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La nueva política vieja PDF Imprimir E-mail
Joan B. Culla   
Viernes, 26 de Enero de 2018 09:46

Es notable ver cómo, en España, la "nueva política" se parece cada vez más a la vieja, a la de toda la vida. El sábado 13 de enero Podemos -la fuerza que desde el 2014, o desde sus raíces en el mítico 15-M del 2011, ha abanderado la reivindicación de un cambio de régimen, de una nueva institucionalidad, de una nueva cultura política, otras formas de representación democrática- reunió su consejo ciudadano estatal, el máximo órgano del partido lila entre congresos.

Obsérvese que, en teoría, el espacio de los comunes (Cataluña Sí se Puede en 2015, En Común Podemos en 2016, Cataluña en Común-Podemos en 2017) es un espacio soberano con composición diferenciada, no una simple sección autonómica del Podemos madrileño. Sin embargo, fue en Madrid, ante el consejo estatal, donde el líder estatal, Pablo Iglesias, hizo la valoración autocrítica de los resultados catalanes del 21-D.

¿En qué términos? Por un lado, consciente o inconscientemente, Iglesias Turrión abrazó una de las ideas fuerza de Sociedad Civil Catalana y de los sectores unionistas a más ultranza desde el inicio del Proceso: "Cataluña también es plurinacional, el 21-D ha revelada que también existe una nación española en Cataluña". ¿Lo ha revelado más que el 27-S de 2015, más que las elecciones al Parlamento de 2012, de 2010, del...? ¿Acaso no ha existido siempre en Cataluña, desde el restablecimiento de la autonomía, un voto españolista, lógicamente más nutrido y movilizado a medida que la hipótesis de la independencia se hacía más verosímil? Las elecciones del mes pasado ¿descubren la existencia en el Principado de una nación española, o más bien sus malos resultados precipitan un giro definitivo de Podemos respecto de la cuestión catalana?

Hay motivos para sospechar lo segundo, a la luz de otros análisis de Pablo Iglesias en esa misma sesión. Según él, CatECP pinchó porque no se entendió su propuesta de referéndum pactado y de España plurinacional; y porque la reacción crítica de los comunes ante la violencia policial del 1-O y ante los encarcelamientos de políticos hizo creer a mucha gente que se alineaban con los partidos independentistas. Es decir, que a partir de ahora la confluencia podemita en Cataluña evitará equívocos y se dirigirá exclusivamente a los electores antiindependentistas, en competencia con el PSC y Ciudadanos. Y sobre todo que, en vista de las pésimas encuestas de alcance español, Podemos procurará quitarse de encima el estigma de antipatriota y filoseparatista, de cómplice con los enemigos de la sagrada unidad de la patria. De querer transformar la cultura política española, los dirigentes lilas pasan, según todos los indicios, a inclinarse ante él y adaptarse al mismo.

Como es sabido, el otro vector de la pretendida "nueva política" era Ciudadanos; con el valor añadido de ser un partido de raíces catalanas, liderado por un catalán que se llama Albert y susceptible -esto insinuaron, en algún momento de las campañas electorales de diciembre de 2015 y en junio de 2016- de "catalanizar" la política española, signifique eso lo que signifique.

Sin embargo, en el caso del partido naranja, la metamorfosis ha sido todavía más rápida. La fulgurante expansión de Ciudadanos en España, la conquista de una presencia relevante en el Congreso de Diputados, han dado la vuelta completamente a las prioridades de la formación y han desplazado su centro de gravedad. Acatando al pie de la letra las leyes no escritas de la política española, Albert Rivera se ha domiciliado en Madrid (en concreto, en Pozuelo de Alarcón), no sea que le pasara como a Miquel Roca cuando, en 1986, quiso presidir el gobierno de España siendo candidato por Barcelona y vecino de la misma ciudad.

Ni siquiera el notable éxito de haber sido la fuerza más votada en Cataluña el 21-D no ha conseguido disimular que, para Ciudadanos, la prioridad absoluta es el escenario español, y el capital de votos y de escaños conseguido en el Parlamento de la Ciutadella supone un simple trampolín de cara a la batalla que tiene por epicentro Madrid.

En estas últimas semanas, toda la gesticulación y la retórica de la señora Arrimadas reivindicándose como posible presidenta, o queriendo colocar a uno de los suyos al frente del Parlamento a pesar de la aritmética, no tenían como destinatarios a los votantes unionistas catalanes (a estos, ya los tiene a casi todos en el zurrón), sino al electorado español. Se trataba, se trata, de mostrar quién es más activo, más enérgico, más pugnaz en la lucha contra el separatismo, Porque ésta será la arena donde se dirimirán las próximas elecciones generales del Reino de España, sea cuando sea que se celebren. Y, en esta competencia de celos patrióticos, el rival es el PP. Formulada de manera esquemática, pues, la estrategia de C's consiste en explotar la extrema debilidad actual del PP catalán, negarle el oxígeno del grupo propio y tratar de proyectar hacia España -como un augurio, como un pronóstico, como un boceto del futuro- la actual correlación de fuerzas en el seno de la derecha españolista en Cataluña: Ciudadanos, 36; PP, 4.

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