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HEMEROTECA   
Viernes, 31 de Marzo de 2017 11:53

LA DESCONEXIÓN BRITÁNICA

RAFAEL RAMOS

LA VANGUARDIA

La hora del nacionalismo inglés

Primera metáfora: el Reino Unido es como el saltador de trampolín que, después de golpearse el pecho en señal de poderío y confianza, se lanza finalmente desde diez metros a una piscina en la que apenas se ve una minúscula capa de agua sobre el suelo de cemento, cruzando los dedos para no matarse. Segunda metáfora: Londres y la UE son como dos boxeadores que, tras la ceremonia del pesaje, se insultan, se agreden e intentan intimidarse, sin poder esperar tan siquiera al momento del combate.

Un matrimonio que ha durado 44 años, cuando estalla, lo hace por todo lo alto. Juntos, el Reino Unido y la UE han visto la caída del muro de Berlín y la reunificación alemana, la perestroika, la guerra de Yugoslavia, la muerte de Franco, la revolución de los claveles, la introducción del euro, Schengen, el nacimiento del nuevo laborismo, la conversión de los partidos de izquierda en partidos de centro, el debilitamiento de los sindicatos, la flexibilización laboral, los contratos basura, la globalización, la resurrección de los nacionalismos estilo años treinta… Pero, como dijo ayer Theresa May en la Cámara de los Comunes, “no hay marcha atrás y todo será para mejor. De aquí saldrá un país más fuerte, más justo y más unido, del que estarán orgullosos nuestros hijos y nuestros nietos”.

No cabe duda de que ambas partes rompen tirándose los trastos a la cabeza. Y en vez de discutir por las viejas fotografías color sepia, los libros y los discos de vinilo, lo hacen por la factura que ha de pagar el Reino Unido por los programas estructurales de la UE en marcha, su contribución a los presupuestos de los próximos dos años y los fondos de pensiones de los funcionarios bruselenses, los derechos de los tres millones de ciudadanos europeos que viven en este país y del millón de británicos en el continente, la jurisdicción de los tribunales europeos durante la fase de transición, el coste del acceso parcial al mercado único sin aceptar la libertad de movimiento de trabajadores… Los abogados se van a ganar su minuta.

La reacción de Berlín, París y Bruselas a la carta de ruptura no ha sido positiva, más bien todo lo contrario. La paradoja es que, desde la perspectiva de Downing Street, la misiva es en todo caso demasiado blanda, y el miedo de la primera ministra no era a un rechazo furibundo del otro lado del Canal, como ha ocurrido, sino del Daily Mail y los brexistas duros, que quieren marcharse dando un sonoro portazo, y si no hay acuerdo comercial que no lo haya, “porque somos un gran imperio y los países harán cola para comprar nuestros coches y nuestra carne de cordero, y vendernos lo que haga falta”. En un gesto que pretendía ser conciliador, May prometió, con una semisonrisa de empleada de pompas fúnebres, “representar los intereses de todos aquellos que viven y trabajan en el Reino Unido, de los partidarios y enemigos del Brexit, de la gente de campo y de ciudad, de los jóvenes y los viejos, de los ingleses, galeses y escoceses, de los ciudadanos de la UE que tanto contribuyen con su esfuerzo a nuestra economía”. Los líderes de la oposición no se mostraron impresionados y calificaron las palabras de cínicas y vacías. El liberal Tim Farron fue el primero en interpretar como una amenaza la referencia a una menor cooperación en seguridad y lucha contra el terrorismo si no hay acuerdo comercial. Así no vamos a ninguna parte, refrendó la laborista Yvette Cooper.

Los intelectuales hablan de un Imperio 2.0 en el que el Reino Unido florecerá otra vez libre de las ataduras y la burocracia de Bruselas, y volverá a liderar un conglomerado de países de la Commonwealth y antiguas colonias (en Eton y Oxford no se entiende que los hindúes o keniatas puedan tener ningún resentimiento). Pero en realidad lo ocurrido ayer no es un triunfo imperial, sino todo lo contrario, del pequeño nacionalismo inglés que sólo sabía expresarse apoyando a la selección de fútbol, y de la noche a la mañana ha encontrado una expresión xenófoba y racista en el rechazo al inmigrante y el deseo, por encima de cualquier otra cosa, de cerrar las fronteras. Sus argumentos no son muy diferentes de los de cualquier otro nacionalismo, el deseo de “recuperar soberanía”, de controlar el propio destino y el propio bolsillo sin interferencias exteriores. Londres ya tiene su Fourth of July y su

14 Juillet, todo en una.

Wilkommen, Bienvenue, Welcome, le dijo Europa a Gran Bretaña en 1973, al recibirla con los brazos abiertos en el gran cabaret de la política. Auf wiedersehen, au revoir, do svidanya, le dijo ayer con una voz estilo Marlene Dietrich en el momento de la separación. Y la mayor ignominia es que la noticia de uno de los mayores acontecimientos diplomáticos desde el final de la Segunda Guerra Mundial no estuvo en Londres sino en Bruselas.

 

 

La democracia, la economía y dos años de Brexit

Gustau Navarro i Barba

GEOPOLÍTICA.CAT

Aunque no esté de moda, me declaro europeísta, quiero un futuro con una Europa Unida donde todas las naciones tengamos la posibilidad de expresarnos en libertad y solidaridad, voluntad que en el caso de los catalanes hace que sea imprescindible constituir la República Catalana para llegar a este punto de integración entre iguales y no subordinado a los intereses españoles.

Digo que no me gusta que el Reino Unido haya abandonado la Unión Europea, pero las urnas hablaron en su momento y decidieron la salida de la Unión, hay que aceptarlo y negociar, y recordar que el criticado primer ministro Cameron actuó como un demócrata, tanto en este caso como en el de Escocia, lo que provoca la perplejidad y mal humor de los partidos dinásticos borbónicos españoles.

Ahora, después de que el embajador británico ante la UE, Tim Barrow, le entregara a Donald Tusk, el presidente del Consejo Europeo, la carta firmada por la primera ministra Theresa May para invocar el artículo 50 del Tratado de Lisboa, se ha puesto en marcha el llamado Brexit.

Pero el proceso que se inicia no será sencillo: el plazo de dos años para negociar un acuerdo de salida no parece suficiente para la cantidad y complejidad de asuntos que afectan a las dos partes, después de un matrimonio que algunos consideran largo, pero que en términos históricos, 44 años son realmente pocos.

Ahora toca negociar, verbo que en las mentes políticas españolas no existe, de hecho el Estado español es uno que quiere complicar las negociaciones, con el pretexto de la supuesta españolidad de Gibraltar, afortunadamente para todos, y contrariamente a lo que dicen no conseguirán bloquear las negociaciones y estas andarán con dificultades en dirección a un acuerdo favorable para ambas partes.

El primer punto de la negociación, al margen de los temas de procedimiento, será la conveniencia de garantizar los derechos de los británicos que viven en la UE y de los europeos que residen en el Reino Unido. May quiere un rápido acuerdo que asegure los actuales derechos de forma recíproca, pero no está claro que en Europa, poco después de las elecciones francesas y en vísperas de las alemanas, exista un consenso para resolver este asunto de manera rápida y sin vincularla en el resto de la negociación. De todos modos en este caso los números juegan a favor de los británicos, aproximadamente hay tres millones de ciudadanos de la UE que viven en Gran Bretaña, por el contrario los británicos que viven en otros estados de la Unión son sólo un millón, con estos números en la mano los principales interesados deberían ser las autoridades europeas para querer llegar a unos acuerdos que garanticen a todos.

El segundo punto que quiere acordar el Ministerio británico de Economía, tal como piden muchas empresas y bancos, es la posibilidad de fijar un período transitorio tras la implementación del Brexit, por el que Reino Unido seguiría teniendo acceso al mercado único después del Brexit hasta que se firme un nuevo tratado comercial con la UE. Así se evitaría el efecto "acantilado", en que los negocios se quedarían de un día para otro sin poder exportar e importar productos y servicios entre los mercados británico y europeo de manera libre, aunque siempre hay caminos para continuar haciéndolo, y uno es la vía irlandesa que veremos más adelante.

El pragmatismo de las partes apunta a que la vía al Brexit cuente con dos acuerdos, por tanto, dos negociaciones. Primero, un acuerdo que establezca las condiciones para la salida del Reino Unido y otro en el que se establezcan las nuevas condiciones principalmente comerciales, ya fuera de la Unión, respecto de ésta y de sus miembros. Este segundo es el que se centrará en la negociación comercial.

Ambos acuerdos se regirán por diferentes procedimientos, el primero debe estar concluido en dos años después de que el Reino Unido haya pedido la aplicación del artículo 50 del Tratado de Lisboa, con el que se inicia oficialmente su proceso de salida, lo que Theresa May ya ha hecho.

La mayoría de analistas cree que el comienzo de la negociación del Brexit será muy difícil y la libra sufrirá nuevas caídas durante el 2017 frente a dólar y euro, con algunos apuntando incluso a una posible paridad con estas monedas de la divisa británica al final del año próximo, especialmente si no hay acuerdo sobre el período transitorio, todo está por ver, y una libra baja puede favorecer las exportaciones británicas y el turismo.

Pero los británicos tienen abierto un frente interno complicado, donde Escocia e Irlanda del Norte, naciones que ahora forman parte del Reino Unido, la opción que ganó en el referéndum fue la de quedarse en la Unión Europea y ciertamente siguen siendo contrarios al Brexit y esto provocará problemas políticos, de hecho el Parlamento escocés ha acordado un segundo referéndum para la independencia.

Como una manera de apaciguar los ánimos, May aseguró que mantendrá la "libre frontera" actualmente vigente entre Irlanda del Norte, parte del Reino Unido, y la República de Irlanda. De hecho la frontera abierta con Irlanda podría ser un punto de entrada de las mercancías europeas en el Reino Unido y las británicas en la UE, y ciertamente no es una concesión gentil de la Sra. May, forma parte de los acuerdos de paz de Irlanda del 1998 y según estos acuerdos, no hay frontera entre las dos partes de la isla desde hace años. Como también prevén que las instituciones del norte de la isla, bajo soberanía británica, pueden pedir en cualquier momento un referéndum para formar parte de la República de Irlanda y por tanto reintegrarse automáticamente a la Unión Europea.

El Brexit ha comenzado, los demócratas miraremos el proceso con interés esperando que la voluntad popular y los intereses de la gente sean respetados, por el contrario el proceso de negociación y acuerdos que se producirán provocará más de una úlcera de estómago al franquismo ideológico y biológico que dirige el Estado español de la segunda restauración borbónica, durante este periodo de negociación podremos disfrutar de llamadas a la españolidad de Gibraltar y a la condena a navegar eternamente en la nada a los ciudadanos británicos, lo que pueden estar seguros no sucederá ni en un caso ni en otro.