La paralizada flor a orillas del río Arno


Será el bochorno que transmite el río Arno, la multiplicación de las obras públicas que, afortunadamente, ahora se estila hacerlas cuando las ciudades están medio vacías. Serán las compañías de bajo coste que tal vez estén realmente construyendo el futuro homo europeus aunque sea a través de dosis masivas de humanidad. Será a lo mejor que uno ya no soporta muchas cosas. Florencia ya no es lo que era y las últimas estadísticas le dan un bajón turístico del 15%. La crisis, dicen, aunque tal vez le falten ideas para un nuevo Renacimiento como el que la ciudad plasmó en el pasado.

Si en este agosto uno sale del clásico recorrido turístico, que es básicamente uno solo, la ciudad sigue presentándose apacible y serena. En las riberas del río discurren playas y se abren tumbonas. Muchos florentinos van en bicicleta y cuando se cruzan por la calle se apean y charlan como si estuvieran en un pueblo. Hay muchas heladerías artesanales, se vende todavía «tripa a la florentina» por las calles, detrás de las persianas de madera hay una burguesía agazapada… Pero la ciudad parece insatisfecha.

«Si la crisis lleva a un bajón del turismo, tal vez vuelva la creatividad a los florentinos». Lo explican arquitectos florentinos emigrados a otras ciudades, los industriales de media talla famosos en el mundo, unos intelectuales vistosamente cansados. Los ayuntamientos de izquierdas –en Florencia han sido siempre de izquierdas– han propiciado, junto con la poderosa masonería local, los banqueros y los constructores, una calidad de vida para todos, que tal vez Karl Marx soñó, Ivan Lenin no supo realizar y los profetas del neoliberismo capitalista están intentando suprimir. Por lo que se refiere a los servicios, Florencia ofrece café para todos, inmigrados y jóvenes incluidos. Aun así, parece estar contagiada por algún mal que escapa a los criterios patológicos tradicionales.

Hay ciudades abandonadas a su destino, otras endeudadas, algunas caóticas, muchas incapaces. Y otras apagadas. Florencia, explican sus habitantes más atentos, ya no proyecta, si proyecta no decide, si decide se desdice y si se pone en marcha despierta disputas inacabables entre facciones, bandos y comités, peor de la que se lió entre los güelfos y los gibelinos en las pasadas centurias. El resultado es, sin embargo, el mismo: parálisis, inmovilismo, insatisfacción.

El proyecto de tres tranvías que debían eliminar, en el sentido de suprimir, el tráfico por el centro, están paralizados a fuerza de referendos ciudadanos; los nuevos museos Uffizi no se han hecho; el museo de arte moderno, tampoco; decenas de obras de arte continúan encerradas en los subterráneos del ayuntamiento a la espera de un museo contemporáneo. Todo esto en la ciudad que había inventado las zonas peatonales, la música de calidad en las noches de verano, la que marcaba las nuevas tendencias en Italia.

Quizá Florencia sufra aquel «mal de vivir» que, frente a la incapacidad de administrar los cambios radicales del momento, retrataron las poesías de Giaccomo Leopardi y de Eugenio Montale. Los poetas suelen ver siempre más allá.

Publicado por El Periodico de Calatuña-k argitaratua