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Luces y sombras de Damasco PDF Imprimir E-mail
Tomás Alcoverro   
Lunes, 30 de Octubre de 2017 19:35

En el verano de 1977 fui refugiado en Damasco, donde viví varios meses. Me alejaba de la guerra libanesa que comenzó en la primavera de dos años antes, en la que fui asaltado en una carretera de montaña por milicianos drusos que se apoderaron de mi automóvil, y después mi piso fue ocupado por armenios comunistas. Damasco rebosaba de decenas de miles de refugiados libaneses que huían de los combates urbanos. La antigua ciudad de los omeyas era entonces su anhelado refugio, a sólo un centenar de kilómetros de su desgraciado país.

Siempre me ha atraído Damasco, desde un primer viaje en el verano de 1966, un año antes de la guerra de los Seis Días entre Israel y los países árabes. Damasco, con toda su gloria histórica, con su gran mezquita de los omeyas, sus zocos, sus antiguas mansiones recoletas, su aureola política del tiempo del panarabismo –“el corazón de los árabes”–, era en aquella década una ciudad provinciana. Beirut presumía de sus fulgores de modernidad, de capital alegre y confiada del Mediterráneo oriental.

Es la historia de dos ciudades, de dos mundos a la vez próximos y a veces hostiles y enfrentados. Mikel de Epalza, que había estudiado árabe en su universidad, me explicaba cómo el agua de los canales del río Barada, que fluía por las entrañas de la ciudad, era su fundamento. El oasis de la Guta aún era un paraje abundoso en agua con huertos de frutales, jardines de flores, entre ellas la famosa rosa de Damasco, alquerías, casas de campo, humildes aldeas. Por el zoco Hamedie había visto, alguna vez, peregrinos de países asiáticos en su viaje a La Meca, siguiendo la tradición de las antiguas caravanas que bajo la protección del pachá de Damasco se encaminaban a La Meca.

La mujabarata, servicio de inteligencia de la república, presidida desde 1970 por el rais Hafez el Asad, era los ojos y oídos del régimen en una población muy sometida y vigilada. Las embajadas esperaban la llegada de los diarios de Beirut para pergeñar sus despachos. Damasco era una ciudad impenetrable dominada por el baasismo.

La historia de estas dos ciudades tan cercanas y diferentes resume la historia contemporánea del Levante. Mientras hasta principio del siglo XIX Beirut sólo era una pequeña localidad de unos cuantos miles de habitantes bajo la autoridad del pachá otomano de Sidón, Damasco era una ciudad monumental y en el siglo XX estuvo a punto de ser capital del prometido Estado árabe unido, cuyo primer rey, Faisal, fue derrotado por los franceses.

Es a partir del mandato de Francia en Líbano que Beirut se occidentaliza, apartándose del único estilo predominante árabe musulmán comprometido con el nacionalismo poscolonial de la milenaria población damascena. Josep Carner, siendo cónsul en Beirut, visitó Damasco en los años treinta del siglo pasado. Entonces era una capital de trescientos mil habitantes, con una mayoría de población musulmana suní y minorías cristiana, judía y kurda además de colonias extranjeras. Una ciudad de jardines y huertos. Al evocar su polvorienta primavera dijo que era tan breve “como la doncellez de una muchacha árabe”. Describió una ciudad de tranvías y caravanas de camellos por cuyas calles apenas circulaban mujeres, todas tapadas con velos, con media docena de hoteles y también cuatro o cinco cines.

Hoy, en su centro urbano, cerca de la desvencijada cafetería Habana, donde se reunían intelectuales y políticos, quedan unos cuantos cines como Dunia, Fardus y Aaran, con ajadas carteleras de rancios filmes americanos como James Bond, Cabaret o películas chinas. En la planta baja del hotel Semiramis, la empresa libanesa Cinemacity ha estrenado sus modernas salas.

En la ciudad, bancos libaneses como el Audi han abierto flamantes agencias. Líbano aspira a sacar partido a la reconstrucción siria ya anunciada antes de que la guerra haya concluido. Damasco está rebosante de desplazados de las zonas en manos de los yihadistas, sus calles ocupadas por miles de automóviles que dejaron aparcados muchos de los que salieron para dirigirse a países extranjeros.

La población aplastada por las penurias de la guerra se esfuerza en sobrevivir a la amarga vida cotidiana. Quieren a toda costa que concluya esta guerra ya calificada de inútil. Damasco había presumido durante décadas de ser la ciudad segura y sólida del Levante. Por el barrio de chalets y residencias de embajadas extranjeras, Abu Rumane, hay muchas tiendas de moda, como Basic Instint, Silent Hunter, Sabotage, y nuevas cafeterías y restaurantes.

La nueva clase enriquecida por la guerra, la juventud dorada damascena, se han encaprichado de altas terrazas en edificios y hoteles, como el Omeyad, para reunirse en sus fiestas nocturnas. Entre las sombras de Damasco contemplan las luces azules y blancas de las casitas del monte Qasium mientras van escuchando las canciones de moda, entre las que Despacito hace furor.

LA VANGUARDIA