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De donde sale el españolismo PDF Imprimir E-mail
Jordi Galves   
Lunes, 31 de Julio de 2017 10:33

Y entonces, en 1898, España, que había sido apenas un siglo antes el imperio más grande de la Tierra, perdió las ricas colonias de Cuba y Filipinas, se tuvo que vender Puerto Rico, y vio que, dónde vas a parar, aquello ya no era lo mismo. Se sintió mucho peor que humillada, se sintió herida, de verde rabia, y no es una casualidad que el doctor Freud después tuviera que prevenir a todo el mundo sobre el peligro psicológico de las heridas colectivas posteriores a los conflictos. España se aisló peninsularmente —que es casi como decir insularmente cuando se contempla el Pirineo como un límite—, aún más recluida y remota de lo que solía estar si recordamos en este sentido que el Escorial, el núcleo del imperio, es de hecho un retrete, un Tíbet, un monasterio desde el que los reyes se exhibían como los más religiosos, como los más católicos del planeta, como los más pendientes de la otra vida. De una manera comparable a Turquía, sede del califato islámico, que no supo pasar del imperio otomano a un estado moderno y plurinacional —de ahí el genocidio contra los armenios, la persecución de los kurdos y otros pueblos atrapados dentro de sus fronteras— la España recién derrotada imitó a Francia aún con más detalle, envidia y devoción de la que tradicionalmente exhibía con el país vecino. Por eso el proyecto colectivo llamado España se perfiló aún más en el supremacismo castellano, la identidad unívoca de un estado-nación, de un país cohesionado en torno a una sola lengua, a una sola cultura y a un solo pueblo.

Esta intensificación del nacionalismo castellano, a partir de entonces convertido ya definitivamente en españolismo —porque sólo los castellanos son por antonomasia los únicos peninsulares o los mejores españoles—, disfrutó de una extraordinaria eficacia en la literatura, en lo que conocemos como Generación del 98 , un colectivo de escritores, pero sobre todo de lectores a los que “les dolía España” y que encontraron en la exaltación de la Castilla medieval conquistadora y en el “que inventen ellos” de Miguel de Unamuno un modelo colectivo admirable y un camino de futuro en el aislamiento. Sobre estas mismas bases se han elaborado los planteamientos militares y eclesiásticos de España a propósito de España que tuvieron tan buena acogida durante la Guerra Civil y aún más durante el régimen del general Franco. A García Lorca, el capitán de la Generación de 1927, lo mataron y no a Pío Baroja, uno de los líderes del 98, hay que tenerlo muy presente si queremos entender los motivos de la radicalización españolista de hoy. En buena medida, podemos decir que, desde entonces hasta la actualidad, la literatura española escrita en la Península —nada que ver con la de América Latina— es una colosal, inacabable Generación del 98, una abundante reiteración sobre el alma de España, sobre un país que ha quedado encadenado y a la zozobra tras el desastre colonial. Que no admite ninguna idea sobre el Estado Español que no sea la que ha consagrado la tradición más castellanista y aislacionista.

Para completar el panorama —lo haremos otro día—, tendremos que recordar que muchos catalanes, en especial, algunos de los más significativos, de Antoni de Capmany a Jaume Balmes, de Joan Prim a Francisco Pi y Margall pasando por Víctor Balaguer fueron entusiastas partidarios de una idea de España integral que, a la larga, debía diluir a Catalunya en un mejorado pueblo español, fraternal y todas esas cosas que se dicen por no callar. Por ahora, quizás debamos retener una reflexión que, públicamente, hizo una gran filósofa llamada María Teresa Campos, la muy alta y muy televisiva señora que dijo en una ocasión reciente que me complace recordar aquí: “Lo que me sorprendió es que haya personas que se extrañen de que los catalanes hablen catalán”. Pues eso, que aquí ha llegado el momento, el gran momento, el momento de la verdad, en que cada uno defiende ser como es. Y que no le digan, con buenas o malas maneras, lo que debe ser.

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