el Estado Islámico, por los otros grupos yihadistas y la kurda, lo cual arroja grandes interrogantes sobre cómo se configurará la Siria de la posguerra. “Ante todo, la guerra es una lección para cualquier sociedad. Cada país después de una guerra puede mejorar porque ha aprendido sus lecciones”, argumenta Bashar el Asad, quien pese a culpabilizar a la intervención extranjera admite la existencia de retos internos que hay que resolver: “Cuando la guerra viene del exterior, como en Siria, utilizando sus infeudados locales además de los milicianos extranjeros, no únicamente vale criticar a los otros, especialmente a Occidente o a los gobiernos de los petrodólares por el apoyo a estos terroristas. Al final tenemos que enfrentarnos a nosotros mismos y preguntarnos por qué ha pasado esto, qué es lo que va mal en mi país. No me refiero a mí en tanto que presidente de la república sino como ciudadano sirio”.

 

Lucha contra una mentalidad

“Tenemos derecho a combatir contra todos los grupos islamistas wahabíes”

“Hablar de la Siria de la posguerra no está ahora en mi agenda –prosigue–. Mi programa es facilitar el diálogo entre los sirios sobre el sistema político que quieran, si prefieren el régimen presidencial, parlamentario, qué formas de instituciones, de ejército… Necesitamos un diálogo entre todos los sectores de la sociedad de Siria y por lo tanto organizaremos un referéndum. No voy a dar mi visión del futuro antes de que los sirios lo hagan, ahora lo primordial es combatir el terrorismo. Es un lujo hablar de política cuando estamos expuestos en cada momento, en cada minuto, a ser asesinados. La primera prioridad es extirpar el terrorismo, y la segunda, fomentar la reconciliación nacional. Cuando las hayamos conseguido podremos abordar el tema del futuro de la nación”.

El hecho es que, por ahora, el presidente El Asad se ha concentrado en la denominada “Siria útil”, una zona territorial que incluye ciudades como Damasco, Alepo, Homs, Hama, Lataquia, Tartus, Sueida, Palmira y una parte de Deir ez Zor. Aquí vive la gran mayoría de la población, con los desplazados ahuyentados por el régimen del terror de los yihadistas. Los rebeldes islámicos mantienen en su poder el este del país, desértico, pero con yacimientos de petróleo y gas y campos de trigo necesarios para la ­independencia económica del Estado.

 

No sólo un problema de Siria

“La mayor parte de los líderes de Al Qaeda, del Estado Islámico, proceden de Europa”

Durante la conversación, en un antiguo palacete otomano renovado, el presidente sirio se mostró en todo momento muy atento, tranquilo, seguro de sí mismo, con los ojos muy vivos mirando directamente a los de su interlocutor. Una de las empleadas de su servicio informativo, una hermosa veinteañera, me contó al acompañarme a la puerta que había sido feliz en Barcelona. No se me olvidará su nombre, se llama Hamza, que en árabe quiere decir suspiro.

 

Agenda de futuro

“Necesitamos un diálogo de toda la sociedad, haremos un referéndum”

http://www.lavanguardia.com/internacional/20170320/421025515368/entrevista-bashar-el-asad-presidente-siria-posguerra-terrorismo.html