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Ucrania, del caos a los cascos azules PDF Imprimir E-mail
Llibert Ferri   
Viernes, 29 de Septiembre de 2017 16:51

Un 85% de los ucranianos no han dudado en elegir la palabra 'caos' cuando el centro sociológico Rating les ha pedido una definición de la situación del país. Esta encuesta, elaborada entre el 19 y el 29 de mayo, con una muestra de 2.000 personas, es una de las pocas que expresan cómo respira la sociedad ucraniana tras la guerra civil. Los porcentajes sobre la economía lo dicen casi todo: más del 60% de los interpelados creen que la situación económica ha empeorado en relación al año pasado y sólo el 30% piensan que no. Este 60% no ocultan que deben esforzarse mucho para llegar a fin de mes: para pagar el alquiler de la vivienda o bien los servicios comunitarios.

Un 97% coinciden en que lo que más les complica la vida es la subida de los precios de los productos de primera necesidad y los servicios, como el transporte público, el gas o la electricidad. Un desbarajuste que el 65% de los interrogados atribuyen a la corrupción y a la incompetencia de los funcionarios y los políticos. Para un 54% nada de esto estaría pasando si no hubiera estallado la guerra civil a raíz de la revuelta de Maidan, y un 31% señalan el intento de secesión de las regiones del este -Donetsk y Lugansk- como detonante de la gran crisis. La corrupción y el conflicto territorial siguen siendo las dos grandes cuestiones de fondo del conflicto ucraniano. Una no se entiende sin la otra: la corrupción del régimen pro-ruso de Yanukovich fue uno de los detonantes del estallido de Maidan, 'de facto' del Donbass y la anexión de Crimea por parte de Moscú.

A la espera de que las conversaciones de paz de Minsk se reactiven, se abre paso la idea -defendida por Putin, con el apoyo de Merkel- de desplegar cascos azules en el este de Ucrania. Una iniciativa que no encajaría mucho con los delirios de los secesionistas de Donetsk, que querrían hacer de su región el núcleo de una nueva Ucrania: un nuevo Estado independiente desvinculado de Kiev y que se llamaría Malorossia (la pequeña Rusia). El padre de la criatura es Aleksandr Zakhàrtxenko, presidente de Donetsk, y se parte de la hipótesis de Ucrania como Estado totalmente desacreditado. Además, la Malorossia de Zakharenko contiene resonancias que la acercan a la Novorossia (la nueva Rusia), término utilizado por el Kremlin los primeros meses de la guerra civil para referirse a los territorios del este.

Con todo, ni Lugansk -la otra república secesionista- ni el Kremlin se sienten seducidos y miran con más interés la mediación de la ONU y el despliegue de cascos azules. Una intervención que genera desconfianza en el gobierno del presidente Poroixenko, para el que es prioritario que la UE y Merkel le hagan más caso cuando plantea incorporarse como miembro de pleno derecho de la OTAN, no más tarde de 2020. Una propuesta no muy realista teniendo en cuenta que si los acuerdos de Minsk se reanudan con la ONU por medio, será más que difícil conseguir que Putin renuncie a tener influencia geoestratégica en Ucrania.

Quizás no volverán los tiempos de la soberanía limitada pero es más que probable que el Kremlin exija asegurar la integridad territorial manteniendo la influencia rusa en el Donbass -mediante un sistema federal asimètrico- y a la vez garantizar un estatus de neutralidad para Ucrania. Es cierto que Putin no pasa por su mejor momento a raíz de la llegada de Macron en Francia, pero el presidente ucraniano, Petró Poroshenko, con el 23% de apoyo que le atribuye el sondeo de Rating, tiene un más que precario margen de maniobra .

ARA