Brexit PDF Imprimir E-mail
Manuel Castells   
Lunes, 03 de Abril de 2017 12:43

La puesta en marcha del proceso formal de secesión de la Unión Europea por parte del Reino Unido, en cumplimiento de la decisión de un referéndum popular, cambia cualitativamente la Unión Europea. Se trata de la economía más dinámica del continente, aunque la alemana sea mayor, del más importante centro financiero mundial, del sistema universitario de mayor calidad, centro nervioso de las redes europeas de investigación, y de las fuerzas armadas más profesionales que hubieran podido ser el núcleo de una capacidad europea de defensa propia. Claro que la Gran Bretaña también pierde económicamente y se empobrece socialmente. Por eso las élites empresariales y políticas estuvieron contra el Brexit. ¿De dónde surge, pues, el antieuropeísmo mayoritario de la sociedad? Yo estudié la campaña del referéndum desde mi observatorio de Cambridge. Dos fueron los temas que conformaron la opinión antieuropeísta. Uno, el rechazo a la inmigración de ciudadanos europeos con derecho de acceso a los servicios de salud, educación y vivienda. Este rechazo se concentró en los cientos de miles de europeos del este que llegaron al Reino Unido en la última década y saturaron los servicios públicos ya sobrecargados por los recortes de los gobiernos conservadores.

Es significativo que aunque el racismo es tan activo como en otros países, no fue el detonante de la xenofobia. Porque la mayoría de las minorías étnicas son autóctonas y porque los inmigrantes de otros países no tienen los mismos derechos. Lo esencial fue la oposición a compartir el sistema británico con ciudadanos europeos. Consecuencia directa de la falta de una identidad común que es el fallo de base de la construcción europea. Mientras la economía va bien, no hay problema en sentirse ciudadano europeo. Pero cuando llegan la crisis y la austeridad, la prioridad es para los de casa, excluyendo a los que no son conacionales. Algo así está ocurriendo en la mayoría de los países de la Unión, con una actitud negativa hacia la solidaridad intraeuropea, ejemplificada por Dijsselbloem, el socialista holandés presidente del Eurogrupo en su caracterización de los países del Sur como los que se gastan los préstamos en alcohol y mujeres. Sin la construcción de una identidad europea el proyecto europeo se resquebrajará bajo los embates de crisis económicas o sociales, de la crisis del euro a la crisis de los refugiados.

La segunda razón detectada en los análisis sobre el Brexit es el rechazo a la arrogancia y autoritarismo de la burocracia de Bruselas. Una casta política no elegida, reacia a someterse al control del Parlamento Europeo y que aunque tiene poder delegado por los gobiernos nacionales en realidad lo asume como poder propio. A la gobernanza supranacional encarnada en la Comisión Europea, una mayoría de británicos y buen número de políticos oponen la afirmación de la soberanía nacional. Tanto más cuanto que las instituciones europeas, incluido el Banco Central Europeo, expresan cada vez más la hegemonía alemana, despertando profundos recelos en el único país capaz de resistir el intento de dominación alemana en las dos guerras mundiales.

De modo que xenofobia y nacionalismo están en la base del Brexit, pero con importantes precisiones en ambos casos. Xenofobia contra los conciudadanos europeos con quienes no se siente una identidad común. Y nacionalismo contra una euroburocracia que se sitúa por encima de la soberanía de los pueblos. Por eso no hay vuelta atrás en el proceso de negociación, en el que lo fundamental que se discute es el acceso al mercado único a cambio de libertad de movimientos de los europeos en el Reino Unido. Como este es precisamente el punto clave del Brexit, es poco probable que un futuro acuerdo vaya más allá de las formas. Los británicos se sienten fuertes, confiados en sus empresas, en su investigación e innovación, y en su capacidad de atracción al capital global y empresas multinacionales. Piensan que tendrán más libertad de competir en una economía global abierta, exportando a Estados Unidos y a Asia para compensar pérdidas en Europa. Y aunque la Comisión Europea ya empezó la guerra prohibiendo la fusión de las bolsas de Londres y Frankfurt, es Frankfurt la que más pierde porque no es comparable en volumen de transacciones y en capital humano a la poderosa City de Londres.

Aun así, el daño mayor para la Unión Europea es el precedente establecido por el Brexit. Las causas de esta separación están presentes en muchos otros países. Partidos xenófobos están en el Gobierno en Finlandia y son decisivos en el Parlamento danés. En Holanda se contuvo su auge, pero si hubiera un referéndum, probablemente ganaría el Nexit. Al igual que en Francia si Le Pen consiguiera la presidencia con un programa antieuropeo. Hoy por hoy, sólo una movilización de todas las otras fuerzas políticas francesas en torno a un semidesconocido, Macron, puede bloquear a Le Pen.

Será difícil la supervivencia de la Unión confrontada a constantes situaciones extremas para detener la hemorragia de antieuropeísmo que por razones diversas surge en la mayoría de países. Se mezclan en ese sentimiento la crisis de legitimidad de las clases políticas en general. El miedo a un mundo en ebullición de donde surge la amenaza difusa del terrorismo cuyo rostro se identifica ideológicamente con el de las minorías étnicas nacidas en Europa y con los millones de refugiados que huyen del apocalipsis. La inseguridad del empleo afectado por los cambios empresariales y tecnológicos. La crisis de creencias y valores religiosos. La cacofonía informativa de las redes sociales en la cultura de la posverdad. El vértigo de un cambio multidimensional no identificado. ¿Cómo en esas condiciones fiarse a unas instituciones europeas sin identidad compartida ni control democrático? Si la Unión Europea no reconoce en su práctica las soberanías nacionales, el Brexit será el principio del fin.

LA VANGUARDIA