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El complot y el caos PDF Imprimir E-mail
Santiago Alba Rico   
Miércoles, 31 de Enero de 2018 09:23

Una inquietante encuesta publicada por Le point a principios de enero revelaba que casi ocho de cada diez franceses (el 79%) cree en al menos una “teoría conspiratoria”. El así llamado complotismo es algo más que un fenómeno anecdótico o extravagante. Una mayoría, por ejemplo, está convencida de que existe un acuerdo entre el Ministerio de Sanidad y la industria farmacéutica para ocultar el carácter nocivo de las vacunas, que la CIA (Agencia Central de Inteligencia) estuvo implicada en el asesinato de Kennedy o que el virus del SIDA fue creado en un laboratorio. Más pintoresco: el 16% de los franceses no se cree que los astronautas estadounidenses pusieran un pie en la luna y hasta un 9% está persuadido de que ¡la tierra es plana!

Estamos hablando de Francia, uno de los países más cultos del mundo, de manera que, si extrapolamos con la imaginación estos resultados al conjunto del planeta, nos acomete un abismo de desesperanza. Podemos atribuir esta epidemia de complotismo o conspiracionismo al contexto tecnológico de la llamada posverdad; es decir, al hecho de que, junto a las fuentes de saber, se han multiplicado las fuentes de ignorancia, así como la dificultad para distinguir entre unas y otras. No es una respuesta atinada. La tecnología puede espesar el bosque a nuestro alrededor, pero no es la causa de que estemos desorientados o perdidos.

¿Qué es, en realidad, el complotismo? Una tentativa de reprimir el azar, de introducir una voluntad en medio del caos, de imponer una regla mental a una niebla cuántica sin patrones ni dirección. Los humanos preferimos un orden malo a un desorden ingobernable; queremos creer que alguien sabe lo que se trae entre manos, aunque sea para perjudicarnos; que alguien piensa en nosotros, aunque sea para matarnos; que –en definitiva– el mundo está bajo control, aunque se trate de un control adverso y tenebroso. El complotismo tranquiliza por un doble motivo: porque restablece la idea de un orden premeditado y porque, situándolo fuera de nuestro alcance, nos exime de intervenir. Y por un tercer motivo: en un mundo donde sólo la ingenuidad se considera locura o estupidez, el complotista –que parece saber más que nadie– parece más cuerdo y más inteligente que los demás. Por su propio impulso autoprotector, el complotista se vuelve indefectiblemente fanático y bravucón. Es un nihilista agarrado a un dogma ardiendo.

Ahora bien, ¿qué tiene que ocurrir para que tantos humanos al mismo tiempo depositen su necesidad de orden en los reversos tenebrosos? Dejemos para más tarde la condición misma: el hecho indubitable de que existen las conspiraciones. Lo cierto es que el complotismo no es una consecuencia de la ignorancia o la religión, como lo demuestra el hecho de que millones de franceses laicos que no creen en los ángeles y reivindican los progresos de la ciencia, sucumban al mismo tiempo a delirantes supersticiones informativas. Si el complotismo –hemos dicho– responde a la necesidad de localizar un orden deliberado en el caos sin fronteras, su creciente difusión es la consecuencia de un aumento del caos colectivo o de su percepción general. Es decir: creemos tanto más en conjuras extraterrestres cuanto menos claro, menos próximo y menos nuestro nos parece el poder terrestre. Es una obviedad. ¿Qué expresa esta epidemia de complotismo que, de peldaño en peldaño, nos lleva a la planitud de la Tierra? Que no confiamos en nuestros gobiernos ni en nuestras instituciones ni en nuestros medios de comunicación.

Hay dos lugares del mundo donde el complotismo ha sido atávico y endémico: uno los Estados Unidos, cuya fundación misma está asociada a una radical desconfianza individualista y teológica frente al Estado; el otro el mundo árabe, donde la saturación imperialista y el control dictatorial de toda expresión política determinó un fatalismo, religioso o laico, cuyo único consuelo era y sigue siendo la delectación paranoica. Entre el individualismo teológico y la delectación paranoica, Europa se suma ahora, de manera elocuente, a este complotismo que revela el rápido desplome institucional al tiempo que franquea el camino, a modo de ansiolítico, a los mensajeros destropopulistas de la posverdad y los “hechos alternativos”. La victoria de Donald Trump, no lo olvidemos, tiene mucho que ver con la convicción, compartida por millones de ciudadanos, de que el chiflado plutócrata era víctima de un complot por parte de los poderes tradicionales del Estado.

Históricamente el complotismo ha sido de derechas: de la derecha estadounidense y del antisemitismo y el anticomunismo occidentales. Hoy ya no. Tras la derrota de la URSS en la Guerra Fría, su impotencia misma, su aislamiento respecto de la población, su renuncia a alcanzar el poder y su nostalgia de un pasado de certezas ideológicas, ha llevado a la izquierda a buscar reposo en el mal y con fatalismo narcisista: todo en el mundo se organiza, una y otra vez y sin interrupción, contra nosotros. Ejemplos elocuentes son las revoluciones árabes y el caso de Siria, donde una parte de la izquierda, a la zaga de la realidad, ha querido ver complots inexistentes contra antiimperialistas también inexistentes.

Queda en pie el hecho de que las conspiraciones realmente existen. En el contexto capitalista, hay sin duda una colusión estructural entre los ministerios de Sanidad y las empresas farmacéuticas, pero es un disparate deducir de ahí que las vacunas son nocivas. Son, junto a la rueda, el amor y la división de poderes, uno de los grandes descubrimientos de la humanidad. Lo mismo pasa con la CIA. Su misión es conspirar; lo hace desde 1947 y lo sigue haciendo; pero es un disparate deducir de eso que la CIA está implicada en la muerte de Manolete o que todos los que relativizamos su actual poder somos de la CIA. En un marco geopolítico multipolar e interimperialista, con la hegemonía estadounidense muy erosionada, ordenar las tinieblas en torno al imperialismo de Washington significa renunciar a hacer luz sobre todas las otras conspiraciones, promiscuas y enrevesadas, que configuran el “nuevo desorden global”. El complotismo es, por así decirlo, monoteísta; le aterrorizan tanto el desorden como la complejidad. De ahí que en un mundo complejo, en ausencia de gobiernos, instituciones y medios de comunicación creíbles, el complotismo tranquiliza porque garantiza, además de reglas e inacción, simplicidad.

El complotismo, en efecto, es inversamente proporcional al trabajo mental y a la actividad política: se resigna con deleite frente a poderes tan siniestros y poderosos que sólo cabe nombrarlos –pero no pensarlos– y a los que no se puede vencer. El problema de los complotistas es que no complotan: son las víctimas jerárquicamente superiores, esas que, al contrario que el resto de las víctimas, al menos conocen el nombre del mal. Esa es la razón de que el complotismo sea tan apetecible y satisfactorio en tiempos de crisis general.

Pero por eso mismo el complotismo, fruto del desplome institucional, sólo puede curarse mediante la convergencia de los complotistas en una conspiración común: mediante esa conspiración buena que llamamos política, y ello a partir de la conciencia de que, mientras el neoliberalismo conspira contra la sanidad pública, miles de médicas y enfermeras conspiran en su favor; y mientras el mercado y la guerra conspiran contra la enseñanza pública, miles de enseñantes, a veces entre las ruinas, conspiran para salvarla; y mientras la desdemocratización rampante socava la seguridad jurídica del Estado de Derecho, algunos jueces y abogados conspiran para sostener la democracia; y mientras la gran empresa y el Código Penal minan la libertad de expresión y el derecho a la información, miles de periodistas conspiran en su defensa. Vemos que no es suficiente. Una institución es una conspiración colectiva; una movilización también. No hay otra alternativa y no vamos ganando; entre otras razones, porque el complotismo es efecto y función de la despolitización inducida por décadas de neoliberalismo. Si no dejamos a un lado las teorías de la conspiración y nos unimos, de un modo u otro, a los conspiradores buenos nunca podremos pensar la complejidad del mundo, reconocer y rechazar las conspiraciones reales y arrinconar el complotismo anecdótico en ese margen de locura y extravagancia, sin efectos políticos, que la humanidad conservará siempre para protegernos del peligro del optimismo; si no disolvemos el complotismo –es decir– en instituciones transparentes y democráticas, millones de complotistas impotentes en todo el mundo, como ya está ocurriendo, pondrán el poder en manos de dirigentes que prometan combatir las “verdaderas” conspiraciones: la del Ministerio de Sanidad, la del Derecho, la de la función pública, la de los inmigrantes y la del islam. La historia no se repite, los humanos sí: huimos del azar, unas veces –pocas– hacia la justicia, y otras –las más– hacia el complot y sus placeres sin puertas ni ventanas. El peligro del optimismo es el único que de momento vamos conjurando.