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Jacques Attali: Analizar, pensar, actuar PDF Imprimir E-mail
Toni Merigo   
Martes, 03 de Octubre de 2017 14:21

La formidable energía de Jacques Attali (Argel, 1943) está detrás de su omnipresencia en los medios de comunicación franceses, ayudada por los más de setenta títulos publicados (ensayos, biografías, novelas...) y sobre todo por su extraordinaria capacidad como comunicador. Hasta tal punto los medios han hecho uso de él, que la asociación Acción Crítica a los Medios (Acrimed) publicó un artículo quejándose de una excesiva presencia de Attali (el que más) y otros economistas en las mesas de debate sobre la crisis. Pero también en las redes sociales ha alcanzado posiciones de liderazgo:

El mito Attali se basa, sin embargo, en su capacidad de influir en la política francesa. Fue consejero de Mitterrand (1981-1991), a quien por otro lado recomendó rodearse de Ségolène Royal y François Hollande entre otros. En el 2007 Sarkozy le encargó una comisión para estudiar los frenos al crecimiento económico en Francia, en la cual embarcó a cuarenta y dos nombres del liberalismo y la socialdemocracia, entre ellos el actual presidente de la República, Emmanuel Macron, de quien ha sido mentor y también consejero. De hecho, fue Attali quien lo recomendó a François Hollande en el 2009. El informe resultante, conocido como Informe Attali, es un ejercicio de previsión del futuro, con “trescientas decisiones” para cambiar Francia, una de ellas, por ejemplo, ayudar a los jóvenes a sumergirse en la sociedad del conocimiento y a asumir riesgos.

También es destacable su aportación a un informe sobre la economía positiva, que busca una orientación ética más allá del beneficio a corto plazo, encargado por Hollande.

Pero Attali nunca ha querido presentarse a las elecciones ni ejercer de político al uso. En 1974 fue invitado por los socialistas a presentarse en las generales y cedió el paso a su ayudante Laurent Fabius. En diversas ocasiones ha sonado como candidato, e incluso en el 2015 escribió un programa presidencial, aunque avisaba que no aspiraba a presidente. Ha preferido “convertirse en él mismo”, parafraseando su otro título publicado por Libros de Vanguardia, lo que ha dado lugar a iniciativas como el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo en Londres (1991-1993), la Acción Contra el Hambre (1980), el programa Eureka (inventor del MP3), y PlaNet Finance (la institución mundial más importante de apoyo a la microfinanciación).

El futuro es una de las especialidades de Jacques Attali, y no sólo por sus famosos informes, que han avanzado tendencias ahora dominantes como el alza del uso en detrimento de la posesión. Uno de sus best seller, Breve historia del futuro (2006), sirvió de base para una gran exposición en el Museo del Louvre que fue el gran acontecimiento cultural europeo de la temporada 2015-2016.

En la obra que lanza Libros de Vanguardia, ¿Es posible prever el futuro?, Attali repasa primero las distintas técnicas que ha usado la humanidad para anticipar lo que puede ocurrir, en un paseo ameno y exhaustivo por la materia, para llegar al vaticinio informático en auge hoy, el big data. Pero tal vez lo más interesante sea la suculenta parte final, en que describe un método práctico de previsión humana, ya sea para anticipar el futuro propio, de alguien cercano, de una empresa, de un país o de la humanidad. En cada caso se detallan una serie de preguntas que el interesado debe responder por escrito, de cinco ámbitos distintos de previsión: pasado (por qué algo que ha sucedido puede volver a ocurrir), estado vital (modo de vida, autocuidado, demografía...), medioambiente (que incluye personas o entidades con capacidad de influencia), afecto, y finalmente proyección futura.

Responder a las preguntas desgranadas minuciosamente permite elaborar un relato, una “base de futuro”, que tiene dos caras: el “relato blanco”, con el futuro bueno probable, y el “relato negro”, con el malo. Todo ello está ­encaminado a crear un relato de futuro, por escrito, cargado con el poder de lo que conocemos como profecías autocumplidas. El paseo que el libro inicia en métodos tan ancestrales como las vísceras de un animal o el tarot acaba con un canto al análisis racional y a la mirada penetrante e inquisitiva sobre la realidad.

Cómo prever el futuro

Jacques Attali

¿Se puede prever el futuro? ¿Es necesario? ¿Cómo puede afectar a nuestras vidas? A estas cuestiones trata de responder en su nuevo libro Jacques Attali, uno de los más destacados intelectuales europeos, explorador de temas sociales, políticos y culturales. Presentamos un avance de la obra que edita Libros de Vanguardia.

 

Sí,  prever el futuro es peligroso, ya que uno se arriesga a ver en él la necesidad de realizar actos exigentes que cualquiera preferiría eludir.

Sí, prever el propio futuro es indispensable; no para someterse a él, sino para dominar sus riesgos y determinar, en la medida de lo posible, el curso de la propia vida.

Sí, prever el propio futuro es posible. No predecirlo, y menos aún conocerlo, sino únicamente, y dentro de ciertos límites, preverlo.

Para lograrlo, los hombres utilizan las mismas estrategias desde hace milenios, a pesar de que la eficacia de estas es harto incierta. Desde hace poco existen máquinas superpotentes que parecen encontrarse en vísperas de ser verdaderamente capaces de predecir nuestro destino. Personalmente creo que ahora mismo ya se puede prever lo esencial de nuestro futuro, tanto individual como colectivo, siempre que se sigan unas vías muy concretas hechas de razón e intuición, empleando todos los conocimientos acumulados hasta nuestros días y rebasándolos, abriendo caminos a nuevas libertades. Voy a exponer aquí los métodos para ello.

Para quienes sólo piensan en ellos mismos, prever el futuro se reduce a tratar de anticipar el suyo propio, con miras que varían según las culturas y las épocas: ¿qué será de mí? ¿Me amarán las personas a quienes amo? ¿Cuál es el momento adecuado para hacer eso o aquello? ¿Hará mañana un tiempo apacible? ¿Ganaré o perderé determinada disputa? ¿Cuánto tiempo me queda de vida? ¿Qué enfermedades se ciernen sobre mí? ¿De qué voy a morirme? ¿Qué me espera después de la muerte?

Para quienes se preocupan también por el destino de sus seme­jantes, surge un montón de preguntas diferentes: ¿qué les tiene reservado el porvenir a quienes amo? ¿Y a mi comunidad? ¿Y a mi empresa? ¿Y a mi país? ¿A la huma­nidad? ¿Al planeta?

La humanidad ha buscado infatigablemente respuestas a todas estas preguntas. Durante mucho tiempo y en balde. Hoy en día son sobradamente accesibles, cuando menos en lo que atañe al futuro terrestre, siempre que se sepa dónde buscarlas.

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Desde muy temprana edad me he interesado en prever mi propio destino y el de los otros y, de un modo más general, el de las sociedades humanas. Aunque hasta ahora no he publicado ningún texto sobre las estrategias que utilizo para prever, he escrito mucho acerca de las consecuencias de la aplicación de dichas estrategias sobre el destino de grupos diversos.

Empecé a hacerlo en 1975, en un libro titulado La herramienta y la palabra, en el que expliqué cómo, de una forma progresiva, se utilizaría la información en lugar de la energía, y cómo, en concreto, las herramientas de comunicación irían substituyendo a los medios de transporte poco a poco; después, en 1977, en Ruidos –un ensayo sobre la historia de la música–, señalé que esta disciplina, en su composición y en su práctica, ha evolucionado con mayor rapidez que las otras actividades humanas: prever sus transformaciones, y las del estatus del músico, podría, por lo tanto, ayudar a comprender las de otras dimensiones de las sociedades. Esta investigación me ha permitido predecir, a partir del año en que la llevé a cabo, el lugar cada vez más destacado que ocuparía la música en todas las sociedades y en todas las ocasiones de la vida, el hecho de poder disponer de ella gratuitamente, su distribución, la aparición de lo que ha acabado convirtiéndose en YouTube, el desarrollo del espectáculo en directo y de la experiencia musical; así como otros procesos evolutivos que todavía no han sido examinados, como la emergencia de nuevos instrumentos de música y la generalización de la práctica artística en detrimento de su consumo.

En dos textos posteriores, publicados en 1978 y 1981 ( La nueva economía francesa y Los tres mundos. Para una teoría de la post-crisis ), pronostiqué, entre otras cosas, el giro del centro del mundo del Atlántico al Pacífico, el advenimiento del ordenador personal y del teléfono móvil, así como el de una sociedad de vigilancia en la que cada cual llevaría consigo las herramientas de su propio control. En El orden caníbal: vida y muerte de la medicina , publicado en 1979, donde me interesé por la medicina y su historia, anticipé el lugar cada vez más destacado que ocupa esta en la economía, la proletarización de los oficios relacionados con la salud, la autovigilancia del cuerpo y del espíritu, el desarrollo de la robotización y de los órganos artificiales, la clonación animal y humana, nuevas actitudes frente a la muerte, y lo que hoy en día se denomina trans­humanismo. He descrito, también, cómo el hombre acabaría convirtiéndose en objeto consumiéndose a sí mismo, que es precisamente lo que materializa el suministro de cada uno de sus datos personales.

En 1988, en Historia de la propiedad , anticipé el desarrollo del arriendo en detrimento de la propiedad y concebí el concepto de objeto nómada.

En años sucesivos describí, en diversas obras, el futuro de la medición del tiempo, de la propiedad, del sedentarismo, del nomadismo, del trabajo, de la sexualidad, del amor, de la familia, de la libertad, del socialismo, del liberalismo, del capitalismo, del judaísmo, de la relación con la muerte, de la ideología, de la modernidad, del arte, de Europa, del gobierno mundial; antes de proponer síntesis provisionales acerca de ello en dos libros consecutivos – Líneas en el horizonte (1990) y Breve historia del futuro (2006, revisado en otoño del 2015)–, en ocasión de dos exposiciones complementarias y epónimas, una en el Museo del Louvre, en París, y la otra en el Museo de las Artes Reales, en Bruselas.

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Quiero explicar aquí cómo preveo yo el futuro; y como puede conseguirlo cualquiera de nosotros.

Conocer el futuro, predecir el futuro, prever el futuro: tres expresiones que aparentemente indican lo mismo y que, sin embargo, son muy diferentes. En todas las lenguas.

Conocer el futuro es pensar que este está establecido de antemano y que se puede llegar a conocer en todos sus detalles. Quienes creen que ello es posible deducen que es necesario que nos resignemos a aceptar nuestro destino tal como este se presente, ya que nos está impuesto, día tras día, por los dioses o por la naturaleza. Que tenemos que rezar a los dioses para que lo cambien.

Predecir el futuro también supone pensar que es inalterable, pero ya sin creer que resulta totalmente accesible a nuestro conocimiento; supone, por lo tanto, conformarse con adivinar retazos del mismo, con anticipar un poquito de lo que nos tiene reservado el destino, ya sin la esperanza de modificarlo, a no ser a través de la oración…

Finalmente, prever el futuro también es tratar de adivinarlo, al menos en parte, pero considerando que no se halla inmovilizado, y que resulta posible, mediante la acción, hacerle tomar un camino distinto al que señala la previsión.

Intentar conocer el futuro, o ­predecirlo, es resignarse. Intentar preverlo es prepararse, si se desea, a vivir libre, a convertirse en uno mismo.

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De todo ello podemos deducir la relación entre el preverse a uno mismo, tema del presente libro, y el convertirse en uno mismo, tema de un libro anterior ( Convertirse en uno mismo , publicado en esta editorial en el 2016). Es muy importante no confundir estos conceptos: el preverse a uno mismoes aquello que nos espera. El convertirse en uno mismo es aquello que se desea llegar a ser. Lo primero requiere lucidez; lo segundo, ambición. Se puede ser lúcido sin ser ambicioso, y ser ambicioso sin ser lúcido.

Quienes creen que se puede conocer el futuro o predecirlo conciben el convertirse en uno mismo como algo establecido de antemano, a menos que se rece o se desafíe los dioses.

Quienes creen que pueden influir en su destino necesitan, en primer lugar, entender lo que parece reservarles el futuro; para desviar, si ello resulta necesario, el curso del destino y aproximarlo a una trayectoria anhelada. Al igual que un general envía a un soldado explorador o a un espía a observar lo que sucede en las filas enemigas, para que luego este le informe de la situación y pueda elaborar una estrategia, prever es convertirse en explorador del tiempo, espía del futuro.

Pero lo contrario no siempre es cierto: alguien puede desear prever su propio futuro únicamente para eludir un peligro, sin querer, por ello, cambiar el curso de su vida ni tratar de convertirse en uno mismo. Por ejemplo, al conducir de noche por una carretera es conveniente encender los faros para eludir los obstáculos, pero no necesariamente para cambiar de lugar de destino; de la misma manera, a una empresa le interesa evaluar todos los riesgos a los que puede exponerse para evitarlos, sin por ello querer cambiar de actividad. A un banquero le conviene conocer todas las circunstancias en las que su préstamo podría no serle reembolsado y no por eso querer cambiar su política crediticia. A una nación le interesa prever los riesgos que podría correr, y no por eso querer forzosamente cambiar el modelo de desarrollo o de proyecto político. A la humanidad le interesa prever la evolución del clima del planeta, con el fin de intentar frenar las desastrosas consecuencias de la misma, sin por ello querer cambiar su destino en un sentido más amplio. Y, de un modo más concreto, los pueblos maltratados y las víctimas de una segregación específica se encuentran sin cesar en la obligación de prever las amenazas que les acechan; para ellos prevenir el futuro constituye un requisito de supervivencia, lo cual no necesariamente les fuerza a cambiar de país o de credo.

Hoy en día, aquellos que no pueden o no quieren prever su futuro se están fraguando un mañana trágico. Para expresarlo de un modo llano, no están preparando su jubilación; viven endeudándose sin preocuparse de cómo van a reembolsar sus deudas; pasan por alto las consecuencias de sus actos para con el medio ambiente y para con los demás; e incluso si se da el caso que sepan las consecuencias que tal cosa acarreará, prefieren ignorarlas.

Solamente sobrevivirán por mucho tiempo quienes no hayan tenido una forma de actuar tan suicida, y hayan sabido prever y ayudar a los otros a tomar conciencia de la urgencia de anticipar. Para continuar siendo seres humanos, o, mejor todavía: para por fin llegar a serlo.

Es posible. Es preciso no olvidar jamás que lo característico del hombre, aquello que le ha permitido dominar a las otras especies, es su capacidad para prever el futuro. Y que, entre los humanos, lo característico de los líderes es su capacidad superior para lograrlo, para hacerlo creíble o para controlar a aquellos que lo hacen; hoy en día prever tiene que convertirse en una obsesión. Es el precio de la libertad.

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¿Se puede prever el futuro?

Para algunos, resulta absolutamente imposible: mejor que renuncien en seguida.

En primer lugar, porque ni siquiera se sabe qué es el tiempo: si cada cual experimenta claramente que este transcurre (en nuestro cuerpo, nuestra vida, nuestras sensaciones, nuestros recuerdos, nuestras esperanzas); si cada cual comprende más o menos qué son el pasado y el presente, cada cual sabe también que la memoria es engañosa, que el presente es a menudo ilusorio, que el futuro es inmediatamente pasado; y que ni siquiera se puede definir el tiempo (por ejemplo, ¿ha existido un comienzo?, lo cual sería absurdo; ¿o no lo ha habido?, lo que aún sería más absurdo).

En segundo lugar, porque son tantos los acontecimientos que pueden influir en el futuro, personal o colectivo, que es absurdo desear determinar el curso de las cosas: si no nos hubiéramos encontrado por casualidad con cierta persona, nuestra vida hubiera sido totalmente diferente; por el contrario, si no hubiéramos llegado tarde a determinada cita, hubiéramos podido conocer a aquel o aquella que hubiese podido cambiar nuestro destino. Si una empresa no hubiera contado con tal directivo, tal vez habría carecido de determinada tecnología que hizo posible mantenerla a flote. Lo mismo ocurre a escala de las naciones y de la historia: si en junio de 1914, en Sarajevo, el archiduque Francisco Fernando de Austria hubiera escapado al atentado que lo mató, quizás no se hubiera producido la Primera Guerra Mundial; si en 1984, en Moscú, Yuri Andrópov, secretario general del Partido Comunista soviético, no hubiera muerto prematuramente, o si Grigori Románov hubiera sucedido en lugar de Mijaíl Gorbachov, tal como estaba previsto, a Konstantín Chernenko, la Unión Soviética tal vez todavía existiría. Si el día 11 de septiembre del 2001, unos pasajeros valerosos no hubiesen desviado la trayectoria del cuarto avión secuestrado, y este se hubiera estrellado, según lo planeado, contra la Casa Blanca, el planeta hubiera corrido otra suerte.

Y lo que es más: el mundo se ha convertido en algo tan precario, tan fluido, tan líquido, tan confuso; su realidad está, ya desde ahora, constituida por tal cantidad de imágenes y de virtualidades que pasado, presente y futuro se han hecho totalmente equivalentes, intercambiables, convirtiendo en absurda, según muchos, cualquier reflexión acerca de un concepto hoy en día al parecer tan vacío como es el de futuro.

Es comprensible, por tanto, que tras un millar de páginas de análisis doctos sobre este tema, el matemático Nassim Nicholas Taleb concluya categóricamente: “Las previsiones son lisa y llanamente imposibles”.

Para otros, por el contrario, aunque fuera posible prever, predecir e incluso conocer el futuro, habría que abstenerse de hacerlo a toda costa: ¿es realmente necesario saber que uno se verá aquejado por una enfermedad incurable? ¿Es necesario pensar en la muerte? ¿Es de verdad necesario, en una pareja, tratar de prever el comportamiento del otro? ¿No sería eso condenarse al aburrimiento? Si alguien supiera, antes de cenar en casa de unos amigos, con quiénes se encontraría y lo que allí se diría, ¿acaso tendría todavía ganas de acudir a la cita? ¿Si una persona supiera con antelación que una función teatral o musical va a tener lugar sin el más mínimo clímax, seguiría teniendo por esta el mismo interés? De igual modo, ¿si se hubiera podido prever que la electricidad provocaría la muerte de varios millones de personas, acaso la habríamos utilizado? En términos más generales, si el futuro fuese previsible totalmente, ¿conservaríamos aún las ganas de vivir? ¿Acaso no es lo imprevisible necesario en cualquier vida en sociedad? ¿En cualquier placer? ¿En cualquier decisión?

Para otros, prever no sólo es inútil, sino también peligroso, puesto que al anticipar los acontecimientos ya no habría excusa alguna para no actuar.

A otras personas, en cambio, les resulta útil intentar prever su futuro personal, pero ante todo no hay que tratar de penetrar en los secretos del futuro los demás, ya que esto haría que la vida fuera insoportable: una sociedad en la cual todos supieran la fecha de la muerte de todos aquellos con quienes se codean sería insufrible. Para dichas personas, en términos generales, el futuro de los otros no es asunto suyo; no les concierne en absoluto. No sirve de nada, particularmente, prever la suerte que aguarda a las generaciones futuras. Groucho Marx observó al respecto, con aparente congruencia: “¿Por qué tendría que preocuparme de la suerte de las generaciones futuras? Ellas no han hecho nada por mí”.

Y, sin embargo, el destino de los demás nos concierne, incluido el de las generaciones venideras, cono­cidas o desconocidas, cercanas o ­lejanas: para convencerse de ello basta imaginar un mundo en el cual ­nadie se preocupara ya de la suerte de los otros; ni de la de su familia, ni de la de sus amigos, ni de la de sus empleados, ni de la de sus patronos, ni de la de sus conciudadanos, ni de la de sus hijos, ni de la de los hijos de sus hijos. Un mundo, incluso, en el que se prestara tan poca atención a las próximas generaciones que ­estas ya no existirían, en el que ya no nacería nadie: un mundo así se ­convertiría rápidamente para quienes viven hoy en día, los últimos ­humanos sobre la Tierra, en un infierno.

¿Pero es posible prever el futuro? Tal es el objeto de este libro.

La Vanguardia