Nuestro futuro con poco carbono

La conferencia de las Naciones Unidas sobre el cambio climático, que se celebrará en Copenhague el próximo mes de diciembre, debe constituir la culminación de dos años de negociaciones internacionales sobre un nuevo tratado mundial encaminado a abordar las causas y consecuencias de las emisiones de gases que provocan el efecto de invernadero.

Un acuerdo mundial sobre el cambio climático es urgentemente necesario. Las concentraciones de dióxido de carbono y de otros gases que provocan el efecto de invernadero en la atmósfera han alcanzado las 435 partes por millón (ppm) de CO2 equivalente, frente a unas 280 ppm antes de la industrialización en el siglo XIX.

Si seguimos lanzando emisiones como hasta ahora con actividades como la quema de combustibles fósiles y la tala de bosques, las concentraciones podrían alcanzar las 750 ppm al final del siglo. De ser así, el probable aumento de la temperatura media mundial respecto de los tiempos preindustriales será de 5ºC o más.

Hace treinta millones de años que la temperatura de la Tierra no era tan alta. La especie humana, que no lleva más de 200.000 años en ella, tendría que afrontar un medio físico más hostil que nunca. Las inundaciones y las sequías se volverían más intensas y los niveles mundiales del mar serían varios metros más altos, con lo que alterarían gravemente las vidas y los medios de subsistencia y causarían movimientos de población en gran escala y conflictos inevitables en todo el mundo. Algunas partes de éste quedarían sumergidas bajo el agua; otras se volverían desiertos.

Los países en desarrollo reconocen la injusticia de la situación actual y sienten irritación ante ella. Los niveles actuales de gases que provocan el efecto de invernadero se deben en gran medida a la industrialización en el mundo desarrollado desde el siglo XIX. Sin embargo, los países en desarrollo son los más vulnerables ante las consecuencias del cambio climático, que amenazan el crecimiento económico necesario para superar la pobreza. Al mismo tiempo, no se pueden reducir las emisiones al ritmo necesario sin la fundamental contribución del mundo en desarrollo.

Hay que abordar a la vez el cambio climático y la pobreza, las dos amenazas que caracterizan este siglo. Si fracasamos con una, fracasaremos con la otra. La tarea que afronta el mundo es la de afrontar las “limitaciones de carbono” en el medio ambiente, sin por ello dejar de crear el desarrollo necesario para elevar el nivel de vida de los pobres.

Para evitar los graves riesgos resultantes de un aumento de la temperatura media mundial de más de 2ºC, debemos reducir las concentraciones atmosféricas por debajo de 450 ppm, lo que requerirá una reducción de las emisiones mundiales anuales de unas 50 gigatoneladas de CO2 equivalente en la actualidad a menos de 35 gigatoneladas en 2030 y menos de 20 gigatoneladas en 2050.

En la actualidad, las emisiones anuales por habitante en la Unión Europea ascienden a 12 toneladas y a 23,6 toneladas en los Estados Unidos, frente a seis toneladas en China y 1,7 toneladas en la India. Como las proyecciones correspondientes a 2050 indican que la población mundial ascenderá a unos 9.000 millones, se deben reducir las emisiones anuales por habitante a dos toneladas, aproximadamente, de CO2 equivalente, por término medio, para que el total anual mundial ascienda a menos de 20 gigatoneladas.

La mayoría de los países desarrollados están fijándose reducciones de las emisiones anuales de al menos el 80 por ciento –en comparación con los niveles de 1990– de aquí a 2050. Para convencer a los países en desarrollo de que la meta de 2050 es creíble, deben ser a un tiempo ambiciosos y realistas sobre las amenazas políticas internas que afrontan al adoptar y aplicar una metas exigentes para 2020, 2030 y 2040.

Los países en desarrollo necesitan ayuda y apoyo importantes de las naciones ricas para ejecutar sus planes de crecimiento económico con poco carbono y adaptarse a los efectos del cambio climático, que serán ya inevitables en los próximos decenios. Además, los países desarrollados deben prestar un importante apoyo a las medidas encaminadas a frenar la desforestación en los países en desarrollo y para reducir las emisiones en gran medida y rápidamente y con un costo razonable.

A partir de los recientes cálculos de las necesidades suplementarias del mundo en desarrollo a consecuencia del cambio climático, los países ricos deben prestar un apoyo financiero anual –además de los compromisos de ayuda exterior vigentes– de unos 100.000 millones de dólares para la adaptación y otros 100.000 millones para la mitigación de aquí a comienzos del decenio de 2020. Parte de ellos pueden obtenerse mediante el mercado del carbono. Además, los países ricos deben demostrar que el crecimiento con poco carbono es posible invirtiendo en nuevas tecnologías, que se deben compartir con los países en desarrollo para impulsar sus medidas de mitigación.

Ya estamos viendo innovaciones extraordinarias debidas al sector privado, que impulsarán la transición a una economía mundial con poco carbono. Además, las inversiones en eficiencia energética y tecnologías que utilicen poco carbono podrían sacar la economía mundial de su desaceleración en los próximos años. Más importante es que, al impulsar la transición al crecimiento con poco carbono, dichas tecnologías podrían crear el período más dinámico e innovador de la historia económica, que superaría el de la introducción de los ferrocarriles, las redes eléctricas o la red Internet.

No hay una verdadera opción substitutiva. El crecimiento con mucho carbono está condenado, herido por los elevados precios de los combustibles fósiles y eliminado por el hostil medio físico que creará el cambio climático. El crecimiento con poco carbono será más seguro en materia de energía, más limpio, más apacible, más inocuo y tendrá mayor diversidad biológica.

Debemos aprender de la crisis financiera la lección de que, si se hace caso omiso de los riesgos, las consecuencias con el tiempo serán inevitablemente peores. Si no empezamos a luchar contra la corriente de emisiones de gases que provocan el efecto de invernadero, la acumulación en la atmósfera seguirá aumentando, con lo que la adopción de medidas futuras resultará más difícil y costosa. Se pueden aplazar otros gastos públicos, pero la de aplazar las medidas contra el cambio climático es una opción muy peligrosa y muy costosa.

El cambio climático representa una profunda amenaza para nuestro futuro económico, mientras que el crecimiento con poco carbono promete decenios de una prosperidad mayor. La elección en Copenhague será difícil y lo que está en juego no podría ser mayor. Sabemos lo que debemos hacer y podemos hacerlo.

 

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Nicholas Stern, ex jefe del Servicio Económico del Gobierno del Reino Unido y ex economista jefe del Banco Mundial, es presidente del Instituto de Investigación Grantham sobre el Cambio Climático y el Medio Ambiente, profesor de Economía y Políticas Públicas en la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres y miembro de la Cámara de los Lores del Reino Unido.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.

Copyright: Project Syndicate, 2009.

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