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¡No Volváis! PDF Imprimir E-mail
Francesc Marc Álvaro   
Sábado, 23 de Septiembre de 2017 09:20

Un tuit de la dirigente y portavoz de Podemos en el Congreso de los Diputados, Irene Montero, explicaba ayer que parlamentarios del PP gritaron “¡No volváis!” cuando los representantes de ERC y del PDECat abandonaron el hemiciclo, en protesta por la represión impulsada por el Gobierno en Catalunya. “¡No volváis!” es una frase que anuncia una voluntad de exclusión explícita, un lema que lo resume todo: no os queremos aquí, pero sí queremos que Catalunya siga formando parte del Reino de España. El momento me recordó un viejo chiste según el cual un españolista reaccionario suelta esta paradójica sentencia: “Qué bonito es Catalunya, lástima que esté llena de catalanes”.

El grito “¡No volváis!” que salió de la boca sincera de diputados conservadores nos indica tres cosas. En primer lugar, la mentalidad puramente colonial de unos determinados políticos. Colonialismo es –y del peor– reclamar el dominio eterno sobre un territorio pero no querer, en cambio, escuchar ni ver a aquellos indígenas que no dicen “sí, bwana”. En segundo lugar, nos recuerda que los separadores, en España, surgieron mucho antes que los separatistas; en este sentido, vale la pena leer la biografía del conde duque de Olivares que escribió Gregorio Marañón, donde el célebre médico subraya que el “pecado principal” del personaje fue “el eterno pecado de la incomprensión por el Gobierno central de la psicología del pueblo catalán y, en consecuencia, la técnica inconveniente con que fue tratado”. Y en tercer lugar, la negativa a hacer política y a escuchar los argumentos de los adversarios, como si su ausencia de la Cámara Baja resolviera el problema.

Mientras ayer al mediodía paseaba por el centro de Barcelona, donde las protestas de muchos ante la Conselleria d’Economia convivían con el aperitivo que otros tomaban tranquilamente en las terrazas soleadas, pensé en el mucho trabajo hecho por los separadores hasta hoy en día. Unos separadores que, de tan integrados en la cultura política española, ya no son percibidos como tales. Separadores como los que impulsaron las firmas contra el Estatut del 2006, separadores como los que proclamaron que preferían una empresa alemana antes que una catalana para la opa sobre Endesa, separadores como los que consideran normal que un catalán no pueda llegar a jefe del Gobierno, separadores como los que creen que hablamos la lengua catalana para molestar, separadores que respetan todas las identidades del planeta excepto la de aquí porque afirman que es “un invento de la burguesía”, separadores que han querido humillar a miles de ciudadanos de Catalunya durante años, desde diarios y tertulias de radio y televisión... Ahora, los separadores piden mano dura contra los separatistas. Ahora, han llegado tarde.

La mano dura no detendrá el independentismo. Las detenciones quizás impedirán el referéndum, pero harán crecer a los partidarios de la secesión. Ayer, algunos conocidos me confesaban su conversión a la cosa estelada, por obra y gracia del estilo turco de Rajoy. Lo explico sobre todo para los que lean La Vanguardia en Madrid: una gran mayoría ha perdido el miedo. Cuando no te sientes respetado –lean el magnífico artículo de Antoni Puigverd del lunes– sólo te queda respetarte a ti mismo. Los que han dicho “basta” no son fanáticos, ni locos, ni abducidos, ni adoctrinados. Las personas que han dicho “basta” han dejado de vivir en la resignación y se han dado una oportunidad. Incluso discrepando de la estrategia de los políticos independentistas, incluso distanciándose de ciertas fraseologías o estéticas. Por eso las amenazas no tienen efecto sobre miles de catalanes y eso es, objetivamente, una fractura irreversible de la autoridad del Estado en la sociedad catalana. Rajoy debería saber que el concepto de España que él quiere mantener a fuerza de prohibiciones, suspensiones, inhabilitaciones, multas, registros y presiones es mercancía defectuosa en Catalunya. Por eso los contrarios a la independencia no consiguen hacer grandes manifestaciones y por eso el frikismo y la ultraderecha patrimonializan, por ejemplo, el 12 de Octubre. No es sólo que el independentismo tenga un relato atractivo y los otros no, es que la pulsión separadora hace sospechosa a ojos de la ortodoxia todo patriotismo español que no se base en la jaula y el castigo. Podemos y los comunes –que ensayan una narrativa alternativa– son percibidos como un alien en la nave del Estado.

El problema de fondo no es el catalanismo político (ahora soberanismo rupturista), sino la sospecha estructural sobre la catalanidad, entendida esta como una identidad molesta (extraña) que amenaza el ser del Estado nación. El centralismo ve la catalanidad (dinámica, integradora y abierta) como una anomalía, un residuo y un obstáculo para que la identidad española genere unas lealtades fuertes que, a su vez, deberían convertir España en la Francia que no ha podido ser. El grito “¡No volváis!” expresa la triste impotencia de los que sólo saben lo que son cuando niegan el derecho a ser de otros.

LA VANGUARDIA